En 1905, en su Vida de Don Quijote y Sancho, Unamuno escribió las líneas que siguen: “Poneos en marcha! ¿Que adónde vais? La estrella os lo dirá: al sepulcro [de Don Quijote]. ¿Qué vamos a hacer mientras marchamos? ¡Luchar! ¡Luchar! Y, ¿cómo? ¿Tropezáis con uno que miente? Gritarle a la cara: ¡mentiroso! Y adelante. ¿Tropezáis con uno que roba? Gritarle: ¡ladrón! Y adelante. ¿Tropezáis con uno que dice tonterías y a quien oye la muchedumbre con la boca abierta? Gritarles: ¡estúpidos! Y adelante. ¡Adelante siempre! ¿Es que con eso se borra la mentira, ni el latrocinio, ni la tontería? ¿Quién ha dicho que no?”.

Desde que lo leí en mi juventud, este texto siempre me ha impresionado. Me convenció de que, aunque sea sin ese dramatismo, hay que ir por la vida protestando. De este modo me he convertido en un adicto a las reclamaciones.

Por ejemplo: me gusta visitar exposiciones de arte pero los diseñadores colocan las notas explicativas de cada obra a un metro de altura y en letras blancas sobre beige. Como veo mal y tengo un lumbago latente, pido siempre el libro de reclamaciones: “Los enanos son muy respetables pero son una minoría. Ruego pongan las notas a otra altura y negro sobre blanco en atención a los que tienen mala vista”.

Los horarios de la Iglesia de San Mateo de Gallego hicieron protestar al autor del texto

Iglesia mudejar se San Mateo de Gallego. FOTO: www.aragonmudejar.com

Otro ejemplo: el año pasado en San Mateo de Gállego, un pueblo de Zaragoza en el que hice noche, en la iglesia mudéjar –cerrada, por supuesto- el letrero de la puerta anunciaba: “Horario de invierno” (era el 8 de agosto). Un horario que allí mismo verifiqué que no se cumplía y que terminaba diciendo: “Teléfono para cualquier aviso” y después un espacio en blanco. A mi llegada a Madrid escribí protestando al cura y al vicario que, naturalmente, no me contestaron.

Otro ejemplo: Juan G. Bedoya, que suele publicar en El País crónicas sobre asuntos religiosos, escribió una vez, criticando alguna mala práctica de la Iglesia, “Así nacieron ateos como Voltaire”. Me pareció muy llamativo que un experto en temas religiosos no supiera que Voltaire nunca fue ateo y que se atreviese a hacer en un diario de gran difusión una afirmación semejante. Así pues, carta de protesta a la defensora del lector.

Otro ejemplo, este ajeno: una amiga mía asistió en el Colegio del Pilar de Madrid a la confirmación de una nieta. Presidía el cardenal Osoro. Al finalizar, mi amiga esperó, para abordarlo, a que terminase el inevitable barullo alrededor del arzobispo. Le dijo: “Le agradezco su presencia en este colegio en el que estudiaron mis hijos y al que acuden mis nietos (gesto de satisfacción de Osoro) pero, ¡qué ocasión perdida! Porque ha predicado usted 45 minutos. Si se habla a unos jóvenes hay que darles dos ideas claras pero ahora ni yo mima podría repetir lo que ha dicho usted”.

Otro ejemplo pero con final distinto: en Bilbao, en la basílica de Begoña, se celebra un funeral pero, ¡en memoria de tres personas distintas! Así lo suelen hacer en días determinados, con gran enfado de los familiares. Si hay algo íntimo y privado es un funeral y esa especie de concentración de difuntos causa bastante malestar. Como me dijeron que nadie había protestado, escribí una carta al párroco.

Estoy convencido de que si, ante tantos abusos, desafueros, chapuzas y engaños con los que nos encontramos, hubiera una protesta de los afectados, muchas cosas podrían cambiar a mejor y el objetivo de esta columna es animar a que eso ocurra. En un tono más calmo del que propugnaba Unamuno, pero que ocurra.

Yo, al menos, sigo dispuesto a hacerlo. Algunos conocidos me dicen que me estoy haciendo un viejo gruñón. Tienen razón en las dos palabras. Mi única disculpa es que hay tantas cosas por las que gruñir…