El mes pasado se hizo pública la segunda exhortación apostólica del papa Francisco, con un título que ya marcaba una línea clara: Amoris Laetitia, la alegría del amor. Sus páginas irradian júbilo y esperanza, disipan oscuridades e inmovilismos y traen a la Iglesia un lenguaje nuevo, si bien enraizado en la teología y la tradición.

Fruto del trabajo de los sínodos celebrados en 2014 y 2015, el obispo de Roma ha recogido buena parte de las conclusiones ya incluidas en las Relatio Synodi para hablar sobre la familia o, más bien, sobre las familias, que ya no se conciben como algo monolítico. “A partir de las reflexiones sinodales no queda un estereotipo de la familia ideal”, escribe el papa, “sino un interpelante collage formado por tantas realidades diferentes, colmadas de gozos, dramas y sueños”.

El reconocimiento de la diversidad de modelos de familia abarca también a las personas separadas y divorciadas, que viven “situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas”. Francisco incluye y abraza a estas personas, pero también a muchas otras porque la palabra “irregular” ya no es una losa pesada sino un término que a lo largo del texto aparece entrecomillado, como queriendo subrayar lo poco adecuado del mismo. “Ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada ‘irregular’ viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante”. Nadie puede estar castigado y excluido para siempre.

Bien es cierto que el proceso sinodal y la exhortación apostólica de Francisco no suponen la revolución total que a muchas personas, fieles que nos hemos situado en las fronteras de la Iglesia durante décadas, nos gustaría. Las cosas están cambiando, discretamente, sin grandes alharacas, más despacio de lo que quisiéramos.

La Iglesia, como la Tierra misma, eppur si muove: sin embargo se mueve, aunque parezca que está quieta. Queda tarea y habrá que seguir trabajando, empujando hacia delante, soñando, arriesgando, acogiendo y amando a raudales, construyendo ese Reino de Dios en el que todo el mundo pueda vivir plenamente la alegría del amor.