Las ciudades necesitan ayuda, pero los ciudadanos sienten vergüenza

Cuando las calles hablan, la autoría de los mensajes suele ser del muy prolífico Anónimo. En esta ocasión tiene nombre y apellido. La artista Yolanda Domínguez armó en la madrileña plaza de Callao esta instalación en octubre del año pasado, coincidiendo con el Día europeo contra la Trata de Seres Humanos (que debería ser todos los días). Para ello utilizó más de cien kilos de anuncios de burdeles con el objetivo de lanzar «una gran señal de socorro» contra la prostitución y la trata de mujeres.

Vivo en una ciudad de frecuentes congresos (telefonía, automóviles, inmobiliaria, etc.). Cuando hay alguno en marcha, pasar por los alrededores del lugar donde se celebra es pisar una tupida alfombra de flyers de “contactos” -¡menudo eufemismo!-; es decir, de ofertas de cuerpos de mujeres.

Ahora que el neomachismo (que poco tiene de nuevo: es tan rancio como siempre) se quita la careta, abandonando toda corrección política, y se ceba de nuevo con las mujeres, es necesario que el grito inunde las calles.

Pone “¡socorro!” pero debería decir “¡vergüenza!”.