Etsi Deus non daretur

Cuando escribió — latín, que entonces se usaba — que debíamos vivir etsi Deus non daretur, como si Dios no existiera, Dietrich Bonhöffer estaba en la prisión de Tegel, en Berlín, en una celda de dos por tres metros. Persona creyente, pastor protestante, se había opuesto desde el principio al nazismo, fundando con Karl Barth la llamada Iglesia confesante, en lucha contra el régimen nazi.

Ya había podido comprobar que Dios no iba a intervenir para salvar a los judíos, ni a los deficientes mentales, ni a los homosexuales de la represión criminal del dictador alemán. Por esta razón, en las cartas que rescató su amigo Eberhard Betghe y que se publicaron con el título de Resistencia y sumisión, defendía que “hemos de vivir como hombres capaces de enfrentarnos a la vida sin Dios”.

Años más tarde, Karl Rahner manifestaría su preocupación ante la crisis que según él iba a suponer en los creyentes el descubrimiento de que Dios desde el comienzo decidió retirarse y no actuar en los asuntos humanos como una causa más, junto a todas las que determinan los acontecimientos. Este hecho se había ido ocultando en las iglesias a lo largo de los siglos, pero había terminado por hacerse patente en la sociedad secular.

La reflexión de Bonhoeffer no refleja, sin embargo, una postura atea. “El Dios que nos hace vivir en el mundo sin la hipótesis de trabajo Dios, es el Dios ante el cual estamos permanentemente. Ante Dios y con Dios vivimos sin Dios”.

Hace poco he vuelto a leer los versos del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz y he recordado que desde el 3 de diciembre 1557 hasta agosto del año siguiente estuvo en una situación parecida a la de Bonhöffer. Raptado por sus hermanos calzados, encerrado en un calabozo en pésimas condiciones, sin que nadie tuviera noticias de su paradero, helado en invierno y asfixiado en verano, San Juan cree sin duda que probablemente nunca va a salir de allí.

Siglos antes del teólogo alemán, actúa etsi Deus non daretur. No le pide a Dios que le libre de su cautiverio sino que, aprovechando la benevolencia de un fraile joven que alivia su sofoco dejando abierta la puerta, es capaz de desenroscar las bisagras y descolgarse por una ventana en la madrugada del día de la Asunción.

Pero viviendo como si Dios no existiera, ¿vivió ante Dios y con Dios? Sin duda alguna. Falto de instrumentos de escritura, en esos meses ideó y memorizó las treinta primeras estrofas del Cántico Espiritual. A quienes no las conozcan les invito a que las lean sin tardar y a que las repasen quienes ya las hayan leído alguna vez. No hace falta recordar que son de una altura poética y religiosa inigualable. Dios estaba allí, pero era el Dios de la experiencia mística.

Trasladado al campo de Sackhausen, el 8 de abril de 1945 Bonhöffer es condenado a la horca y ejecutado. Sus últimas palabras son: “Este es el fin; para mí el principio de la vida”. El doctor del campo — de la ejecución — anotó: «Se arrodilló a orar antes de subir los escalones del cadalso, valiente y sereno. En mis casi cincuenta años de actividad profesional como médico no he visto a nadie morir con una entrega tan total a Dios”.

Ya se ha convertido en un tópico la frase tan repetida de Karl Rahner: “el cristiano del siglo XXI será un místico o no será”. Y es que hemos de hacer el aprendizaje de vivir como creyentes como si Dios no existiera y, a la vez, hacer la experiencia mística de su presencia en los acontecimientos y en la profundidad de nuestro ser. Ojalá seamos capaces.

Carlos F. Barberá
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