Hace mucho tiempo escribí en este mismo periódico sobre lo que, en mi opinión, eran las contradicciones de los católicos conservadores. Creo que ha llegado el momento de hacer lo mismo con los católicos “progres”. O con algunos de ellos.

Son muchos los que, al rechazar formulaciones teológicas o actitudes de la Iglesia, las van sustituyendo por otras que, a mi modo de ver, son peores o más superficiales o menos fundadas que las anteriores.

Pongo un ejemplo: hace un par de años el Congreso de Teología terminó con una eucaristía “alternativa”. Como nadie presidía no hubo signo de la cruz para empezar ni bendición al final. Hubo, sí, una oración eucarística que no era tal sino un manifiesto. Eso sí: todos tan contentos porque pronunciaron la fórmula de la consagración. Yo pensé: para este viaje…

Pero quiero centrarme aquí en un tema teológico central. Como la doctrina de la redención por la muerte de Jesús se nos ha hecho muy insatisfactoria, se la sustituye por una especie de autorredención. Para comprobarlo propongo al lector que compare los dos textos que siguen: el primero es de Raimon Panikkar. El segundo de fray Marcos.

Dice Panikkar: “Dios es el objeto último del deseo, de la búsqueda humana. La salvación es llegar a Dios, es decir, superar la propia limitación humana. La revelación presupone ese deseo o búsqueda de plenitud, de poseer lo que no se tiene”. “La quintaesencia de la fe es lo que hace al hombre caminar hacia su plenitud, no cerrándose a su propia limitación sino abriéndose a la trascendencia, a su propia perfección. La fe es así, antes que una doctrina, una apertura a ser lo que todavía no somos”.

Dice fray Marcos: “Cada uno puede hacer suyo todo lo que es de Dios en este instante. Se trata de intentar ser uno mismo hoy, aquí y ahora. Todas las posibilidades que vamos a tener de ser las tenemos ahora y debemos desplegarlas para realizarnos. La espera de un cristiano no es espera de futuro, sino espera de presente”.

Las dos citas parecen muy semejantes; son sin embargo muy diferentes. Ambas suponen que el ser humano aspira a su perfección pero en el caso de Panikkar se tiene en cuenta la finitud humana. En el camino hacia el fin, como acompañante y como promesa, está Dios. Para fray Marcos la plenitud ya está en nosotros. Se trata únicamente de ponerla en valor, de hacerla florecer.

Los dos autores se confiesan cristianos pero -así lo veo- el teólogo catalán es más fiel a los datos de la Biblia y también a la realidad que vivimos. Como san Pablo, sabe que hemos sido salvados, pero en esperanza, que tenemos el Espíritu pero en primicias, que llevamos este tesoro en vasos de barro, que nos hace falta quien nos libre de este cuerpo de muerte. Fray Marcos prescinde de todo eso.

Pero, ¿no vivimos en un mundo necesitado de salvación? ¿Conocemos a alguien que haya logrado esa plenitud? ¿No es nuestra propia vida una mezcla de logros y fracasos, de aciertos y errores, de alegrías y angustias, coronadas todas por la muerte? ¿Y dónde quedan los esclavizados, los expoliados, los sometidos a violencia, a persecución, los muertos de hambre? Parece casi cínico invitarles a lograr su propia plenitud.

Creo que en este, como en otros terrenos doctrinales, el abandono de la formulación clásica se haya sustituido por otra que parece más progresista pero es más insatisfactoria. Y temo que muchos cristianos “progres”, queriendo librarse de la doctrina de la redención por la muerte de Jesús, hayan tirado por la ventana al propio Redentor. Y temo también que se engañen pensando en salvarse, como el barón de Münchausen cuando iba a ahogarse, tirándose de los pelos.