Con motivo de su visita a Madrid, un amigo me ha invitado a comer en un restaurante elegante. Como una vez al año no hace daño, he aceptado con gusto. En un comedor en el que hace meses era necesario reservar con anticipación, hay dos mesas ocupadas con cuatro personas en total.

Comentamos esa situación con la camarera y nos confirma la caída de la asistencia. Habla  del miedo al virus, de la crisis de las empresas, del trabajo en casa y de una nueva valoración de la vida doméstica. De modo que ella misma, madre de dos hijos, teme por el futuro de su trabajo.

A la salida, calle de Serrano abajo, constatamos el vacío de Madrid. Nadie en las tiendas, terrazas casi vacías, poca gente por las aceras. Parece que el virus y Díaz Ayuso han hecho de las suyas.

Unos días antes, hablando de esta situación con una amiga, me aseguraba que la pandemia nos ha enseñado a valorar más el estar en casa y en consecuencia hemos experimentado que se puede vivir con menos dinero, consumiendo menos, de una forma más austera. Parece que se cumple lo que los cristianos progres  sostenían hace bastantes años, criticando el despilfarro y el consumo. Y sin embargo mi paseo tras la comida me ha suscitado muchos interrogantes: si se consume menos las empresas tienen menos beneficios y por tanto acabarán despidiendo empleados o bajando los sueldos. Mayor número de parados supone menos cotizaciones a la Seguridad Social y un incremento de los subsidios de paro. A menos compras, menos ingresos por el impuesto del  IVA. El gobierno tendrá problemas para hacer frente a sus gastos, que por otra parte tienden a aumentar. El incremento se ve azuzado por reclamaciones que vienen de todos los colectivos: los jubilados reclaman más pensiones, las fuerzas de seguridad aumento de sueldos, las empresas en crisis apoyo económico, las gentes de la cultura  subvenciones, los parados de larga duración  subsidios. Gastos y más gastos que no veo cómo pueden atenderse salvo con un aumento de la deuda pública, lo que se irá convirtiendo a largo plazo en un duro lastre.

Oigo en las noticias que la venta de coches ha descendido en un treinta por ciento. Menos gasto de gasolina, menor contaminación, parece una buena noticia. Pero también menos ingresos por el IVA, despidos, cierre de concesionarios y acaso de fábricas ¿Se trata, pues, de una noticia buena?

Oigo también que el consumo de vino ha descendido y que en consecuencia las bodegas no quieren comprar toda la cosecha de uvas. Empresarios viticultores en dificultades, acaso destrucción de parte de la producción.

Me gustaría que los que abogábamos por la austeridad y la contención del consumo pensáramos cuál es la alternativa, porque los resultados inmediatos parecen estar causando mucho sufrimiento. Se puede decir que los cambios sociales siempre lo producen, que son lentos, que se trata de un proceso no inmediato pero que siempre acaba encontrando soluciones. Pero ¿de qué proceso se trata? La verdad es que a mí no se me ocurre y tengo que reconocer humildemente que siempre es más fácil criticar que innovar.

Yo por mi parte me he ido a comprar una botella de vino. Un reserva.