El pasado día 15 de septiembre de 2010 Manos Unidas fue galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2010.
El Jurado de estos premios, reunido en Oviedo, decidió conceder el premio a Manos Unidas que “a lo largo de su medio siglo de existencia, viene prestando su apoyo generoso y entregado a la lucha contra la pobreza y en favor de la educación para el desarrollo en más de sesenta países y, además, por su contribución, en los últimos años, en proyectos específicos cuya meta es combatir el hambre y reducir la mortalidad materna en el mundo”.

Cuando oí por la radio esta noticia, sentimientos encontrados se sucedieron en mi interior. Quienes me conocen saben que en mi vida personal hay un antes y un después de haber estado en Manos Unidas.

Estuve 12 años coordinando el Departamento de Comunicación del Comité Ejecutivo. En esos años descubrí una iglesia con rostro humano comprometida con los hombres y mujeres del mundo, luchando por la justicia, la solidaridad, la fraternidad… Descubrí a muchos hombres y mujeres anónimos, dolientes pero sin perder la esperanza, trabajando con otros para conseguir salir de la pobreza y la exclusión… Conocí a obispos sin oropeles caminando al lado de sus gentes, a teólogos que hacían teología a partir de la vida… En estos hombres y mujeres reconocí el rostro de Jesús de Nazareh, encarnado en sus vidas y desde entonces, supe por qué tipo de iglesia optaba y cómo quería vivir mi fe.

A mí y a otros muchos nos costó nuestro puesto de trabajo y tener que salir de Manos Unidas, dejando un proyecto comunitario por el que tanto habíamos trabajado y que tanta fuerza iba tomando. Fueron momentos dolorosos en que la Jerarquía de la Iglesia, una vez más, nos mandaba callar.

Por todo esto, ese día me alegré y me entristecí. Me hubiera gustado poder celebrar desde dentro este Premio tan bien merecido. Pero no dudé en escribir a Manos Unidas felicitando a quienes ahora llevan a cabo esta labor.

Y ésta es la carta que envié:

“Enhorabuena a todos y todas los que en este momento estáis en Manos Unidas. Pero esta mañana cuando lo he oído me han venido muchos nombres, rostros, proyectos…. a la memoria y me alegro de este Premio, que también es algo mío.

Creo que este es un Premio que tiene muchísimos nombres detrás:

 Las primeras mujeres que empezaron con la Campaña,

 Todas y todos las que después hemos ido pasando a lo largo de los años por ese Comité Ejecutivo (Ana de Felipe fue la primera que empezó a mover el Premio).

 Las voluntarias y voluntarios de las Delegaciones que trabajan con una fuerza y un entusiasmo digno de admiración

Pero sobre todo es un Premio para los que están al frente del tajo, para aquellos que llevan a cabo los proyectos y que logran hacer realidad los sueños de tantas personas de los países del Sur, los excluidos y excluidas de este sistema injusto y feroz. Ellos son los verdaderos merecedores del premio.

Confío y espero que los obispos no se otorguen esto como un mérito propio y sepan dejar el protagonismo a los verdaderos protagonistas: laicos, laicas, voluntarios, voluntarias, las personas del Sur… Estos son/somos los merecedores del Premio.

Me gustaría que hicieras llevar mi felicitación a la actual Presidenta. Es una suerte poder recoger el fruto del trabajo de tantísima gente. Ójala que todo esto sirva para trabajar con ánimos renovados por la justicia y la paz en el mundo.

Un fuerte abrazo,
Charo