Cuando comienzo este artículo hace poco que he leído otro en el que se argumentaba que la cultura moderna ha proclamado como obligatorio el imperativo de ser feliz. La autora ponía este mandato en relación con el creciente número de suicidios. Si hay que ser feliz y existen tantas ayudas para serlo, ¿qué camino le queda a quien no lo logra?

Y en efecto, he tecleado en google “buscar la felicidad” y me he encontrado con cientos de entradas: 5 ideas, 8 estrategias, 9 maneras, 10 claves, 17 pasos, 25 hábitos… para alcanzar la felicidad.

Mis capacidades sólo me permiten ser espectador de ese fenómeno social pero me siento más en mi terreno cuando veo que ha contagiado también a la reflexión teológica cristiana y que empiezan a menudear afirmaciones que aseguran que Dios quiere que seamos felices o incluso que nos creó con la intención de que lo fuéramos.

Si Voltaire levantara la cabeza urdiría sin duda una frase ingeniosa y mordaz recalcando el fracaso de semejante proyecto. Porque “los hombres mueren y no son felices”, como resumía Calígula en la obra de Camus. De una forma más seria -y espero que más cristiana- yo quiero defender que no es cierto que Dios quiere que seamos felices. Quiere, y así lo dijo Jesús, que nos amemos los unos a los otros pero el amor es compañero inevitable del sufrimiento. “Y me enseñaron a amar/ y como amar es sufrir/ también aprendí a llorar”. Así lo cantó Gabriel y Galán en uno de sus poemas.

Si amo a alguien verdaderamente y este sufre, yo sufriré inevitablemente con él. Si dedico mis esfuerzos a los pobres, compartiré sin remedio sus sufrimientos. Si me siento cercano a las víctimas de este mundo, ¿cómo voy a ser feliz?

En la oración del huerto o cuando Pilato lo presenta como víctima ridiculizada y torturada de un proceso injusto, ¿podemos pensar que Jesús era feliz?

A veces me encuentro con traducciones de las bienaventuranzas en las que, en lugar de utilizar la palabra clásica, se la sustituye por el término felices: felices los pobres, felices los que lloran… No, los que abrazan la causa de los pobres, los que lloran, los perseguidos por ser justos no son felices, son bienaventurados. Es decir, han emprendido una buena aventura, han tomado un camino bendito. Tendrán, pues, la conciencia de haber hecho lo que es justo, de ser ejecutores de la voluntad de Dios, confiarán en un triunfo final. Si a ese convencimiento se le quiere llamar felicidad, que sea así pero se tratará de un sentimiento profundo, místico en definitiva, acompañado de angustias, decepciones y fracasos. De sufrimiento, en fin.

Redactando estas líneas he recordado la figura de Dag Hammarskjöld. Secretario general de las Naciones Unidas de 1953 a 1961, en plena guerra fría, falleció ese año en un accidente aéreo, probablemente consecuencia de un sabotaje, cuando intentaba parar la guerra civil en el Congo. Su fallecimiento sirvió para desvelar su vena mística, expresada en una obra poética no publicada. Como se echa de ver en este poema: “Cansado y solo./ Cansado/ hasta que duele la razón./ De las rocas/ baja agua de nieve./ Moja los dedos/ templando las rodillas./ Ahora es el momento,/ no puedes abandonar ahora./ Otro camino/ tiene lugares de descanso al sol/ para poder encontrarse/ pero este camino es el tuyo/ y transcurre ahora;/ ahora no puedes fallar./ Llora, cuando puedas,/ llora pero no te quejes./ El camino te ha elegido/ y tienes que dar gracias”.

Dudo que esa experiencia pueda expresarse de un modo más bello. Si se la quiere llamar así, esa es la “felicidad” para la que Dios nos ha creado. Pero desde luego no lo ha hecho para lo que suele entenderse por ser felices.