Durante la noche electoral del 20D, en las sedes de los partidos había muchas divergencias pero todos coincidían en una cosa: los aplausos. Cada grupo encajaba esa noche como podía su cuota de resultados: adversos para unos, insatisfactorios para otros, frustrantes para casi todos. Sin embargo, la coincidencia en aplaudir era unánime. “Aplaude, que algo queda”, parecía ser la consigna de todos. Antes morir que mostrarse alicaídos o pesarosos, así que a aplaudir con entusiasmo, como si estuvieran en el plató de El Hormiguero o pidiendo la oreja en una corrida.

Los vituperios son otra modalidad de expresión, frecuente también en el ámbito político, pero que no implica las manos sino los órganos fonatorios. No tengo ni idea de cuándo se especializó nuestra especie en afear conductas ajenas emitiendo sonidos ininteligibles de censura a través de las cavidades supraglóticas. De la misma manera, ignoro si en el pleistoceno premiaban con palmadas de aprobación a quien, un suponer, mataba a garrotazos a un velocirraptor.

Una vez reconocida mi ignorancia en este campo -y como ya vamos quedando pocos de los que aprendimos de niños historia sagrada- paso a recordarles a algunos de sus personajes aplaudidos o vituperados.

José, hijo de Jacob y Raquel, se especializó en descifrar sueños y fue muy agasajado en la corte de Egipto: “El faraón se quitó el anillo de sello de la mano y se lo puso a José; le vistió traje de lino y le puso un collar de oro al cuello. Lo hizo sentarse en la carroza de sus lugartenientes y que gritasen delante de él: ‘¡De rodillas!” (Gen 41, 41ss).

Judit, una mujer de armas tomar, obtuvo un sonoro triunfo al protagonizar esta escena que no desdice a la de la ducha de Psicosis: “Judit avanzó, descolgó el alfanje y, acercándose al lecho, agarró la melena de Holofernes y oró: ¡Dame fuerza ahora, Señor, Dios de Israel! Le asestó dos golpes en el cuello con todas sus fuerzas y le cortó la cabeza. Luego, haciendo rodar el cuerpo de Holofernes, lo tiró del lecho y arrancó el dosel de las columnas. Poco después salió, entregó a su ama de llaves la cabeza de Holofernes y el ama la metió en la alforja de la comida” (Jud 13). Cuando se la mostró a sus paisanos, la vitorearon con tal frenesí que me río yo de las apoteosis de Madonna.

A Moisés, en cambio, sus hermanos Aarón y Miryam le criticaron muchísimo cuando se casó con una negra y, como castigo a su ruin murmuración, ella se quedó leprosa (él no, y no me tiren de la lengua preguntándome por qué).

A la mujer que ungió a Jesús en vísperas de su pasión los otros comensales la atacaron con sus reproches: qué derroche, qué exageración, qué insensatez, qué desperdicio. Pero Jesús intervino con un “¡Dejadla en paz!”(Mc 14,6) que los dejó secos.

En la película El puente de los espías de Spielberg, cuando el piloto liberado siente el desprecio de los otros militares y empieza a justificarse, Tom Hanks le dice: “No se preocupe, da lo mismo lo que piense la gente. Usted sabe lo que hizo”. Quizá el guionista de la película lee por la noches La imitación de Cristo de Tomás de Kempis y se inspiró en esto: “No eres más porque te alaben ni menos porque te vituperen: lo que eres, eso eres delante de Dios”. O en esto otro de Bob Smith, cofundador de Alcohólicos Anónimos: “La humildad es una perpetua paz del corazón. Consiste en permanecer tranquilo cuando nadie me alaba y, si me desprecian o minusvaloran, saber encontrar dentro de mí un lugar bendito en el que refugiarme, cerrar la puerta, ponerme silenciosamente ante mi Padre y recobrar la paz. Como si estuviera en lo más hondo de un mar profundo y sereno, aunque todo en torno a mí esté agitado”.

¡Huid despavoridas, manitas del “Me gusta” y “No me gusta”! Y que la Fuerza no os acompañe.