Recuperamos, en el centenario de su nacimiento, una entrevista con Enrique Tierno Galván, realizada para Alandar en julio de 1985. Más de 30 años después sigue teniendo una sorprendente actualidad.

El que fue el alcalde más popular de Madrid mantuvo una larga conversación con Carlos F. Barberá en julio de 1985. Tierno padecía ya el cáncer que le costó la vida 6 meses más tarde. El viejo profesor habló de sus creencias, de su condición de agnóstico, de su posición ante la enfermedad y la muerte, y también de su aprecio por la fe y de la aportación del compromiso político de los cristianos. Alandar la publicó en forma de folleto.

Agnosticismo y fe

“Hay una cierta incomprensión respecto del agnosti­cismo y de lo que es ser agnóstico. Las gentes tienden a interpretarlo como una especie de ateísmo y no es eso. Es más, en los agnósticos, en bastantes agnósticos, con frecuencia se da la dualidad de una conciencia inquieta que tiene tendencia a conectarse oracional­mente con el Fundamento y una razón que no com­prende la escatología eclesiástica de cualquier Iglesia que sea, y que no entiende cómo puede haber un Dios personal trascendente. Es decir, que el agnóstico está finalmente convencido de que la religión es necesaria y el agnóstico tiene sus compromisos con el Funda­mento. Lo que no ve es personalizado ese Fundamento… de manera que la problemática del agnóstico no es, en ningún caso, una problemática atea. No niega, sino simplemente no entiende.

Tierno Galván en el centenario de su nacimiento

Tierno Galván es una de las figuras que más ha marcado la personalidad institucional de Madrid

Y, por otra parte, siente un enorme respeto hacia la fe. La fe es un mundo privado y desde la fe todo se explica. Y se explica simplemente porque la fe está estrechamente vinculada a la noción de misterio y aceptando el misterio como categoría, como normal­mente hacen los cristianos, prácticamente el problema está, para ellos, resuelto, desde la conciencia que cree, no desde la conciencia que vacila. Porque la razón crea vacilaciones.

En este sentido, es perfectamente conciliable la rela­ción del agnóstico con las instituciones religiosas. Las respeta. En muchos casos las admira y, desde luego, tiene una actitud incluso reverencial frente al hombre de fe, el que ha resuelto todos los problemas porque se ha vinculado al misterio y porque acepta el misterio como una solución.

Pero para la inteligencia, aceptar el misterio como una solución es sobradamente difícil.

No hay, pues, contradicción ninguna. Yo, en bro­ma, suelo decir que Dios no abandona nunca a un buen marxista, es decir, que realmente no hay ninguna contradicción ni ningún problema para nosotros, el mundo agnóstico, para admitir a las personas de fe. Incluso yo dijera que reverenciarlas. Reverenciarlas porque la fe es un hecho inaudito, es un hecho extra­ordinario. La fe profunda, sólida y auténtica es uno de los fenómenos más interesantes que se producen en la mundanalidad, en donde estamos, en el mundo de lo que hay.

No queremos, en ningún caso, entorpecer la evolución y el crecimiento del espíritu religioso, bien sea un espíritu religioso cristiano, bien sea un espíritu religio­so vinculado de una u otra manera al Fundamento. El Fundamento que para los cristianos es un Dios tras­cendente, para los agnósticos es un fundamento que está dado en la vida, en la vida en términos muy gene­rales, incluso en la vida cósmica y en la vida teológica.

Por otra parte, el agnóstico tiene una cierta presunción respecto el rito. Comprende que el rito se ha ido formando con los siglos y que es muy difícil prescindir de él, pero ve siempre la moral por encima del rito, la verdad por encima del rito e, incluso, la crítica inte­lectual por encima del rito. Yo tengo amigos creyentes, no simplemente creyentes, sino con el fundamento de la creencia en el reconocimiento de la chispa divina y de sus posibilidades. Diría Santa Teresa: “Esa chispa de Dios que no se apaga en cada uno de los hombres”. Y no hay inconveniente en dia­logar con ellos y en analizar los problemas con ellos.

Desde luego, nuestra pretensión es la de colaborar, la de entender cada vez mejor el problema de la fe y, sobre todo, un cristianismo evangélico, un cristianis­mo que tiende a vencer el rito y que practica la verdad evangélica como verdad de luz. A eso está muy próximo el agnóstico, porque el agnóstico está metido, quiérase o no, en el ámbito cultural cristiano”.

Fe, razón… y la nada

La entrevista que Tierno Galván hizo hace más de 30 años en alandar

El alcalde Tierno Galván en una imagen de archivo.

“Fui creyente hasta los quince-dieciséis años. Mi ma­dre era una cristiana fervorosa y yo iba con ella a la novena y a las “flores”, y esto con mucha frecuencia, bien en el pueblo, bien en Madrid, frecuentemente a la iglesia de San Marcos, porque vivíamos cerca. Pero es que en esas edades no entra la crítica racional res­pecto, sobre todo, de problemas para los que la teología propone soluciones, pero que siempre dejan a uno intranquilo. Por ejemplo, el retraso histórico de la aparición del cristianismo, cuando tantas gentes antes habían sufrido y necesitaban también de ese consuelo. Es un retraso histórico difícil de explicar. No se sabe por qué se elegía ese tiempo y por qué se favorecía a unas gentes y no se favorecía a otras. Como es muy difícil de explicar el hambre desde el punto de vista de la justicia divina. No se entiende, pero, en fin, ya he­mos dicho que para el hombre de fe esto entra en el ámbito del misterio.

Cuando a mí se me plantearon estos problemas y no los pude resolver racionalmente, dejé de creer. Lo que demuestra que la actividad sentimental y de concien­cia, está en mí vinculada a la razón. Soy casi un ilus­trado y que, al no responder la razón a los problemas, pues se enfrió la fe.

Pero hay una reflexión -continua- por parte de muchos agnósticos sobre el sentido del mundo y que es el Fundamento. Es uno de los problemas básicos para nosotros y estamos siempre preguntándonos qué sentido tiene que el mundo no tenga sentido nada más que en sí mismo. ¿Qué quiere decir eso?

Y nos encontramos también con la nada. En el fon­do, está el telón, la nada, y realmente no nos satisface tener como fundamento y telón de fondo la nada; por­que la nada, aquí, adquiere cierta sustantividad y ha­bía que preguntarse qué es esa nada que tiene una cierta sustantividad, que no es solo la contradicción lógica del ser. Pero no pasamos de ahí porque la investigación y la razón no pueden pasar y admitimos que es el Fundamento, pero, como decía antes, no lo ad­mitimos ni trascendente ni personalizado.

Quizá los agnósticos como yo seamos, según se dice, “una raza a extinguir”. Posiblemente. Puede que los agnósticos acaben disolviéndose en un escepticismo radical, puede ser. Es mas: puede que el mundo vaya hacia ese escepticismo radical en términos generales, salvo las minorías que conservan la levadura, para emplear una expresión evangélica, expresión muy gra­ta a San Pablo, por otra parte. Es posible. No puedo decir ni que sí ni que no. Todo es posible”.

Iglesia, iglesias e instituciones

“Las iglesias son muchas y son excluyentes. La Igle­sia ha estado siempre al lado del poder. En ocasiones ha luchado con el poder para conseguir más poder, como en los tiempos antiguos o en la Edad Media, pero se ha ido vinculando al poder, olvidando en par­te, no sé si esto será exacto o no, los consejos de Cristo y algunas veces incluso los mandatos de Cristo tal y como aparecen en los Evangelios.

Desde casi mi juventud primera, me ha parecido que la Iglesia había hecho en el proceso histórico enormes concesiones a las exigencias temporales y al poder temporal; que había abandonado su condición de institución espiritual y de institución moral en una gran parte y había cedido a presiones del poder, sobre todo a tentaciones económicas para conservarse como institución, desde muy antiguo, y las había defendido y había estado siempre al lado de aquellos que cuida­ban de sus intereses no al lado de aquellos que no cuidaban de sus intereses, sino que, al contrario, le pedían sacrificios. Esto es indiscutible históricamente y en gran parte en el momento actual. Lo que ocurre es que la Iglesia va tomando conciencia de que, si como Iglesia e institución está al lado de los grandes intere­ses del mundo, la Iglesia se pierde como tal Iglesia y queda siempre la fe, pero no orientada ya eclesiásticamente. Yo no quiero hacer críticas personales de ninguna manera, pero la renovación de lo que llamaríamos, por llamarlo de algún modo, iglesias naciona­les, está muchas veces en contradicción con lo que el poder centralizador de la Iglesia universal exige. Hay contradicciones muy profundas, porque las iglesias na­cionales se tropiezan con problemas que tienen que resolver desde el espíritu evangélico y a la vez en or­den de los presupuestos de poder que la Iglesia tiene como ámbito de decisión universal. Así ha pasado con muchos sacerdotes hispanoamericanos.

Tierno Galván, alcalde presidente

El alcalde presidente del ayuntamiento de Madrid

Ha habido un cambio sobre todo en las relaciones con el mundo no eclesiástico. En la Iglesia española yo noto una inclinación mayor hacia la humildad, ha­cia el sacrificio, hacia alejarse de lo aparatoso, o inclu­so yo creo que hay una cierta mala conciencia respec­to de la riqueza de las jerarquías eclesiásticas.

Ojalá la Iglesia se alejase del poder y ejerciese solo su autoridad moral. Sería admirable. Y además, la Iglesia entonces tendría un inmenso prestigio.

Realmente, yo creo que se están renovando las inquietudes, que la conciencia religiosa eclesiástica estaba adormecida y aceptaba con fe de carbonero los problemas del mundo. Pero me parece que ahora se ha dejado ese tipo de fe adormecida y que dijéramos que es una fe quebradiza y muy frágil, por una fe que tiene sus propios problemas, que no deje de ser fe, pero que es analítica, de profundas inquietudes.

Los problemas, eclesiásticamente, son muy difíciles de resolver, porque hay contiendas de poder, pero evangélicamente, es decir, cediendo, cediendo con hu­mildad y haciendo siempre testimonio de profundo respeto a lo que el otro dice y admitiéndolo, evangélicamente sería fácil de resolver.

Es una pena que haya tan pocas instituciones que poten­cien el espíritu. Entre ellas está no sólo la Iglesia católica, cuya dimensión evangélica es muy respetable, sino otras iglesias como las evangelistas que, en su ámbito, contribuyen poderosamente a la realización de los bienes del espíritu.

Yo creo que en el ámbito de los grupos humanos la subjetividad se trasciende a sí misma y se constituye en objetividad. Y esa objetividad, a su vez, puede in­fluir en la subjetividad en una relación dialéctica y esa influencia es positiva en algunos casos y negativa en otros. Lo que tiene de positiva es el ahondar en la dimensión espiritual y el aumentar la dimensión espi­ritual del mundo que, en cierto modo, se traduce en valores como la paz, el bienestar, la reflexión científica, la investigación…, que son consecuencia de la presión del espíritu objetivo creado por el espíritu subjetivo.

Pero el hecho es que la sociedad está hirviendo y una gran parte de ese hervor se traduce en fervores, fervores pacifistas y fervores ecologistas que son nobilísimos y no tendrían que estar marginados por los partidos políticos, sino protegidos por ellos y por el poder. Hay que despertar la conciencia de la gente respecto de la contradicción que significa, por poner un ejemplo, el científico -muy diferente en Norteamérica, yo lo he visto- que sale de su casa, besa al niño, dice adiós al jardinero, besa a su mujer, ha deja­do la segadora hace unos momentos, por la mañana temprana, en un jardín cuidado…, en fin, ese científico que es un hombre de paz que cuida a su familia, “un hombre decente”, pero que se va al laboratorio a traba­jar en una bomba atómica. Hay que poner al descu­bierto esas contradicciones. Trabajar por la bomba atómica, trabajar por la destrucción universal es imperdonable”.

El dolor y la fe

“Cuando en la grave intervención quirúrgica que su­frí en febrero de 1985 me enteré de que muchos con­ciudadanos madrileños cristianos rezaban por mí, sentí un enorme agradecimiento. Porque yo creo que en la economía del cosmos (un cristiano diría en la economía de la creación) todo influye, nada se pierde en el orden del espíritu y estoy seguro de que eso me ayudó.

El dolor es un problema muy difícil. Lo que ocurre es que el dolor se puede admitir como algo estricta­mente natural. Es decir, pasado cierto dintel de organización, el proceso de desorganización o la falta de coordinación biológica con el psiquismo y entonces el dolor tiene un aspecto puramente mundanal.

Cuando el dolor se atribuye a una ausencia de la presencia de Dios en la ayuda de esa persona provoca no solo el dolor físico, sino el dolor espiritual, la amargura espiritual. Está el “Dios mío, por qué me abandonaste”, que con frecuencia surge en el ámbito del dolor y suele crear dudas, vacilaciones profundas, incluso angustia. Porque es muy difícil explicar la muerte de los niños, por ejemplo, y por qué se produ­ce esa muerte, cómo entra esto en la economía de la creación… Es muy difícil de explicar.

De manera que hay un dolor trascendente y un do­lor biológico. El dolor trascendente surge en la conciencia cristiana y el dolor biológico está, simplemen­te, en el ámbito de la conciencia agnóstica. El dolor lleva, de una manera u otra, a buscar el camino de la esperanza y el camino de la esperanza se encuentra muchas veces en la oración como vehículo para hallar al gran salvador, al que ha de resolver. En este sentido, el dolorido, el que está padeciendo el dolor, busca el camino de la esperanza que va a dar a un ser superior que organiza el mundo. Para el agnóstico que no quiera incurrir en deslealtades es muy cla­ro que incluso el dolor hace más problemática la justi­cia divina”.

Los cristianos de mi ciudad

«…La religión católica es el 90 por 100 de la cultura de parte de Occidente y, concretamente, de España. Y el cristianismo es el 90 par 100 de la cultura occiden­tal».
«Se comenzó a ver claro (año 1968) que ni yo ni las gentes que estaban en lo que ya entonces era el Parti­do Socialista del Interior teníamos la condición de an­ticlericales, sino el mayor respeto por las iglesias y por la Iglesia católica en particular. También en muchas ocasiones tuve que explicar, incluso a sacerdotes, que cuando Marx hablaba de la religión como opio del pueblo, se refería a la religión que excluye la crítica y evita la lucha de clases, o lo que es lo mismo, a la religión formal o mercancía, pero no a la religión como fenómeno de comunicación y elemento espiri­tual que transmite y sostiene con las creencias supe­riores valores superiores. Al hilo de éstas y otras reflexiones he pensado muchas veces que ha sido pena, y grande, que en España no hayamos podido hacer la revolución con que soñábamos, pues una gran parte de la Iglesia hubiera encontrado su purificación incor­porándose a la ruptura…» (Cabos Sueltos, 1981)

“Soy alcalde de una ciudad, Madrid, muchísimos de cuyos ciudadanos son cristianos. Y desde la alcaldía estamos ayudando todo lo que podemos a que no se pierdan las tradiciones religiosas e incluso a que no se pierda el hecho mismo de una religión eclesiásticamente constituida. Nuestra actitud con relación a la Iglesia es una actitud de abierta colaboración y segui­remos por ese camino, porque la religión hace falta de una u otra manera, hace falta que la gente reanime su conciencia y reflexión.

Me atrevería a pedir a mi conciudadano cristiano que dejase sus prejuicios, que a veces los tiene. Es decir, que no por ser cristiano creyese que tiene que ser de derechas, que esto es muy frecuente en España. Que comprendiese bien y abiertamente a los demás y que tuviese un espíritu de colaboración con los que no son cristianos.

Toda fe es positiva. La fe autentica y cultivada. No esa fe que no se puede llamar fe, esa aberración negati­va y cerrada, Luzbel…, no. La fe positiva, clara y abierta produce una actitud generosa. Y cuando la fe no produce una actitud generosa…, me niego a admitir que sea fe. Siempre que he hablado con personas que tienen una fe profunda, las he encontrado propicias a la generosidad, como es lógico. En lenguaje cristiano eso se llamará misericordia o virtudes de ese carácter, pero el hecho es que son propicios a la generosidad. La fe propugna eso y la fe defiende eso. Y, efectiva­mente, hoy en los barrios de Madrid hay mucha gente de fe que está trabajando con los humildes y los está defendiendo y eso, para nosotros, no sólo es respeta­ble, sino que es una gran ayuda.

No estoy hablando de los cristianos en la lucha política. Porque la política lleva a compromisos de poder que castigan y lesionan la moral, a veces. Y las gentes que tienen, como los cristianos, una conciencia moral especialmente sensible se aleja de esos campos en que la lucha política es, muchas veces, incompatible con una conciencia moral clara. Yo me he ido alejando del poder también. He vivido la lucha contra un poder que me parece injusto y que me parecía que atentaba contra la dignidad humana. Luchar contra el poder cuando es una lucha moral contra un poder que es inmoral, eso es justo y no crea problemas. Los problemas se crean particularmente en la lucha por el poder, cuando uno quiere adquirir más ámbito de po­der y ejercitarlo. Yo nunca he estado en eso. Nunca he luchado por el poder, nunca he tenido el mínimo po­der y aún ahora estoy ajeno al poder político, porque somos meros administradores y esto no es poder, es, simplemente, autoridad.

La política de altura crea a los cristianos mayores problemas. Les crea problemas terribles. Incluso les obliga, muchas veces, a practicar la doble moral: la moral privada y la moral pública.

Mi consejo al cristiano evangélico sería el de que si no puede cultivar una política en que la moral conser­ve su integridad y tiene que incurrir en las dos mora­les…, que deje la vida política, la vida por el poder y las luchas por el poder. Si consigue que la lucha por el poder y las contradicciones en el poder no lesionen su conciencia ética…, adelante. Sería admirable. Pero si no lo consigue es mejor que abandone la política.

En cualquier caso, el cristiano se puede comprome­ter en la base y trabajar en la base y dejar la dirección política a los pocos -siempre serán pocos- cristianos que hayan sido capaces de conciliar su conciencia con el poder.

En la base siempre será justo que los cristianos ten­gan una participación política, que tengan una ideología, aunque esa ideología siempre debe estar subordi­nada a los principios morales superiores del Evange­lio. Y yo admito que, para el cristiano, la moral no es una ideología. Para el cristiano la moral es un valor trascendente que está por encima de la temporalidad. Y en este sentido los cristianos tienen que estar más subordinados a la moral que cualquier otra persona, cualquier agnóstico, por ejemplo”.