Santiago Agrelo es franciscano, gallego y, desde hace ocho años, el obispo de Tánger, en Marruecos. Su comunidad es pequeña, algo más de dos mil almas, en una diócesis que se ha destacado por la acogida a las personas que emigran desde el África subsahariana y por levantar la voz en su nombre. De verbo suave, sus palabras son muy contundentes. Es un obispo que se moja mucho. Últimamente también en Internet: ha iniciado un blog propio, comparte sus cartas pastorales en Facebook y su cuenta de Twitter (@SantiagoAgrelo) es un compendio de titulares preñados de sentido evangélico.

El Obispo de Tanger continúa hablando contra la actitud occidental ante la inmigración“Fuera del pobre no hay salvación”, es una afirmación de su blog. ¿No es muy radical?

Es una afirmación que traduce, en un lenguaje comprensible para el hombre de hoy, la vieja afirmación de que “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Así como hoy sería irrepetible y carente de sentido el afirmar eso, hoy todo el mundo entiende “fuera del pobre no hay salvación”. Si pensamos que el Evangelio, que es el corazón de la Iglesia, es para los pobres, entonces, manifiestamente, fuera de los pobres no hay salvación. Y cuando digo que el Evangelio es para los pobres, en la cabeza llevo la lectura que hizo Jesús en la sinagoga de Nazaret de un texto del profeta Isaías: “El espíritu del Señor está sobre mí, me ungió y me envió para llevar el evangelio a los pobres”. Y si esa fue la misión de Jesús, esa es la misión de la Iglesia. Sin pobres, no tiene misión Jesús. San Pablo lo dijo de aquella otra manera: “Siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos a los pobres con su pobreza”. Sin pobres no tiene misión Jesús. No tiene misión la Iglesia, así lo entiendo yo.

También ha escrito que el Evangelio es una palabra de verdad que “solo podremos anunciar a los pequeños, a los débiles, a los necio del mundo”.

Yo lo considero una evidencia. Si se tratase de un credo, el credo lo tenemos que explicar, entonces tenemos que buscar gente con una cierta formación, una cierta cultura. El Evangelio no es para ese tipo de gente, el Evangelio es para quien tiene una necesidad y, precisamente el Evangelio, la Buena noticia, es la respuesta a la necesidad, es la respuesta a la pobreza. Y en la Iglesia tenemos un problema enorme con la verdad, porque nos consideramos posesores de la verdad y muchas veces “la verdad” se interpone entre nosotros y el pobre. Imagine por ejemplo el tema de los divorciados vueltos a casar. ¿Quién parece que se está interponiendo entre ellos, que son unos pobres –y hablo de divorciados que por ser creyentes, sienten la propia situación como una derrota, como una pobreza y, por lo tanto, tienen una necesidad– y la Iglesia? Entre ambos se levanta una barrera infranqueable que es la verdad. Comprendo que es un tema delicado, espinoso, pero es obligado enfrentarnos a él con serenidad y con lucidez evangélica. El Señor no vino a enseñarnos un credo, sino que nos ha dado una palabra de salvación para llevar a los pobres. Y en ese terreno la Iglesia se moverá siempre con serenidad y tranquilidad. Si nos salimos de ahí, entraremos en dimensiones muy complicadas y conflictivas y muy poco comprensibles para el hombre de nuestro tiempo.

A veces la Iglesia quiere afirmar su autoridad, su verdad, en terrenos científicos, médicos o éticos…

La ciencia nos habla de un universo que está en perenne movimiento, que se está haciendo: no puedes definir lo que se está haciendo. Pues si eso la ciencia lo dice de las cosas, imagínate lo que tendremos que decir de lo que se refiere a Dios, que es puro misterio para nosotros, digamos lo que digamos. Lo cual me obliga a replantear el concepto mismo de verdad cuando lo usamos para referirnos a nuestras creencias. Jesús dijo de sí mismo “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Pero desde el mismo momento en que lo dijo, tanto el camino como la verdad como la vida, se me transforman en un misterio insondable que solo podré contemplar, solo podré desear entrar en él, podré admirarlo, podré gozar de él, podré agradecerlo, podré incluso hablar de él como lo hago ahora contigo, pero no podré nunca poseerlo, nunca, de tal manera que yo pueda entregárselo a otro como el que entrega un maletín. Tenemos un desafío con relación a la verdad en la Iglesia…

A usted le ha cambiado la vida Tánger y el contacto con los inmigrantes.

Es que la cercanía al pobre no es la capacidad de abrir mi mano para darle algo, sino de abrir mi conciencia para comprender algo. Es él el que me da. Yo terminaré dándole algo a él, pero en principio es él el que me da. Yo he procurado en mi vida estar siempre cerca de los pobres. Y aún habiendo tratado de hacerlo, para comprender ciertas cosas tuve que llegar a Marruecos. Y, seguramente, cuando salga de Marruecos y me acerque a otras pobrezas, entenderé otras cosas. Para mí, antes de ir a Marruecos, el tema de la inmigración era un tema de política de fronteras, de autonomía de los pueblos, de ejercicio de la autoridad de los gobiernos y, por tanto, me parecía pura ilegitimidad o ilegalidad la de estas personas que trataban de pasar una frontera de aquella manera. Eso es lo que había dentro de mí, un hombre que había estado, creo, cerca de los pobres toda la vida. Sin embargo, como esa pobreza no la había tocado de cerca, no me decía nada. Apenas me encontré con uno de ellos, cuando los encontré en casa, en el obispado, entonces me di cuenta de que estaba profundamente equivocado. Tenía delante, sencillamente, a seres humanos con una necesidad. No tenía delante a “ilegales o sin papeles”, esos nombres que solemos dar a quienes solo son personas con una necesidad. De repente se te hace la luz por dentro y el Evangelio comienza a tener otro significado, desde entonces soy incapaz de predicar un domingo sin hablar de ellos.

¿Cómo se organiza la diócesis de Tánger para ayudar a los sin papeles?

Durante un tiempo se ocupó Cáritas y luego creamos la Delegación de inmigraciones. La llevan las Carmelitas de la Caridad y ellas han organizado tres sectores. El primero es el de la atención primaria (alimentación, alojamiento, sanidad, seguimiento de las personas, etc.). El segundo es el de la atención espiritual, abierto a todos, no solo para los católicos, porque todos tienen necesidad de un acompañamiento espiritual. Y se les está haciendo, creo que con gran provecho, supongo que para ellos, pero sobre todo para nosotros, porque representan para la Iglesia una gran riqueza. Todos los domingos termina la misa en la catedral y ellos se quedan para continuar sus oraciones, yo paso entre ellos y los veo a unos con los brazos en cruz, otros con el rosario al cuello: no sé por qué, pero llevamos repartidos miles de rosarios, no sé si los quieren como seña de identificación, como amuleto, no lo sé ni me importa; si ellos lo piden y lo necesitan, eso entra a formar parte de las necesidades de un pobre y yo no me tengo que preguntar qué hacen con ello. Y todavía hay un tercer sector, que es el aspecto de la sensibilización, en el que hemos invertido mucho, en cuanto a iniciativas y personal. Llevamos años apareciendo en los medios como una voz que reclama justicia para esta gente que sufre.

Imagino que los medios son limitados para prestar esa ayuda.

La ayuda es un factor necesario pero puede que no sea el más importante; el más importante es el de la acogida, el que tengas una referencia, un lugar donde te encuentres a gusto, a tu aire. Eso, los inmigrantes en Marruecos lo tienen con nosotros, la Iglesia es su casa. En una diócesis hubo ciertos episodios de violencia en Cáritas y se pensó en poner seguridad en las oficina para mantener el orden. Nosotros decidimos que, pasara lo que pasara, no íbamos a tomar esa decisión. La Iglesia tiene que ser un espacio de libertad, donde, si riñen, tendremos que ser los encargados de apaciguar y de razonar los motivos de conflicto, al margen de cualquier alambrada o de la policía; la Iglesia no está para eso. Para mí, más importante que la ayuda económica, es esa acogida. Ver la catedral, que ahora está de color negro y es una felicidad. Ellos tienen otro modo de orar, de acercarse a ti, es un modo africano, supongo que es cultural, es riquísimo. Es lo más importante que la Iglesia puede ofrecer al inmigrante, un espacio familiar donde se sientan en casa.

Usted se significó mucho con motivo de la tragedia del Tarajal en febrero del año pasado.

Sueño todavía con el día en que se declare un día de luto en Ceuta por la tragedia del Tarajal. El hecho de que mueran quince personas y que el debate que se suscita esté centrado en si disparé o no, si fue desde la parte de España o no… es un debate tan absurdo, porque es el debate de nuestras justificaciones, nuestras razones, nuestros intereses, nuestros motivos. Y los importantes son los muertos. Si aquel día la autoridad civil de Ceuta hubiese decretado un día de luto en la ciudad, ese día los muertos hubiesen sido importantes. Ese día la ciudad se hubiese dignificado, se hubiese humanizado. Cuando sucede una desgracia como la del avión que se estrella y mueren 140 personas y se para todo en Europa, yo digo: “Magnífico, nos hemos humanizado”. Estos muertos existen; aquellos, no. Tengo miedo de perder yo la humanidad ante unas muertes que sí son valoradas, precisamente por aquellas otras que no lo son, por los muertos que no cuentan para nadie. Que todos los muertos cuenten. Y no nos costaba tanto bajar las banderas ese día y poner un crespón en las ventanas para decir “son nuestros muertos” y eso continúa ahí pendiente.

Pero usted ha hablado bien de la guardia civil muchas veces.

Lo normal en las fuerzas del orden es que se trate de personas con un alto sentido humanitario y un sentido de su misión; pero tampoco se sale de la normalidad que en ese grupo haya quien no encaja en ese nivel; todos hemos visto a guardias apaleando a los que están en las vallas. Yo no he atacado jamás a la Guardia Civil y no lo hago porque no lo siento, no por ser obispo. Solo una vez en una carta de la diócesis dije que las autoridades obligan a la Guardia Civil a cargar toda la vida con el recuerdo de muertes que ellos probablemente nunca quisieron provocar. No creo que los guardias que tuvieron la desgracia de estar aquella mañana en el Tarajal puedan olvidarlo. Por eso es tan importante delimitar las responsabilidades, no es lo mismo dar la orden que obedecer para poder comer. Yo siempre trato de ponerme en el lugar de la persona a la que critico. Ahora bien, el que Ceuta hubiese decretado un día de luto no era dejar en mal lugar a la Guardia Civil ni a nadie, estábamos delante de una tragedia inmensa y era una llamada de atención para que una tragedia así no vuelva a producirse.

¿Qué responde a argumentos como “es legítimo proteger nuestras fronteras, no tenemos recursos para todos los inmigrantes, hay mafias detrás de ellos…”?

Hace poco un amigo musulmán, un joven marroquí, que es una de las personas más interesantes que he encontrado en mi vida, me envió por internet un escrito muy razonado en respuesta a una de mis cartas pastorales, diciéndome que estaba equivocado, porque –decía- si se eliminan las fronteras para los inmigrantes, si se les deja pasar, éstos serán el ejército de reserva del capitalismo, mano de obra barata, sin exigencias de ningún tipo. Añadía razones económicas, de tensión social, de criminalidad, todo lo que se suele decir en todo el mundo. Yo quedé abrumado por esas razones, pero le dije: “Si tus razones las lee un político o un periodista, un profesor de universidad, etc., te dirán probablemente que tienes razón, pero si las lee uno de los chicos o de las chicas que están en el bosque junto a Ceuta, tú los has condenado a muerte; ellos se sentirán condenados a muerte”. Aquí hemos perdido muchísimo de esa inmediatez de la relación con el otro que te permite, simplemente, ponerlo a él en el primer lugar. Si pones en primer lugar la economía y la seguridad, él seguirá siendo aparcado y excluido. Si lo pones a él en primer lugar, comenzará a haber ideas más sensatas también en la economía, él va a ser tu luz. Si cambia la sociedad, cambia la política y mi trabajo yo lo entiendo como un trabajo en la conciencia de las personas, corazón a corazón.

Pero me sigue faltando un puente entre la conversión de las conciencias y el mundo de la política…

El puente es el compromiso social de quien toma conciencia de un problema. Si en Francia el partido de Marine Le Pen tiene tantos votos, representa a ciudadanos que tienen una determinada conciencia sobre el problema de la inmigración. Si cambia la conciencia, cambian los votos. Y voy a hablar de mí mismo. Yo he votado siempre al PP, mis padres me tenían la papeleta preparada cuando iba al pueblo a votar. Cambié el voto en las últimas europeas, probablemente no volveré a votar PP, porque cambió mi conciencia sobre determinados problemas. Con relación a los inmigrantes, no se han dignado ni siquiera a escuchar. Han actuado con prepotencia, vamos y hacemos. Claro que si es mi voto solo… pero si son dos millones de votos… Yo quiero cambiar dos millones de conciencias, lo demás vendrá después.

[quote_right]«13 TV la veo a diario y para mí como medio de la Iglesia, la línea es inaceptable»[/quote_right]¿Ayudan los medios de la Iglesia al cambio de las conciencias en relación con la inmigración?

Yo, ahora, la Cope no la puedo seguir, pero 13 TV la veo a diario y para mí como medio de la Iglesia, la línea es inaceptable. A raíz de los atentados de París, vi un programa islamófobo de principio a fin. ¡Y yo lo veo desde Marruecos! Que en Europa se predique la islamofobia, puede ser natural, la hay y está cultivada, pero que se haga desde un medio de la Iglesia no es natural. Un medio de la Iglesia no puede tener un ideario político ajeno al Evangelio y nosotros, los obispos, deberíamos hilar más fino. Tendría que ser clarísimo el compromiso de la Iglesia con los pobres, con los inmigrantes. ¿Es posible que no se pueda decir desde la Iglesia una palabra distinta por ejemplo sobre los muertos del Tarajal? ¿O sobre las vallas o la política de inmigración? El papa lo hace con claridad.

Porque a los inmigrantes se les escucha poco.

O nada. ¿Quién le ha preguntado a un inmigrante por la política de fronteras: ¿qué podemos hacer por vosotros, qué deseáis, qué esperáis, qué buscáis?, y son la parte interesada realmente.

Y la Iglesia hermana española, ¿colabora?

No sé lo que se hace en cada diócesis en España. En Cádiz y Ceuta, fronterizas con la mía, tienen una delegación de inmigraciones que me da envidia sana y colaboramos mucho. Supongo que en el corazón de cada obispo hay más amor a los pobres del que puedo suponer. Tendremos que ser muy exigentes con nosotros mismos para no hacer de nuestro servicio al inmigrante un lazo con el que traerlo a nosotros mismos. Esto requiere generosidad, lucidez y lo que San Vicente de Paul llamaba un “amor tan grande que te perdonen la escudilla de sopa que les das”, y eso es algo que tenemos que aprender. Y hay una segunda consideración, que es el tener la tentación de considerarnos obligados a evangelizarlos, es decir, a catequizarlos: no des ese paso –y estas palabras pueden resultar escandalosas- pero no des ese paso, que encuentren en ti a Cristo, pero no te consideres obligado a catequizarlos. Sí a abrazarlos, sí a acogerlos, sí a ofrecerles un espacio donde se muevan con tranquilidad, luego ya verán a Jesús en tu vida.

Imagino que a la catedral acude gente de religiones diferentes, animistas, musulmanes o de otras confesiones cristianas. Ustedes no les piden el carnet. ¿Qué diálogo cabe con ellos desde el punto de vista interreligioso?

Está el diálogo de la vida, el diálogo de la solidaridad, de la colaboración, porque podemos trabajar juntos y entendernos bien, podemos convivir. Y si podemos hacer todo eso, también podremos hablar serenamente de lo que creemos, sin que yo pretenda apearte a ti de lo que tú crees ni viceversa; es que los procesos de conversión en cualquier dirección son procesos de transformación interior y eso es algo que ocurre dentro de la persona que es capaz de cuestionarse y preguntarse sobre lo que cree y sobre lo que vive. Y a eso estamos obligados todos. No es que yo esté obligado a que un musulmán se cuestione, sino que estoy obligado a cuestionarme lo que creo, y uno que no haya cuestionado su modo de creer, no ha entrado en creer todavía. Pero en todo caso, esa es la obra del Espíritu de Dios en nosotros y a mí el Señor me ha predicado mucho más con los musulmanes que, tal vez, entre nosotros.

santiago-agrelo-obispo-tanger-inmigracion-02¿Qué aprende un europeo cristiano viviendo entre musulmanes? Usted siempre ha hablado muy bien de esa convivencia.

En Marruecos hay una tradición de acogida. Al poco de estar allí, poco después de mi ordenación, yendo al aeropuerto a despedir a gente, un señor me preguntó: ¿Por qué lleva usted la cruz metida en el bolsillo? Yo no quería ocultarla, pero también pensé que el exhibirla podía resultar gratuitamente provocador. Y yo voy con mi hábito franciscano y eso no solo lo respetan sino que representa un lazo con ellos, me llaman “padre” los musulmanes. Es una sociedad desconocida en España, porque lo que se dice en España de Marruecos no hace justicia a lo que es el pueblo marroquí, acogedor, hospitalario. Lo hacen según su cultura; y a nosotros nos toca adaptarnos. Tengo amigos judíos nacidos en Tánger, amistad honda, también con musulmanes. También en Italia hice muchos amigos ateos. La amistad es con la persona que tienes delante, te encuentras con ella y si tú no rechazas, ella tampoco te va a rechazar. Tenemos demasiados prejuicios, en relación a Marruecos, demasiados. Es una buena labor el desmontar prejuicios y hacer posible otra forma de estar en la vida.

¿Cuáles son los desafíos en este nuevo momento eclesial?

El aire que le ha dado a las cosas de la Iglesia el papa Francisco responde a esa pregunta. Necesitamos abandonar el ámbito casi sagrado de la cátedra, donde nos sentamos para enseñar. Hacemos discursos perfectamente diseñados y estructurados desde el punto de vista teológico pero que nadie va a tomar en consideración porque o no los entienden o no entienden su relación con la vida y los anhelos de las personas. Hemos estado demasiado ocupados en mirarnos a nosotros mismos, en presentarnos límpidos y no hemos mirado al interlocutor, de modo que puedo estar hablando de las cosas más sublimes pero, si a ti esas cosas no te interesan, tú, educadamente, tal vez me prestes atención pero no interiorizarás nada de lo que diga. Otra cosa es si yo para hablar lo primero que hago es preguntarme qué quieres de mí, qué esperas, qué buscas aquí. Entonces intentaré responder a lo que quieres. Y el papa Francisco ha conectado precisamente con las preguntas de la gente, con los deseos, eso uno lo nota enseguida. Y en este sentido en la Iglesia tenemos un fuerte desafío, responder a las preguntas de la sociedad.

¿Y si no hay preguntas? ¿Cuál es la vía para suscitar el deseo de Dios o para descubrir la belleza del mensaje cristiano?

Vuelvo al principio, vuelvo a los pobres. Si a mí me pregunta alguien por mi fe… Yo tuve dos momentos en que pude haber perdido la fe: cuando terminé los estudios de teología en el 66 y salí con la Summa de Santo Tomás en la cabeza, una teología bien estructurada pero lejana de la vida; yo era un chico piadoso y con solo eso hubiese naufragado, no hubiera podido responder a las preguntas que la vida plantea; ante los que cabe la pérdida de la fe o la intransigencia del inquisidor, aferrarse a lo que se tiene y hacerse un intolerante. A mí me abrió un horizonte de luz el estudio de la liturgia, porque, aunque pudiera parecer teórico, está metida de lleno dentro de la experiencia de fe y del contacto con la comunidad eclesial y está en conexión con el mundo en el que vives y eso me salvó. Yo me hice la pregunta sobre mi fe muchas veces y fue la figura de Jesús y su modo de relacionarse con su entorno y con Dios lo que me convenció, hasta jugarme la propia vida con él. Pero yo he tenido la suerte de ser educado en la fe con la familia. Y luego entré en el convento de los franciscanos a los once años y no volví a salir de allí y he aprendido a amar el Evangelio. Pero el que no tiene esa oportunidad, ni siquiera se hace la pregunta. Ahora, tú que conoces a Jesús y sabes lo que representa en tu vida, tienes muchísimo que ofrecer a quien no lo conoce. ¿Cómo se lo haces ver? Lo primero es que lo vean en ti, es el camino más llano, que el que no conoce a Cristo lo pueda ver a través de mi vida, es una responsabilidad tan grande que me asusta. Que pueda tener un rostro amable de Jesús. No puede ser el rostro de la ideología, no puede ser el rostro del fariseo. Nadie se enamora de una idea o un credo, te enamoras de alguien que te toca el corazón; y ese es un desafío enorme para la Iglesia.

¿Es usted consciente de las reacciones que suscita –por ejemplo, he leído que se refieren a usted como a “un ciego que guía a otro ciego”- sobre todo en relación a temas como la homosexualidad? ¿Le afecta?

No, me han llamado de todo, una vez me llamaron “bujarrón” y tuve que ir a un diccionario a buscar, no sabía lo que significaba. Me han llamado de todo. Pero las personas son solo personas. Hay un chico con el que tengo una amistad profunda, aunque no lo conozco -solo nos escribimos por internet- y es homosexual y habla de “su secreto”. En el mundo en que él se mueve, es una barrera terrible. Pero que eso suponga una barrera entre la persona y Jesús, no cabe. Por tanto, no cabe tampoco una barrera entre la persona y yo. Y esto en la Iglesia deberíamos tenerlo claro y en lugar de hacer juicios teóricos y morales sobre la homosexualidad, no, no, dime cómo has de tratar con la persona y no tendríamos problema ninguno. Son temas que hemos conseguido hacer espinosos y no debieran serlo.

¿Qué le alegra el corazón a Santiago Agrelo?

Muchísimas cosas. Creo que la gracia de Dios me ha agarrado de la mano desde que nací y eso me asombra. Porque en esta persona no busques nada que haya podido hacer méritos para eso. Y eso me alegra todos los días de la vida y me apesadumbra porque no puedo responder. Luego, está el mundo en el que me he movido, franciscano: yo no soy capaz de imaginar mi vida si no es con mis hermanos; incluso como obispo tengo la suerte de vivir en una comunidad franciscana y cuando termine como obispo, volveré a ella, es mi familia… Aunque soy el mayor de siete hermanos a los que quiero mucho, pero mi familia realmente son los frailes. Y me he movido siempre en ámbitos de la acción pastoral, he sido profesor del Antoniano y en Santiago y ha sido siempre un ámbito de gozo, porque te sientes querido. Creo que también he dejado las puertas de mi vida abiertas para la gente; los comentarios de ahora son marginales, son de gente que nunca se ha encontrado contigo, que te juzgan desde ideologías o prejuicios. Es importante en la vida que quien se encuentre contigo no se vaya con un sentido de amargura o indiferencia, es importante quedarse en la vida de las personas. Y ahora estoy disfrutando de lo que estamos viviendo en la Iglesia, un momento cargado de esperanza que te sabe a vuelo del Espíritu en medio de los hijos de Dios.

¿Cómo comienza y acaba el día, cual es su oración favorita, su pensamiento más recurrente?

Yo me levanto a las cuatro de la mañana y celebro a las seis y media. El arreglo personal y de la habitación me lleva una horita y de cinco a seis y media es tiempo de oración personal, lo necesito. ¿Por qué caminos va esa oración? Para mí, volvemos al ámbito del misterio, es un misterio el verme a mí mismo en Cristo y delante del Padre: soy casi incapaz de ver mi vida separada de la de Cristo. Y a la vez me asombra, porque no puedo olvidar que soy Santiago, una montaña de miserias. Pero son dos cosas que no riñen, la miseria del sujeto y la grandeza de la gracia, que te mete en un mundo que es el mundo de Dios. Y que es este mundo, que está metido en el mundo de Dios. Y los ojos se hacen limpios, caen las miserias, caen las ideologías, para verlo todo desde dentro del amor que es Dios.