El pasado 4 de marzo los medios de comunicación dieron la noticia del fallecimiento del intelectual británico George Steiner.

Mi intención en esta columna no es presentar su figura, probablemente conocida por muchos lectores (y para los que no ahí está Wikipedia) sino hablar de una de sus obras, la titulada «Presencias reales». Concebido como un libro provocador, una entrevista del autor en la televisión francesa lo convirtió en un best seller.

La obra de arte ha sido siempre algo misterioso. ¿Qué hay en los colores y líneas de un cuadro, en los sonidos de una sinfonía, en las palabras de un poema que despierta en personas de condición diferente y durante siglos sentimientos y emociones que en su mayoría ni siquiera sabrían definir con palabras? El pintor Maurice Denis escribió una vez: «Recordad que un cuadro, antes de ser un caballo de batalla, una mujer desnuda o una anécdota cualquiera, es esencialmente una superficie plana recubierta de colores reunidos en un cierto orden». ¿Y por qué esos simples colores despiertan emociones tan profundas?

Entre el sufrimiento, la soledad y el despilfarro por un lado y el sueño de liberación, de renacimiento por otro.

Heidegger y Guardini, por ejemplo, dedicaron sendos estudios a desentrañar ese misterio. Simplificando mucho, Heidegger afirmó que la obra de arte crea un mundo propio. Guardini que es una llamada a un mundo perfecto y en paz que la humanidad siempre ha anhelado.

Pues bien, George Steiner tituló la obra mencionada al principio, «Presencia reales», con esas dos palabras que se aplican a la presencia de Jesucristo en la eucaristía. Un título provocador por parte de quien procedía del mundo judío pero elegido adrede para anunciar su tesis: que la obra de arte es un lugar privilegiado de presencia de Dios.

Falto de espacio y capacidad para comentar la obra, me limito simplemente a reproducir el largo y poderoso párrafo con el que termina el texto. Dice así:

«Hay un día concreto en la historia occidental del que ni la relación histórica, el mito o las Escrituras dan cuenta. Se trata de un sábado. Y se ha convertido en el día más largo. Sabemos de aquel Viernes Santo que según la cristiandad fue el de la Cruz. Sin embargo, el no cristiano, el ateo, también lo conoce. Esto significa que conoce la injusticia, el sufrimiento interminable, el despilfarro, el brutal enigma del fin que tan ampliamente constituyen no sólo la dimensión histórica de la condición humana sino la estructura cotidiana de nuestras vidas personales. Sabemos, puesto que no podemos eludirlos, del dolor, del fracaso del amor, de la soledad que son nuestra historia y nuestro destino particular. También sabemos acerca del domingo. Para el cristiano ese día significa una insinuación asegurada y precaria, evidente y más allá de la comprensión, de la resurrección, de una justicia y un amor que ha conquistado la muerte. Si no somos cristianos o creyentes sabemos de ese domingo en términos análogos. Lo concebimos como el día de la liberación de la inhumanidad y la servidumbre. Buscamos soluciones, sean terapéuticas o políticas, sean sociales o mesiánicas. Las características de ese domingo llevan el nombre de esperanza (…) De todas maneras el nuestro es el largo día del sábado. Entre el sufrimiento, la soledad y el despilfarro por un lado y el sueño de liberación, de renacimiento por otro. Frente a la tortura de un niño, la muerte del amor que es el Viernes, incluso el arte y la poesía mayores o casi inútiles. En la Utopía, el Domingo, es de presumir, la estética carecerá de toda lógica o necesidad. Las aprehensiones y figuraciones en el juego de la imaginación metafísica, en el poema y en la música que hablan de dolor y de esperanza, de la carne que se dice que sabe a ceniza, del espíritu del cual se dice que sabe a fuego, son siempre sabáticas. Han surgido de una espera inmensa que es la espera del hombre. Sin ellas ¿cómo podríamos tener paciencia?».