Por Pedro Luis Arias Ergueta*

El 10 de enero de 2011 ETA declaró un «alto el fuego permanente, general y verificable internacionalmente». Hace cinco años se abría, así, una etapa diferente en la vida de la sociedad vasca al desaparecer la amenaza terrorista.
Sin embargo, al igual que lo hiciera la dictadura franquista, cincuenta años de terrorismo han dejado heridas por sanar. El proceso para alcanzar la cicatrización adecuada no debe eternizarse, pero tampoco conviene aplicar la sola receta de un olvido apresurado. Un conflicto que ha dividido familias, cuadrillas de amigos y vecindarios debe ser superado aprovechando la nueva coyuntura, suturando en lo posible lo acontecido y generando capital social para construir un futuro inmunizado frente a discursos excluyentes y violentos. La comunidad cristiana no puede ser ajena a esta preocupación. Ha de comprometerse al servicio de la restauración de vínculos rotos y en el reconocimiento debido para toda víctima.

Parte del camino se ha ido recorriendo. Mi experiencia personal permite compartir experiencias positivas que deben ser conocidas y reconocidas. Así, por ejemplo, un resultado de las concentraciones silenciosas semanales que, desde Gesto por la Paz, convocamos durante el larguísimo secuestro de Julio Iglesias Zamora fue la respuesta del mundo que amparaba a ETA y sus acciones. No sólo tuvimos que responder con nuestra contención y silencio a los insultos que proferían quienes se concentraban frente a nuestros grupos, sino que, en algunos casos, también hubimos de soportar agresiones más sólidas que las palabras injuriosas. Además, quienes participaban en aquellas contra-concentraciones y que hasta entonces nos saludaban por conocernos, dejaron de hacerlo. Hoy muchas de ellas nos han devuelto el saludo y, en ocasiones, uno percibe que para ellos y ellas esta normalización de las relaciones humanas ha sido un alivio. Quizá no lo vivan así, pero se intuye que no han disfrutado con el menosprecio que nos manifestaron y han aprovechado con rapidez la nueva situación para devolvernos el saludo tras años en los que nos negaron ese gesto de mínima cordialidad.

Pero celebrar que algunos ciudadanos no tenemos que llevar escolta o que hemos recuperado el saludo de vecinos que nos lo retiraron no es suficiente. Sigue siendo necesario compartir cómo han vivido y sentido personas de diferentes sensibilidades durante los años de conculcación gravísima de derechos humanos fundamentales. Creo que la sociedad vasca puede enriquecerse significativamente si, desde nuestra situación, somos capaces de entender (lo que no equivale a justificar) las razones y los sentimientos que movieron a quienes se situaron en otras posiciones, algunas de las cuales nos siguen produciendo desasosiego y un dolor que el tiempo va diluyendo.

El director de Gesto por la paz habla del proceso de paz en euskadiLa reconciliación por construir debe superar la natural tendencia al olvido. El papa Francisco ha llamado recientemente a combatir la indiferencia para posibilitar una paz que se conjugue como justicia y cuyo horizonte, entre otros, ha de ser el de intentar vaciar todas las cárceles. Mientras esa meta utópica pero movilizadora de conciencias y compromisos se acerca, no debemos renunciar al proyecto de reducir el sufrimiento heredado todo lo que sea posible. Ahí se sitúa la reivindicación de cambios en la política penitenciaria. Todavía no podrán abandonar sus celdas quienes tienen penas pendientes de cumplir por haber cometido delitos graves, pero esas personas y sus familias deben poder ver facilitadas sus relaciones acortando la distancia entre la cárcel y el domicilio de las personas allegadas de cada penado.

En el camino de la reconciliación hay una memoria ineludible: la de las víctimas. Como ciudadanía hemos de exigir a las instituciones el liderazgo preciso para la construcción de un relato sobre lo acontecido que no añada sobre ellas nuevo sufrimiento. Todas las formas de éste nos deben afectar. Pero también hemos de distinguir, a todos los efectos, las consecuencias sociales y políticas que se siguen del sufrimiento de las víctimas de las muy diferentes que se pueden derivar del sufrimiento de los victimarios.

En este contexto, la Iglesia vasca -más en concreto la de Bizkaia, que es en la que me muevo y trabajo- ha asumido esta tarea con dificultades. La más importante tiene que ver con la indiferencia y el olvido acrítico que abundan en nuestras comunidades, en parte de una sociedad que, ansiando el final de la violencia terrorista, pretende pasar página con excesiva celeridad. Como también con la ausencia de mensajes valientes y comprometidos de sus pastores, incapaces en estos ya cinco años de una palabra arriesgada como las del papa.

No obstante, junto con estas limitaciones, a petición del Consejo Pastoral Diocesano de Bilbao, nuestro obispo ha nombrado a un responsable y se ha configurado una comisión de trabajo que va ofertando propuestas para que aprendamos todo lo posible de las trágicas páginas vividas antes de pasar a otras. Así se ha estado celebrando anualmente una eucaristía en recuerdo de todas las víctimas en las que ha participado una representación importante de aquellas que siguen viviendo entre nosotros. También se han celebrado ya unos encuentros, de los que pronto se celebrará la segunda edición, en los que es posible suscitar la inquietud y compartir con otras personas con convicciones e historias diferentes lo vivido y lo aprendido. Esta dinámica de encuentros entre diferentes se intenta extender a localidades y parroquias especialmente afectadas en su día por la división que generó la violencia. Sin olvidar la insistencia sobre la llamada que todo discípulo de Jesús debe acoger para hacerse presente en aquellas mediaciones sociales en las que se construye paz y reconciliación.

Sólo la infinita misericordia divina tiene a su alcance el triunfo definitivo de la vida, pero los seguidores de Jesús estamos llamados a ser agentes de reconciliación genuina allí donde se haya roto o se esté violando la fraternidad entre los seres humanos. No sería mala conclusión que la misma sociedad que exportó los peores frutos de la violencia fuera capaz de ser escuela de tolerancia y solidaridad.

*Pedro Luis Arias Ergueta es profesor de la Universidad del País Vasco y antiguo portavoz de Gesto por la Paz