Foto. J.I. Igartua.El 12 de enero de 2010, cuando apenas quedaban siete minutos para las cinco de la tarde la oscuridad ya envolvía los pabellones de la Universidad Laval de Quebec, en Canadá. En uno de ellos se encontraba Ambroise Dorino Gabriel, un joven jesuita haitiano que preparaba su tesis en antropología. Al volver a casa recibió la noticia del terrible terremoto que a esa hora había destruido la capital de su país, Puerto Príncipe. Las imágenes que veía en la televisión le parecían un mal sueño, pero ello no supuso ningún obstáculo para ser consciente de la realidad. La decisión fue inmediata: regresar a Haití para trabajar en la reconstrucción. El doctorado podía esperar; su pueblo, no.

Cuando llegó a Haití lo primero que percibió es que había un montón de gente que no se preocupaba por su situación, sino que estaba ayudando a los demás. “La ayuda internacional es importante, pero tan importante, o más, es que los haitianos se sientan orgullosos de haber estado a la altura de las circunstancias en aquellos momentos de destrucción y muerte”, manifiesta Ambroise.

Con una larga experiencia en desarrollo comunitario y social, tanto en su país como en El Salvador, además de un espíritu emprendedor, no es de extrañar que, apenas dos semanas después de volver, fuera nombrado director de Fe y Alegría Haití –en España la ONG Entreculturas-, la institución jesuita comprometida con la educación popular, ampliamente extendida en Latinoamérica. Por ello no duda en afirmar que “el futuro pasa por la educación”. Hay que hacer frente a los estragos causados por el terremoto en las infraestructuras, pero después hay que tener muy claro que “el motor para la reconstrucción del país es la formación técnica de los jóvenes y de las nuevas generaciones”.

Acabar con el analfabetismo

Cree que aquí la Iglesia debe jugar un papel fundamental, puesto que tiene la hegemonía en la educación. Todos los centros educativos de calidad son de titularidad eclesial. Ambroise no se anda con paños calientes y asegura que “la Iglesia tiene que ponerse a hacer lo que no ha hecho en dos siglos: crear escuelas de calidad en todos los centros rurales de Haití, contribuyendo a acabar con el analfabetismo, que saque de su ignorancia a miles de personas que ahora asumen que los problemas existen porque Dios quiere”. En una palabra, hay que descentralizar la educación, que prácticamente se circunscribe a Puerto Príncipe. Así, Fe y Alegría-Entreculturas está realizando un plan de ampliación de cobertura educativa en el este, centro y sudoeste de Haití, con la creación de 1.880 plazas escolares cada año. También está llevando a cabo una educación técnica en trece disciplinas diferentes enfocadas a la reconstrucción, con un alumnado de casi tres mil personas, además de un programa de formación de algo menos de cuatrocientos docentes en 46 escuelas.

Haití es el país más pobre del mundo, pero Ambroise Dorino recuerda que “cuando hablamos de pobreza tenemos que hacerlo en muchos sentidos, no sólo en el económico”. La pobreza es también la falta de ideas, de iniciativas, de oportunidades, de formación ecológica, social, política… “Creo que la sociedad civil haitiana está tomando conciencia de su propia responsabilidad. Poco a poco está cambiando la mentalidad de la gente. Se están reforzando las organizaciones locales y se piden cuentas y responsabilidades al Gobierno, denunciando los casos -infinitos- de corrupción”.

En este sentido, se ha hablado mucho sobre la ayuda internacional a Haití tras el terremoto y la eterna pregunta de si llega o no. La realidad es que hasta ahora casi el 50% de los fondos comprometidos han sido desembolsados. Se reconoce que ha habido una cierta descoordinación que quizá ha ralentizado algunas acciones de reconstrucción, de manera que aún quedan ochocientos campos de personas desplazadas, con más de medio millón de personas acogidas, con lo que ello supone de riesgos para la salud, con enfermedades como el cólera, que se ha cobrado alrededor de siete mil vidas.

Intervención impuesta

Para muchos, la irresponsabilidad del anterior Gobierno y la debilidad del actual, presidido por Michel Martelly, un popular cantante, han posibilitado que no se haya sacado todo el partido a la ayuda recibida. Las ONG en el terreno han realizado intervenciones muy positivas, pero también algunas “torpes”, por un exceso de precipitación. Ello ha generado en los campamentos cierta desconfianza hacia la cooperación internacional y cierta resistencia de la sociedad civil hacia una intervención a veces impuesta. Para Ambroise, “hay que aprender mucho de esta descoordinación para que no se repita. Hace falta paciencia en la acción e insistir en el acompañamiento de la gente”.

Participar y acompañar son dos palabras claves para el director de Fe y Alegría Haití. La primera queda demostrada con el ejemplo de organización espontánea que surgió tras el terremoto y que se ha prolongado a lo largo de estos dos últimos años. La segunda viene dada por un hacer constante de concienciación social en los chicos y chicas más jóvenes, ya que en el país prácticamente no hay lo que en Europa conocemos como obras sociales -el hecho de que alguien participe en una acción para los demás. Por eso, Fe y Alegría está poniendo en el curriculum educativo este tipo de actividades. “La iniciativa propia sirve para sensibilizar a las demás personas y es lo que estamos tratando de inculcar en nuestras escuelas”, dice Ambroise. Tampoco olvida la necesidad de ir incorporando a las mujeres a todo tipo de actividades, sacándolas de la relegación a la que están sometidas en estos momentos. Insiste en el papel de la Iglesia y aconseja que “ha de ir buscando una catequesis en la que aparezca la idea de la cocreación, porque si seguimos enseñando que todo es obra de Dios estamos perdidos”.

Cuando la conversación va llegando a su fin, después de todo lo hablado, Ambroise Dorino Gabriel, resume su estado de ánimo en “una mezcla de frustración y esperanza”, aunque está convencido de que ganará la segunda.