Las Jornadas Mundiales de la Juventud, los encuentros internacionales, las experiencias de formación o voluntariado, incluso los campamentos… Cada año es amplia la oferta que los y las jóvenes pueden encontrar para tener una vivencia de la espiritualidad o del encuentro con Dios a través del encuentro con otras personas. En ocasiones de muchas personas. A veces, incluso, de multitudes.

Este tipo de encuentros ayudan a reafirmar la identidad de los chicos y chicas, el vínculo hacia movimientos y congregaciones. También fortalecen los lazos con sus semejantes que, aunque vivan en otra provincia, en otro país o, por qué no, en la otra punta del planeta, comparten las mismas preocupaciones y sentimientos. ¿Son positivas estas experiencias de masas? ¿Pueden convertirse en vehículos para el encuentro con Dios? El reto está en conseguir que la experiencia masiva no sea un aborregamiento, sino una oportunidad para propiciar la vivencia personal intensa: el crecimiento y la personalización.

Para reflexionar sobre esto hemos querido recoger algunas experiencias del pasado verano en el cual se celebraron numerosos eventos como la SYM Don Bosco 2015 –con motivo del bicentenario del fundador de los salesianos–, el encuentro franciscano Giovani verso Assisi, Sesión de Formación Global de JECI–MIEC, el Encuentro Europeo de Jóvenes en Ávila o el aniversario de la fundación de la comunidad de Taizé, que congregó a cerca de 4.000 jóvenes el pasado agosto. Traemos a las páginas de alandar experiencias de algunos de estos encuentros para comprobar la fuerza de la juventud y su compromiso, aun en tiempos tan difíciles como estos.

Juventud que construyen el Reino de Dios
Mucha gente pequeña en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas pueden cambiar el mundo” (Eduardo Galeano)
María del Carmen Ledesma Chamorro

Este bonito camino lo emprendí en la intemperie del año 2009, el mismo día que prometí fidelidad a la Juventud Estudiante Católica (JEC). Desde aquel día descubrí que la esencia de esta vida es caminar de la mano, abrazo a abrazo, ser todos uno. La esencia de ir caminando con otros jóvenes en la JEC me ha cambiado la vida: poder analizar la realidad de un modo distinto, juzgar con la mirada de Jesús y, así, intentar aportar mi granito de arena para ir transformando la realidad en la que vivo. Miro hacia atrás y descubro que, durante todo este tiempo de servicio y entrega, he crecido personal, profesional y espiritualmente.

Hoy recuerdo, agradecida, un momento especial: del 23 de julio al 3 de agosto de este año se celebró la Sesión de Formación Global de JECI (Juventud Estudiante Católica Internacional)–MIEC (Movimiento Internacional de Estudiantes Católicos) en Tagatay City (Filipinas), bajo el lema “Sal de la Tierra, Luz del Mundo. Los jóvenes construyen el Reino de Dios”. Pude participar en aquel encuentro, poniendo voz y representando a la Juventud Estudiante Católica de España, junto con María Pérez, responsable diocesana de Salamanca.

Y solo puedo dar gracias por haber sido testigo presencial de esta maravillosa experiencia. En ella, hemos podido compartir espacios de reflexión, experiencias de fe, de vida, etc., con jóvenes de todo el mundo. Pudimos experimentar que, a pesar de las diferencias (de culturas, idiomas…), teníamos un objetivo en común: ser seguidores de Jesús y llevar la Buena Noticia. Nos sentimos llamados y enviados para transformar la realidad que nos rodea, luchar contra las injusticias -“Vosotros sois la sal de la tierra…vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5, 13-16)- e ir descubriendo que este camino no lo hacemos solos, sino en comunidad (junto con otros jóvenes, que tienen las mismas inquietudes y preocupaciones). Una aventura, sin duda alguna, apasionante para cualquier corazón con ansias de crecer, de buscar, de encontrar.

Hay experiencias y testimonios que te transforman la vida, que te hacen ver más allá de lo que tu mirada es capaz de comprender, que te animan a mirar con otros ojos la realidad del mundo -conocer y ampliar la mirada. Y este es el verdadero resumen, la auténtica riqueza que experimenté en este encuentro, no solamente por los espacios compartidos con otros jóvenes (que fueron de una gran riqueza), sino por conocer la realidad de los centros sociales y de las familias en Filipinas, así como por poder escuchar los testimonios de fe-vida de los demás jóvenes que participaron. Y estoy convencida de que se ha abierto un nuevo reto y, como María Magdalena, Dios me ha regalado el ser un personaje importante en este nuevo camino: punto de partida para conocer la realidad, poder contrastarlo con el Evangelio y seguir siendo actor de cambio. En marcha, en camino y siempre con la mirada puesta en las huellas de Jesús.

Haciendo camino al andar
María del Mar Peláez

Yo no tuve la gran suerte de crecer acompañada por salesianos y no fue hasta hace cuatro años cuando entré en este ambiente a través del Centro Juvenil. Sin saber más de lo oído acerca de Don Bosco comenzaba una senda que ni yo misma sabía que marcaría tanto mi vida.

Han sido justo cuatro los años dentro de la familia salesiana, años que han coincidido con la preparación al bicentenario y que sirvieron para comenzar a construir mi camino. Tras ese camino de preparación llegamos al Año del Bicentenario tan sonado, un año lleno de fiestas, celebraciones, actividades… donde poder ser partícipes del espíritu salesiano y del legado de Don Bosco, pero sin imaginar lo que sería para mí la última experiencia de su bicentenario, SYM Don Bosco 2015.

El tiempo transcurre y un cumpleaños familiar se hace rutina ya casi. Unos refrescos, algunos pasteles, unas risas y la correspondiente referencia del mundo tecnológico actual, un selfie. El cumpleaños de Don Bosco salió de esas directrices sociales. No tuvimos tarta, pero tuvimos la gran suerte de pasar una noche mágica en su Colle, en “La sua Casa”.

De aquellos días quiero destacar el momento que, creo, fue el más emocionante de todos: la visita a la Capilla de Maria Auxiliadora de Turín. Como marca la tradición, entré con la cabeza hacia el suelo, caminé hasta la cruceta central de la iglesia y, tras levantar la mirada, allí estaba, la imagen de María Auxiliadora más bella que jamás he visto retratada. Pero no acababan allí las emociones. Una mirada hacia la derecha y una escultura masculina tumbada hizo que las lágrimas no aguantaran ya en mis ojos y resbalaran por mi cara: era él, el Padre que me acogió en su familia.

Este viaje ha marcado un antes y un después en mi camino dentro de la familia salesiana. Estar donde todo comenzó. Un sueño, esa razón tan pequeña hizo que un “loco soñador” construyera los pilares de lo que hoy día marca nuestra vida. Ser salesiano no es serlo de 8:00 de la mañana a 14:30 de la tarde o los viernes por la tarde. Ser salesiano es una forma de vida, una forma de sentir marcada principalmente por la alegría y la fe. Y lo más importante del sentido de esta peregrinación es la sensación de ir caminando como él, con los jóvenes y para los jóvenes: personas distintas, lugares distintos, costumbres distintas, pero un único camino marcado por un Padre, un Maestro y un Amigo… Don Bosco. Simplemente, gracias.

“Giovani verso Assisi” International Meeting
Rocío González Tejada

“El Señor me dio hermanos” es una frase que decía San Francisco en su testamento. Es precisamente eso lo que hemos sentido los más de cuatrocientos jóvenes que este verano hemos participado en el encuentro franciscano “Giovani verso Assisi”.

Procedentes de todos los rincones del mundo, viajando en avión, en tren o en autobús, llegamos a Asís con las maletas cargadas de sueños y esperanzas porque, como decía el lema de este año, ¡la esperanza es joven!
Fueron diez días muy intensos, en los que vivimos y compartimos juntos muchos momentos. La mayor parte del tiempo estuvimos en Asís, donde San Francisco nació, vivió y murió. Allí visitamos los lugares más importantes de su vida y de la de sus hermanos. Nos pateamos la ciudad de arriba abajo. Paseamos por las mismas calles, contemplamos las mismas puestas de sol y cielos estrellados. Como él, rezamos ante el Cristo de San Damián y dejamos que su mirada nos alcanzase y removiese por dentro. Nos sobrecogió la tumba de Francisco y el lugar donde Santa Clara murió diciendo “Gracias, Señor, por haberme creado”. En Rivotorto, donde San Francisco se recogía con sus hermanos, entendimos el significado de la fraternidad. En la iglesia de San Damián escuchamos también aquello de “Ve y repara mi Iglesia”.

Un par de días los pasamos en Roma, en medio del bullicio, el calor y los miles de turistas. Allí tuvimos una audiencia con el papa Francisco, quien nos recordó que la Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre, ¡sin puertas cerradas! y en la que hay lugar para cada uno con su vida a cuestas. Y con esa idea de abrir puertas y ventanas nos echamos a las calles para evangelizar no solo a los pájaros, sino también a los turistas y curiosos que se acercaban al oírnos cantar y vernos bailar. Por las calles de Roma también descubrimos el rostro de muchas personas que viven en la calle cargando con su vida a cuestas y que, como el leproso al que besó San Francisco, nos removieron las entrañas. Pudimos compartir con ellos bocadillos, zumos y un poco de nuestras vidas.

Y lo mejor de todo fue compartir todos esos momentos con tantos hermanos de distintos lugares y lenguas, tan diferentes y tan iguales a la vez. Descubrir que la Iglesia es algo mucho más grande que lo que a veces sentimos. Nos unió el compartir el duro suelo de la tienda, las horas de autobús, el tener que sobrevivir a los partidos de “ultimate frisbee”, las colas que soportábamos en los baños, las gymcanas, los juegos, los bailes y las canciones. Como los apóstoles en Pentecostés, descubrimos que no hay lenguas que nos separen si al final podemos bailar juntos “Paquito el Chocolatero”, por ejemplo.

El lema completo de este encuentro era “La esperanza es joven. Transformados por la alegría del Evangelio”. Y es que, después de todo lo vivido, es así como hemos vuelto. Pese a las 28 horas de autobús de vuelta, volvemos transformados por la alegría de todo lo vivido y con todos estos recuerdos grabados en el corazón.