Foto. J. Ignacio IgartuaCoincidiendo con el quincuagésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, el 11 de octubre del pasado año dio comienzo el Año de la Fe. El papa Benedicto XVI lo ha propuesto como “una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor”, llamando la atención sobre que “los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común”. Y es fácil darse cuenta de que esto ya no es así, puesto que la familia, la escuela y la parroquia no representan el cauce natural por el que se transmite la fe.

¿Por qué un Año de la fe? ¿Cómo es nuestra fe? ¿Qué fe queremos transmitir? ¿Cómo podemos hacerlo? Son preguntas que muchos se hacen –nos hacemos- ante una realidad nada sencilla, cuando se tiene la sensación de que hemos burocratizado demasiado la vida de la Iglesia y también la vida sacramental. Quizá nos hemos olvidado muchas veces del mensaje –el Evangelio- y del mensajero –Jesús de Nazaret- para realzar cuestiones menos importantes.

Según el escolapio Carles Such, “la Iglesia de ha dado cuenta de cómo está y ha visto que urge remover cimientos y aprovechando los cincuenta años del Vaticano II tratar de adaptarlo a estos momentos”. Imagina que después vendrá el año de la esperanza y más tarde el de la caridad, ya que al papa Benedicto XVI le gusta dedicar cada año de su pontificado a un motivo concreto. En cualquier caso, opina que “es necesario hacer algo”.

Racionalidad de la fe

Para Carles Such, el papa y la jerarquía de la Iglesia española no siguen una misma línea. Analizando cualquier homilía o escrito de Benedicto XVI sobre el Año de la Fe, se ve que hay una claves fundamentales. “Una es no perder las raíces cristianas, señala Such, pero como un bien para el ser humano de hoy, abierto a la transcendencia. Hablando también de una crisis de Dios y no tanto de fe cristiana. La segunda clave sería la racionalidad de la fe. Y este es un tema que yo en España no he escuchado. El papa nos deja claro que no se puede creer de cualquier manera que hace falta entablar un diálogo fe-cultura, ciencia y fe”. Mientras, aquí se sigue con el continuo derrotismo de que se están perdiendo los valores cristianos o que el mundo está desorientado. “Creo, indica el escolapio, que detrás de ello está la añoranza de una Iglesia de grandes números, implantada socialmente”.

Pese a los muchos carismas que hay dentro de la Iglesia, también en nuestro país, a la hora de actuar, de acompañar, de transmitir la fe, se tiene la sensación de que cada vez se trata más de marcar un camino único, del cual no hay salirse. Para Carles, efectivamente, “el problema no es que existan muchos estilos en la Iglesia, sino que se quiera imponer uno determinado. Un pastor tiene que serlo de todas las ovejas. No tiene que beneficiar a unas y discriminar a otras, o ningunearlas”.

En todos los ámbitos, también el eclesial, es recurrente la referencia a la importancia de la juventud, porque es el futuro. También en recibir la fe y después transmitirla. Such, especialista en pastoral con jóvenes, tiene la sensación de que se apuesta por el joven pero no se dan pasos hacia él. ¿Por qué sucede esto? “Hay un cierto temor- indica el religioso escolapio. Lo joven siempre da miedo. Recuerdo una frase de François Lapierre, el obispo de la región de Quebec, que estuvo en el Fórum sobre evangelización con jóvenes. Él dijo que ‘si tú le preguntas a un chico o una chica que te hable te dice lo que piensa y no lo que quieres escuchar’. Eso es molesto. Escuchar cosas que no te esperas, que incomodan, no es fácil. La primera manera de apostar por la juventud es acogerla y escucharla, algo que no se está haciendo”. En esta línea recuerda la importancia de una comunidad que acoja, que alimente y que envíe, “porque si no, estamos perdidos”.

Miedo a hablar de Dios

En un momento de la conversación uno le plantea a Carles si tenemos miedo a hablar de Dios y con una sonrisa responde que “somos muy tímidos”, porque hablar abiertamente de Jesucristo no es cómodo, incluso a los que están más próximos. Según el escolapio, “cuando al creyente joven se le plantea algo doctrinal no sabe qué responder, porque no se le ha formado. Hemos creado cristianos indefensos, que no pueden dialogar abiertamente con sus iguales. En este punto volvemos al tema de la racionalidad de la fe, que mencionamos al principio”.

Desde esta indefensión de la persona que se dice cristiana, Such cree que “no sabemos hablar de Dios por una falta seria y profunda de una experiencia en Él. Hay que volver a los documentos que surgieron después del Concilio, como ‘Ecclesiam suam’ o ‘Evangelli nuntiandi’. Volver al diálogo que planteaba Pablo VI para llegar a una nueva evangelización, que nos está hablando de un nuevo testimonio y de una manera nueva de ser testigo”. En este sentido, el obispo Rino Fisichella, responsable del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización, ha declarado que “durante el Año de la fe estamos llamados no sólo a conocernos mejor a nosotros mismos, sino también a realizar un camino de formación para llevar a cabo las enseñanzas del Concilio”.

Y, sin remedio, un tema lleva a otro, como es la formación. No por malicia, si no tal vez por inercia nos hemos dejado llevar por una pastoral muy lúdica, haciéndola más divertida que interesante. “Tal vez pensando en que no se nos vayan, esto ha restado profundidad y seriedad. Lo cual no está reñido con una propuesta interesante. Creo que hace falta una formación sólida”. Y añade que “esto no es cuestión de fórmulas magistrales, sino de un replanteamiento general de la evangelización. Todo lo que no sea entrar en un trato más integral de lo que implica la fe creo que es perder el tiempo”.

Procesos caducos

Carles Such cree que procesos como el bautismo, la comunión a los nueve o diez años, la confirmación a los doce o catorce años, además de estar caducos, son el origen de la situación que ahora tenemos. “La Iglesia está pidiendo con urgencia una renovación de la iniciación cristiana seria y rotunda”, formando a los formadores, ya que si no lo normal es que la fe transmitida sea verdadera, pero muy débil.

En este apartado hay que incluir la formación del clero, algo que preocupa a muchos obispos, como dejaron expuesto en el Sínodo de la nueva evangelización. “Algo está pasando, señala Such, cuando en algunas parroquias preocupa antes el arreglo del órgano o la novena a san no sé quién que la creación de un grupo de jóvenes para que conozca de verdad la Palabra”.