El conocidísimo relato del Génesis sobre la creación deja instaurado un día semanal para el descanso. Un día para relajarse, para el ocio, para disfrutar de no tener horarios. Un día para no hacer nada y después descansar. Un día para el culto al sol (Sunday en inglés significa el día del sol) y dicen los libros de historia que fue un emperador romano, Constantino I, el primero en instaurar de forma legal ese día como día de descanso: “En el venerable día del Sol, que los magistrados y las gentes residentes en las ciudades descansen, y que todos los talleres estén cerrados”. Es muy conocido también el día de descanso judío, el Sabbat, día dedicado por entero a la familia y a Yaveh y que llega, según los más ortodoxos, a extremos como no encender ni apagar luces o no cocinar pues eso son ya distracciones del rezo. El Domingo, para los cristianos, es el día del Señor, día de ir juntos a Misa, día de ponerse zapatos nuevos y tomar el aperitivo en la plaza antes de la comida familiar y los pasteles.    

Por alguna razón fácil de entender se nos fue olvidando ese día de libertad con el pasar de los siglos. Las sociedades agrícolas primero, las industriales después, necesitaban personas dedicadas de sol a sol (y a veces también de luna a luna) a producir sin descanso y sin parar: en el caso del campo es más entendible, en el de las máquinas algo menos si no se tiene en cuenta el voraz apetito de dinero del capitalista industrial ¿de principios del s XIX? Tuvieron que llegar los aires revolucionarios de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad y más tarde los movimientos obreros para empezar a reivindicar semanas laborales de 6 días y medio, luego de 5. La Organización Internacional del Trabajo estableció en 1919 la jornada de 8 horas y el máximo de 48 horas semanales y no fue hasta antes de ayer (1980) cuando la semana de 5 días (40 horas) se generalizó en Europa. Y luego llegó el s. XXI y parece haber retrocedido en todas estas conquistas. La fábrica industrial que no puede parar las máquinas es hoy el gigante de la venta online que no cierra y que presume de ello.

Viene todo esto a cuento de una noticia escuchada por la radio la mañana que escribo esta columna, en la que se hace referencia a un estudio en el que se demuestra que de 2006 a 2018, en España, ha aumentado en un ¡40%! las personas que tienen que trabajar en domingo. Obviamente se les respetará, imagino, su derecho al descanso semanal, aun cuando soy consciente de que muchas veces las horas extras y los turnos son entendidos de forma muy diferente entre empleadores y empleados y las 40 horas de trabajo sean una mera referencia ideal que no real. Y viene todo esto a cuento de sentirme responsable por comprar en domingo, por exigir como consumidor que las tiendas abran 24 horas 7 días a la semana por si se me ocurre comprar una docena de huevos un domingo a las 3 de la madrugada. Antes existían las tiendas de conveniencia (hoy los chinos de la esquina) que abrían muchas horas, todos los días y te cobraban con creces ese impulso consumista. Hoy, en muchas comunidades autónomas, hay libertad de horarios absoluta y la gran superficie arrasa con su poderío al pequeño comerciante que no puede disfrutad de su día de sol. Desde hace muchos años, por convencimiento militante, mi familia no compra nada los domingos, salvo el periódico y el pan. Ya lo decía El Roto en una de sus viñetas “Los consumidores compramos de sol a sol. Exigimos un día de descanso”. Disfrutemos del sol primaveral los domingos y que al séptimo día, nuestra tarjeta de crédito descanse.