Foto. J. Ignacio IgartuaLa historia de las “Manuelas” podría comenzar como cualquier cuento tradicional. Érase una vez hace 35 años, cuando una docena de amigas limeñas, profesionales y vinculadas a la izquierda, se reunieron para cuestionarse su vida personal, preocupadas por el cambio que se había producido en su transcurrir diario una vez casadas y con hijos. Todas sentían que habían perdido muchas cosas de cuando eran solteras: cierta independencia, la posibilidad de militar en movimientos sociales y políticos, participar en reivindicaciones populares. También se cuestionaban un montón de cosas sobre la situación de la mujer en la política, en el trabajo, en la marginalidad, en todo lo relacionado con su propio cuerpo…

Iban pasando las semanas y los meses hasta llegar un momento en el que pensaron que tenían que dejar de hablar de ellas mismas y pasar a la acción. Era el tiempo de las invasiones en Lima –Villa El Salvador, Comas, El Agustino, Villa María…-, de la irrupción de Sendero Luminoso, de una despiadada crisis económica, de las cocinas populares. Era el tiempo en el que la mujer estaba siendo el soporte de una estructura económica y social que se venía abajo. Por ello, el grupo de amigas limeñas sentía que estas mujeres eran dignas de admiración, que estaban haciendo la historia y que había que trabajar por ellas y con ellas. Así, en mayo de 1978, decidieron crear el Movimiento Manuela Ramos, con el objetivo de lograr las mejores condiciones de igualdad y equidad para las mujeres. El nombre de esta organización no es el de ninguna heroína, ni el de una lideresa social o política, sino un nombre bonito –Manuela- y un apellido –Ramos-, el más repetido en la guía telefónica de la capital del Perú. Con esta opción se engloba a millones de mujeres “desconocidas” que cada día, con una labor callada, invisible, a veces desautorizada, tratan de cambiar el mundo sociopolítico y familiar que las rodea.

Mucho por hacer

Foto. J. Ignacio IgartuaAlicia Villanueva, que recientemente ha estado en España, es una de esas doce fundadoras del Movimiento Manuela Ramos. Recuerda con sencillez aquellos años, reconociendo que en Perú “se ha avanzado bastante en los derechos de las mujeres gracias a la lucha constante de organizaciones feministas y de base en sectores populares, pero aún queda mucho por hacer para cambiar determinadas leyes que impiden que la mujer decida por sí misma”. Ahora, por ejemplo, está en marcha una importante campaña en la recogida de firmas para que el Congreso legisle sobre el derecho al aborto en caso de violación o en la visibilidad de la violencia de género, de manera que se vea como un delito y no como un problema particular entre un hombre y una mujer.

El Movimiento Manuela Ramos funciona a nivel nacional –Lima, Puno, Ayacucho, Trujillo, Taporoto…-, con la participación de unas 70.000 mujeres a lo largo de estos años. Su acción se centra en temas como derechos humanos, derechos sexuales y reproductivos, derecho a una vida sin violencia, participación política y derechos económicos.

Precisamente, dentro de los derechos económicos, desde el Movimiento se está impulsando un proyecto para el acceso y la mejora de ingresos de mujeres artesanas quechuas y aymaras en Puno, región situada en el sur de Perú, a una altitud de más de 4.000 metros, con el lago Titicana como enclave conocido en todo el mundo y que hace de frontera con Bolivia. Este proyecto de ayuda al desarrollo está apoyado por la ONG Economistas Sin Fronteras y por el Instituto Europeo de Diseño (IED), organizaciones que el pasado mes de abril trajeron a nuestro país a un grupo de artesanas (Isabel Acero Pacotina, Nancy Ticona Maquera, Martha Ticona Mamani y Deomila Candia Mamani) para que mostraran su habilidades en el tejer prendas de todo tipo con lana de alpaca.

Foto. J. Ignacio IgartuaIsabel, Nancy, Martha y Deomila son cuatro de las cerca de 2.500 mujeres puneñas que se han formado en La Casa de la Mujer Artesana del Movimiento Manuela Ramos. Según Verónica Gálvez, coordinadora de La Casa, se trata de “comercializar los productos realizados por las mujeres para generar ingresos que les permitan una independencia económica, de manera que consigan una mayor autonomía cuando su realidad así lo requiera”. Hay que tener en cuenta que la mayoría de estas mujeres viven en un nivel de pobreza y de pobreza extrema, lo que significa tener unos ingresos que no llegan a 200 nuevos soles, apenas.

Generación de autoempleo

Cuando uno observa en el mercado de San Fernando de Madrid, en la castiza calle de Embajadores, la destreza con la que estas mujeres tejen con el ganchillo y la lana, se da cuenta de que un mecanismo como la artesanía ha servido para generar su autoempleo. De alguna manera uno percibe que están tejiendo su propia libertad y la de tantas mujeres a las que, por su situación personal, les sería difícil llegar a un cierto grado de “empoderamiento” para tomar decisiones. Verónica Gálvez asegura que aún falta bastante para conseguir la emancipación de la mujer en Puno, “aunque estamos viendo que, después de un proceso de sensibilización y capacitación, son muchas las que ya se sienten capaces de decidir cuándo salen de casa, a qué reuniones asisten o si tienen interés por participar en debates en los que se plantean sus derechos, desde los sexuales y reproductivos a los políticos”. Estas artesanas son conocidas como “Manuelas” y Verónica las define como “aquella mujer que día a día trabaja para cambiar y mejorar la situación de las mujeres, consiguiendo así hacer su propia historia”.

La conversación con Verónica Gálvez va siguiendo toda clase de derroteros, desde la ruptura de los tabúes en la sociedad rural, hasta la aceptación de muchos hombres de compartir las tareas domésticas, pasando por las 5.000 mujeres que en Puno se benefician de microcréditos o las jóvenes operadoras de justicia, que trabajan en la prevención de la violencia doméstica. Teniendo claro que “los problemas que tenemos las mujeres afectan prácticamente por igual a las que viven en las zonas urbanas o en las áreas rurales”.

Mientras, continúa la filigrana del ganchillo entre los dedos, “pariendo” una figura con los vivos colores -verde, rojo, blanco, azul, amarillo-, de los ovillos que emplean las artesanas de Puno. Es el momento de volver la mente al final de los cuentos tradiciones con aquello de “colorín, colorado…”, solo que, en el caso del Movimiento Manuela Ramos, la historia no ha acabado.