Llama la atención la facilidad que tiene el ser humano de encontrar escudos contra la realidad cuando esa realidad no sólo es dolorosa sino que le atañe directamente. Para muchas personas, la muerte de Mame Mbaye, el mantero senegalés que falleció el pasado mes de marzo en pleno barrio madrileño de Lavapiés, se explica con una enfermedad congénita del corazón. Ahí se abre y se cierra todo. Poco menos que en una causalidad. Todo lo demás: bulos, violencia injustificada y faltas al honor de las fuerzas de la Ley y el Orden.

Es un escudo poderoso porque nos protege de la realidad de un sistema en el que el racismo está institucionalizado. Nos protege de nuestros propios racismos y nuestros propios miedos. No es normal morir a los 35 años de un infarto si no se tiene una enfermedad congénita, no. Pero qué lástima que ese infarto llegue por correr delante de la policía y no por correr a coger el metro para ir al trabajo en una vida completamente normalizada.

Como se leía estos días en las redes sociales, vienen huyendo, viven huyendo y mueren huyendo. El infarto no es más que la bengala que nos muestra las sombras de un sistema que impide que un artista que lleva 12 años conviviendo entre nosotros no tenga los papeles que le dan derecho a vivir. La reacción posterior de su comunidad, la olla a presión de un pueblo que reclama dignidad y que no puede aguantar más mártires. Nosotros, con ellos.