Foto. J.I. Igartua.Después de varios años sin visitar Guatemala, uno ve que en la capital de este país centroamericano han surgido edificios, comercios, hoteles, parques, zonas peatonales… que nada tienen que envidiar a los que se pueden observar en muchas grandes ciudades europeas. Puede que esté bien, pero es sólo un bonito escaparate. La realidad, que es tozuda, nos muestra que en muchos barrios de la ciudad lo que se vive es la pobreza, el hambre, la marginación, la violencia… Un ejemplo de ello es el barrio de El Limón y sus colonias, ubicado en la Zona 18, uno de los distritos más conflictivos de la capital guatemalteca. Es una “zona roja”, nacida desde el sufrimiento de la gente, pues quienes primero la poblaron personas damnificadas del terremoto de 1976. Luego llegaron las desplazadas por el sangrante conflicto interno que vivió el país durante 36 años. Después, el aluvión de campesinos y campesinas procedentes de las aldeas, tratando de huir de la pobreza y el hambre. Por último, si es que alguna vez hay final, se asentaron quienes se vieron damnificados por el huracán Mitch.

En El Limón viven gentes de las 23 etnias –garífuna, maya, quiché, xinca, akateca, ixile, chalchiteca…- del país. Siempre hay gente nueva. Es un continuo ir y venir. Así, hace veinte años, llegaron aquí las Misioneras Dominicas del Rosario, una pequeña congregación de religiosas, cuyo carisma es tener una presencia activa entre las personas marginadas; evangelizar y dejarse evangelizar por los seres humanos más pobres. Ahora, la comunidad la componen Geraldina Céspedes, Laura Yax Tiú y Adela Xol Xol. La primera, dominicana; las otras dos, guatemaltecas. Son las únicas que quedan ya. Hace tiempo que la violencia “obligó” a marcharse a las religiosas de otras dos congregaciones que estaban en las colonias Maya y Juana de Arco. Por eso, extraña que ellas permanezcan aún aquí. Pero lo tienen claro: “No podemos dejarnos ‘matar’ por el miedo”. Toman precauciones para no verse sorprendidas por una acción de las maras o un fuego cruzado. Hay muchos que les dicen que sólo con su presencia sube la autoestima del barrio y quienes exclaman: “¡Ay, si ustedes se van!”. Adela, que lleva ocho meses en la capital, asegura que no tiene miedo porque los buenos son muchísimos y que, además, “si opté por ser misionera qué sentido tiene ir a un lugar cómodo”.

Profundo compartir

Es fácil deducir que no es precisamente la comodidad lo que marca el día a día de estas mujeres. Por la mañana, a las 5:40h, se reúnen para sentir la fe desde la Palabra. “Es un momento, al igual que la noche, de compartir profundo –dice Geraldina-, que nos da fuerza, ya que también hay momentos de cansancio, de desgate, de desánimo”. Luego cada una va a su trabajo, porque estas religiosas se ganan el pan con el sudor de su frente. Laura, como economista, lleva las cuentas de la Diaconía; Geraldina, que es catedrática de Teología, da clases en la Universidad Rafael Landívar -que rigen los jesuitas- y Adela es la coordinadora de la guardería que tienen las misioneras, además de estudiar, puesto que está en los primeros años de vida religiosa y la formación es fundamental.

El resto del día está dedicado a la gente que las necesita. No pueden restringirse a una sola acción porque la realidad social del barrio cambia con enorme velocidad. En estos momentos su prioridad es trabajar con las mujeres y los jóvenes. Ir viendo con ellos los problemas que se presentan y que se pueden resumir en hambre y violencia. Según Laura, “trabajamos con mujeres y jóvenes para que esquiven la marginación y la violencia”. Hay que evitar que chicos de doce y trece años sean utilizados como correos en la extorsión y los que han cumplido 16 o 17 años sean capaces de matar. También que las mujeres sean víctimas de toda clase de violencia y marginación, con la autoestima por el suelo. Para Geraldina, esta realidad “nos lleva a trabajar con la gente directamente, no tanto desde la parroquia. Nosotras hacemos una labor más de barrio, más callejera, porque somos plenamente conscientes de que hay que salir del templo para encontrase con los más pobres”. En este sentido sí puntualizan con cierta tristeza que en la parroquia ahora hay un compromiso menor con esta realidad, encerrándose en una especie de “Dios proveerá” y un interés centrado cada vez más en la administración sacramental.

Laura, Adela y Geraldina son conscientes de que el ambiente exige mucho. Por eso, tal vez nunca condenan a los muchachos de las maras, a muchos de los cuales conocen desde críos o, si no, a sus familias. No comparten la visión de las autoridades del camino de la represión, de cortar cabezas, sin querer ir a las raíces profundas de la violencia, que no es otra que la tremenda injusticia social. Las tres saben que “tenemos que ser una comunidad pacífica y pacificadora”, de manera que los chicos y sus familias perciban que su lucha está en que consigan una vida digna que les permita salir del círculo de violencia que se vive en el barrio.

Redes de sabiduría

Por si todo esto fuera poco, estas tres mujeres quieren complicarse un poco más la vida abriendo un espacio de formación para jóvenes. Al proyecto lo han bautizado con el nombre de “Redes de sabiduría” que, básicamente, consiste en costear los estudios de una veintena de chicas –la mayoría procedentes del campo-, ocho de las cuales vivirán en una casa adosada a la de las religiosas. Para llevar a cabo esta acción las misioneras están en contacto con Sintiendo el Sur (www.sintiendoelsur.org), una pequeña ONGD de la localidad madrileña de Alcobendas que, desde hace años, ha estado realizando proyectos educativos en Honduras. Lo que se pretende crear es un espacio de crecimiento integral, de entrega y servicio, “donde las chicas descubran que, desde sus limitaciones y sus carencias económicas, pueden dar y recibir, ayudando a otras gentes de su barrio y de sus aldeas”, afirma Geraldina.

Su último desafío lo exponen sin perder la sonrisa, con la esperanza reflejada en los ojos, con la certeza de que va a salir adelante. “Es que estamos convencidas –señalan- de que es posible crear alternativas para la transformación de la realidad guatemalteca desde las energías y las potencialidades como jóvenes”.

Adela, Geraldina y Laura siguen dispuestas a compartir vida y experiencia. Su casa está abierta siempre.