Comienza el Adviento y, con él, volveremos a escuchar los relatos que cada año nos hablan de preparar caminos, de esperar lo imposible, de esperanza en medio de las tinieblas, de la luz en lo pequeño. Relatos que se quedarán en bellas metáforas o en cuentecillos más o menos emocionantes si no tenemos el coraje de encarnarlos y actualizarlos.

De nada sirve que nos enfademos con un posadero de hace más de dos mil años cuando no deje entrar a una embarazada y a su esposo en medio del frío de la noche si luego no acogemos a quien está llamando a nuestras puertas. Y no, aquí no va metáfora alguna. No acogemos, literal y físicamente. No hablamos de tenerles presentes, de pobrecitos, de alguien tendría que. Están llamando literalmente a nuestras puertas. A las nuestras. Las de tu institución, tu congregación, tu templo, tu casa.

Estos días hemos podido ver cómo la parroquia de San Carlos Borromeo (en estas páginas seguimos llamándola parroquia) está acogiendo con sus escasísimos recursos a decenas de personas que llegan para pernoctar entre los bancos de su templo. ¿Cuántos templos hay en Madrid? ¿Cuántas casas de congregaciones religiosas? ¿Cuántos seminarios y centros de formación medio vacíos? Posadas actuales todas que no escuchan la voz de esas embarazadas reales que están llamando a sus puertas. Por no hablar de la voz clara de Francisco diciendo que se acoja en esas instalaciones.

Y la responsabilidad es estatal, por supuesto. Y hay que señalar y denunciar a los responsables. Y que actúen ya. Pero, mientras, ¿qué Adviento vamos a predicar? ¿Llamaremos a esos portales de belén ciudadanos que están surgiendo para ofrecer nuestros recursos?