Foto. J.I. Igartua.Había decidido jubilarse y seguir como voluntaria en su ONGD de toda la vida. Pero, aún sin saber muy bien el cómo ni el por qué, desde hace unos meses Merche Ruiz-Giménez está al frente de la Coordinadora de ONG de Desarrollo de España (CONGDE), organismo que agrupa en su seno a más de 400 organizaciones, que llegan a unos 83 millones de personas en todo el mundo. Desde sus 70 años, llenos de experiencias y compromisos, Merche resume que “la cooperación al desarrollo es un deber de justicia y un compromiso ético, pensando más allá de nuestro propio ombligo”.

¿La cooperación española está gravemente herida?

No. La cooperación española creo que está en una situación de revisión, reflexión y cambio. Hablar de la cooperación española en general es un tema muy amplio. Tendríamos que diferenciar la cooperación estatal, la oficial, la descentralizada, la que realizan las ONGD. En lo macro está, como digo, en revisión, porque en todo trabajo, en toda política, existen momentos en que hay que replantearse la situación en la que uno se encuentra. En cualquier caso, los actuales recortes de fondos no están motivados por esta revisión, pero sí nos obligan a repensarnos como organizaciones.

¿Este replanteamiento puede venir motivado porque las ONGD están perdiendo capacidad de movilización?

La cooperación que mejor funciona en líneas generales es la que se canaliza a través de las organizaciones no gubernamentales. Conformamos un amplio tejido social, que implica una gran riqueza para el Estado español. Unas 400 organizaciones de la sociedad civil están dedicadas al trabajo de cooperación al desarrollo, realizando su actividad de forma articulada e incidiendo en diferentes sectores, en los que la lucha contra la pobreza ocupa un lugar preferente, pero también el trabajo con las mujeres. No creo que haya menos capacidad de movilización.

¿En este momento de recesión la ciudadanía ha rebajado su compromiso con las causas de acción social, del medio ambiente, la lucha de género…?

La situación económica de los ciudadanos y ciudadanas de nuestro país ha llevado a que disminuyan los fondos privados que se dan a las ONG. Ha habido una reducción en casi todas las organizaciones, pero no creo que la conciencia se haya perdido. Las encuestas, como la última de la Fundación Carolina, hablan de que el 69% de la población española es sensible a la problemática de los países del sur y que, en cierto modo, apoya y colabora. Cuando el terremoto de Haití, España marcó un récord en ayuda, demostrando la sensibilidad de la gente. Ahora ocurre con el Sahel. Es verdad que a la población española le cuesta más darse cuenta del trabajo que realizan nuestras organizaciones en prevenir posibles conflictos.

¿Qué papel juega la mujer en la cooperación que se realiza en nuestro país?

Habría que hacer un análisis profundo para saber si el trabajo voluntario -o remunerado con sueldos bajos- es porque las mujeres lo aceptamos o si es la generosidad y la preparación lo que hace que sea así. En los cursos de preparación la mayor parte de las personas que acuden son mujeres. Creo que el sector más preparado en cooperación es el de las mujeres. Es un hecho a constatar. Sin embargo, luego ocurre que en la mayor parte de las organizaciones no son las mujeres las que gestionan al máximo nivel. En los 25 años de la CONGDE soy la segunda mujer en la presidencia.

¿Qué opina de la colaboración entre ONGD y empresas?

Tenemos que actuar con mucha cautela. Hay un hecho que ya marcó el Plan Director de Cooperación del PSOE, que termina este año y que fue consensuado por todos los actores: las empresas entran como “actoras” de cooperación al desarrollo. Esto es un hecho, nos guste o no nos guste. La CONGDE no tiene una opinión consensuada, pero a mí personalmente no me gusta. La experiencia que tenemos es que en contextos donde trabajan empresas -españolas, europeas, canadienses- los problemas son muy fuertes. No hay el mismo control, ni el mismo respeto de los derechos humanos de estas empresas en sus países de origen que en los que están trabajando. Su presencia lleva a la criminalización de los grupos sociales que exigen una consulta popular, el respeto de sus derechos o un trabajo digno. Se crean problemas con los defensores y defensoras de los derechos humanos… En mi opinión, repito, en la alianza público-privada hay que ir con mucho cuidado. Yo no me echaría en manos de una empresa sin más.

¿Cuáles son los retos de las ONGD?

Revisión y análisis de nuestras presencias y de nuestros trabajos. En cualquier caso, no hay que perder el ánimo ni cruzarse de brazos, ni hay que ser derrotistas. Tendremos que hacer una autocrítica; tendremos que reconstruirnos y crear alianzas entre las organizaciones, no como francotiradoras sino en trabajos complementarios. Lo vamos a tener difícil, porque eso que dice el ministro Margallo de hacer más con menos es una utopía que no se cree él mismo. Yo diría que hay que hacer mejor lo que hacemos con menos. En cualquier caso, las que más van a sufrir son nuestras socias locales.

Ya que cita al ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación, en todos los documentos del PP –locales, autonómicos, estatales- que hablan de cooperación aluden machaconamente a necesidad, efectividad, eficiencia, transparencia, como si todo ello no hubiera existido antes.

Todos estos términos vienen de la Declaración de París y sí, ahora se citan bastante. En el caso de todas las ONGD que estamos federadas en la Coordinadora tenemos una herramienta de transparencia que es pública y nos sometemos a ella. Ahora que el Gobierno va a poner en marcha una ley de Transparencia que empieza por no declarar los sueldos de los altos funcionarios, nosotras como ONG somos las organizaciones más controladas, más evaluadas y más auditadas. Dicho esto, sí creemos que la cooperación oficial, la que llamamos bilateral y multilateral, necesita evaluación, auditoría, transparencia y eficacia.

¿Las ONGD se han “profesionalizado” demasiado y se ha perdido un poco el espíritu utópico de la justicia y el compromiso ético?

Creo que sí. Este es uno de los puntos de autocrítica que personalmente hago. Se ha perdido el compromiso voluntario, el activismo, el ponerse la “camiseta” de la cooperación al desarrollo, de la lucha contra la pobreza. Cada vez más los másteres han llevado a que los aspirantes a trabajar en las ONGD lleguen como muy buenos técnicos en cooperación, pero ha hecho que se pierda buena parte del compromiso que tenemos. Gracias a Dios existen muchas personas comprometidas que dan su tiempo y su vida con mucha generosidad.