Estos días he podido escuchar la conferencia, Paz, seguridad y desarrollo, ¿una suma (im)posible?”. Participaban Federico Mayor Zaragoza, de la Fundación Cultura de Paz y Olga Rodríguez, periodista. La moderadora era Yolanda Álvarez, periodista de TVE. Les animo a que la escuchen. Merece la pena.

Analizaron muchas cosas y se preguntaron, y nos preguntaron, muchas más: ¿Dónde estábamos antes de la pandemia?, ¿dónde queremos estar? Terminaron afirmando que la realidad interdependiente en la que nos encontramos evidencia que tenemos que vivir de otra manera. Y que tenemos que afrontar retos que ya son irreversibles.

Necesitamos medios que sean capaces de escuchar a los más vulnerables.

De todo lo que trataron me quiero centrar en el papel del lenguaje y no sólo verbal sino también el corporal y simbólico y por ende en los medios de comunicación. El lenguaje es uno de los mecanismos de control: lo que no se nombra no existe, se ha dicho muchas veces. Eso no es cierto, lo que no se nombre sigue existiendo, pero se ignora. Con el lenguaje, a fuerza de repetir algo, convertimos las mentiras en verdades hasta terminar siendo un imaginario colectivo.

Durante el confinamiento se dieron largas y repetidas ruedas de prensa donde se fueron incorporando términos que antes nunca habíamos oído, pero quizás lo más llamativo, al menos para mí, fue el lenguaje bélico que se utilizaba como si se tratase de una guerra, y no me refiero solo al verbal. Recuerden las primeras comunicaciones donde, junto a Fernando Simón, se presentaba el jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, el del Estado Mayor de la Defensa, el de la Policía Nacional… A todos les faltaba pecho para poner las condecoraciones y daba miedo, un poco de miedo, como si estuviéramos en una guerra. Y no lo estábamos y no lo estamos. En una guerra el dolor, el sufrimiento y la muerte lo provoca el ser humano. Lo que estábamos viviendo era/es una pandemia. En mi humilde opinión deberíamos haber evitado el lenguaje bélico que siempre incita al odio y a la agresión. En su lugar habría que haber incentivado el lenguaje de la solidaridad poniendo encima de la mesa el tema nuclear de los cuidados, tan necesario y que tanta importancia ha tenido y sigue teniendo en estos momentos.

La mayoría de los medios de comunicación han sido meros altavoces de estos mensajes reproduciendo y ampliando lo que se decía, como si nada más ocurriese en el mundo. Después hemos pasado a otro escenario: el enfrentamiento encarnizado de los políticos, cuando la ciudadanía solicitábamos otra cosa porque estábamos viviendo una realidad totalmente ajena a las discusiones del hemiciclo.

Todo esto me lleva a reflexionar sobre la necesidad de los medios independientes, de los que son capaces de escuchar y comunicar más allá de lo que nos cuentan los medios generalistas, de lo que quieren que escuchemos los poderes que rigen el mundo, ya sean económicos o políticos. Necesitamos medios que sean capaces de escuchar a los más vulnerables y hacerse eco de su realidad y necesidades. Eso es lo que desde sus comienzos, hace 37 años,  ha intentado hacer Alandar. Ahora acabará la época del papel, pero Alandar va a intentar seguir siendo, esta vez a través de la web y las redes, la voz de los silenciados, de la iglesia marginal… dando la voz a quienes otros intentan silenciar. Seguirá aportando un pequeño grano de arena en la configuración de una realidad más real. Así sea.