Drag Ybridex Angelodemon

«Marchamos por aquellos que no pueden». Foto: Ybridex

El verano europeo conlleva desde hace unos años multitud de celebraciones en diferentes países del movimiento, enmarcadas en lo que se ha dado por llamar “el Orgullo”; en Barcelona, mi ciudad, éstas se alargan con el “Circuit Festival” del mes de agosto y que se autopromociona como el mayor festival gay internacional.

Al respecto pude leer en las redes mensajes como “necesito hibernar un tiempo para recuperar los años de vida y kilos perdidos de tanta fiesta” o como este otro, que nos toca más de cerca “el Vaticano es un Guantánamo mental. Orgullo de Madrid” los cuales me dan que pensar.

Sobre el primero, parece como que si solo hubiera un orgullo de ser gay si se es hombre, joven, cachas y moreno. Y que cuanta más marcha -que cada uno entienda lo que le parezca- se le dé al cuerpo, mejor. Las personas lesbianas, trans, inter, bi, a, pan o queer, en proceso… (toda ellas englobadas en el +) parecen no existir. Menos todavía si a ello se le añaden más años de la cuenta o alguna discapacidad. Pero esto no es así, viviendo su vida, a veces mostrando públicamente su opción sexual y/o de género, pero a veces no, hay multitud de otros perfiles: padres y madres de familia, adolescentes, profesores, militares, deportistas, periodistas, tenderos, sacerdotes, personas religiosas, ancianos… que no participan de este desenfreno. Ahí conviene reivindicar el orgullo de ser como uno es, la globalidad de su persona.

La homosexualidad se extiende a medida que se asciende en la jerarquía. Foto: Andrew Baldwin

Sobre el segundo, dudo si la expresión era una improvisación o si el instagramer en cuestión habría leído el libro recientemente publicado “Sodoma. Poder y escándalo en el Vaticano”, investigación extensa, profunda y rigurosa del francés Frédéric Martel. Por el método y todas las fuentes que presenta, mal que me pese parece que no se trata de un fake sino de realidad pura y dura.

Aunque el papel -biblia, tradición y magisterio- lo aguante todo y parezca que en la Iglesia jerárquica (sacerdotes y obispos) y “de vida religiosa” solo haya un tipo de acercamiento al sexo -el celibato-, la realidad es mucho más diversa: las convivencias clandestinas, o semi públicas, de sacerdotes en multitud de países de América Latina y de África son una realidad. También la regla segunda de Sodoma, según Martel, La homosexualidad se extiende a medida que se acerca al sancta-sanctórum; conforme se asciende en la jerarquía católica, la proporción de homosexuales aumenta. En el colegio cardenalicio y en el Vaticano culmina el proceso de selección: la homosexualidad es la regla y la heterosexualidad la excepción” (p.29). Esto hace que los sacerdotes y eclesiásticos estén inventando nuevas familias, nuevas formas de amor, separados de sus padres al entrar en el seminario, viven entre hombres, entran en estructuras recompuestas de hermanos, ayudantes, amigos, protegidos, amantes, colegas, de exlovers, prostitutos… en las que a veces las pulsión sexual es importante pero otras en las que lo importante es la relación, el acompañamiento mutuo.

Un ejemplo fue la relación de amor entre Dominique y Bernard -ambos trabajadores belgas en el Vaticano- y su triste final, conmovió incluso a multitud de miembros de la curia, como al padre Lombardi, en aquel momento portavoz del papa, quien ofició el entierro de Bernard, aún el suicida por amor. Ahí sería bueno también reivindicar el orgullo de ser como uno es, aunque esto implicara dejar de lado cierta hipocresía o dejar soplar al Espíritu de Dios.