El grupo local de Amnistía Internacional en el barrio de Moratalaz de Madrid inició el pasado 3 de octubre su andadura con un encuentro con Alejandro Solalinde que tuvo lugar en el Espacio Socio cultural La Salamandra.

Para quienes no lo conozcan, es un mejicano, presbítero, que trabaja a favor de los derechos humanos de las personas migrantes en México y candidato propuesto por la Universidad de México al Premio Nobel de la Paz 2017. Su solidaridad con las personas migrantes le ha hecho objeto de continuas amenazas e intimidaciones y las autoridades han hecho y hacen poco para protegerlo o investigar de dónde nacen las amenazas.

Solalinde, el defensor de los derechos humanos visitó Madrid

Solalinde en su reciente visita a Madrid.

En tan solo cuatro años se convirtió en una de las figuras más notables de la Iglesia, por su defensa de los inmigrantes en su paso hacia Estados Unidos y por su denuncia de la complicidad entre autoridades y bandas criminales en este holocausto del siglo XXI.

Esta podría ser una síntesis apretada de su vida, pero Alejandro Solalinde no quería hablar de él sino de las personas a las que presta voz, los silenciados.

Para entender lo que está pasando en esta parte de Centroamérica, para atisbar el significado de la emigración, Alejandro Solalinde nos invita a analizar la historia a la luz de la fe, en esa actitud profética emanada del Evangelio que el Concilio Vaticano II llamó interpretar los signos de los tiempos.

Arrancó este análisis con una crítica muy dura contra Estados Unidos, repasando su historia como territorio minado por la violencia que, al tiempo, recibe la mayor parte de los flujos migratorios que huyen de otras violencias. Territorio en el que se produce el exterminio de los nativos y se implanta una supremacía blanca y racista que desacraliza la tierra, la parcela y la convierte en moneda de compra y venta; todo se privatiza, incluso edificios emblemáticos que son alquilados a las administraciones públicas. Alejandro Solalinde hace un análisis sombrío de los Estados Unidos en los que percibe, incluso, una crisis de fragmentación.

Y este territorio es el paraíso, el objeto de deseo que hace que miles de hombres y mujeres se pongan en marcha desde los países de Centroamérica: Honduras, Guatemala, Nicaragua y alcancen México antes de intentar atravesar una frontera  desde hace años minada para ellos. Los migrantes abandonan su tierra, su cultura, en muchos casos a partir de una violencia en origen que se continuará en una violencia de tránsito y una violencia de destino.

La crisis humanitaria que este tránsito de personas provoca (se llegan a contabilizar 60.000 niños y niñas no acompañados) hace que en julio de 2014 nazca el programa Frontera Sur como respuesta del gobierno de México de Peña Nieto a la petición del presidente Obama. Este programa no desarrolló ni una sola iniciativa sino que se convirtió en un operativo policiaco y que un año después como programa se da por finalizado.

En este camino de búsqueda de dignidad se van quedando hombres y mujeres, utilizados por las mafias y los cárteles del narcotráfico, desechados en cuanto no son productivos o aparece un conflicto y México se va convirtiendo en un fosario. Un testimonio que muestra este horror es el documental Los invisibles, de Gael García.

¿Cómo reacciona la Iglesia católica mejicana ante esta situación? Pareciera que la existencia del Vaticano como Estado provoca la no reacción de la jerarquía mejicana para no ser tachado el mismo de injerencia en los asuntos internos de otro país, en este caso, México. La jerarquía de la Iglesia asiste cómplice a esta situación, llegando el papa Francisco a recriminar a los obispos en la catedral de México D.F. su actitud.

Pareciera que, ya desde los años 50, la Iglesia mexicana se fue haciendo una Iglesia clientelar y que el sistema primero capitalista y después neoliberal ha dado pie a que abdique de su misión evangelizadora, entrando en connivencia con los poderes políticos. Y el crimen organizado se ha infiltrado en los poderes públicos, ignorando unos y otros el sufrimiento de la gente en lo que se denuncia hoy como un genocidio.

En la creación de las nuevas estructuras se perciben las de las mujeres y los jóvenes como las más capaces de generar esperanza para los mejicanos.

Alejandro Solalinde, en su encuentro con AI, apenas habló de su trabajo, centrándose más bien en el análisis y denuncia de la situación y en dar voz a los migrantes; no obstante, creemos que es importante conocer ese trabajo que eleva una voz profética en medio del dolor y la muerte:

Tras sólo cuatro años de coordinar el albergue Hermanos en el Camino, Alejandro Solalinde se convirtió en una de las figuras más notorias no solo de la Iglesia católica, sino de los defensores de derechos humanos. Antes de entrar en esto de los migrantes era una persona común y corriente, desconocida. “Escogí los migrantes porque eran una zona muy hermosa para morir, para pasar los últimos años de mi vida sirviendo de forma anónima, pacífica, privada y retirarme así”, contó en una ocasión.

Es de las pocas personas que se reinventan y dan lo mejor de sí mismas después de los sesenta años. Durante décadas fue un cura de aldea, sin mayor influencia social, política ni religiosa. Graduado en Historia y Psicología, además de sus estudios sacerdotales y con una maestría en Terapia Familiar, es un administrador distraído que prefiere regalar el dinero antes que cuidarlo y se juega la vida al oponerse a una industria en la que se confabula la más alta política con el crimen organizado: el secuestro de migrantes. Nunca será consagrado obispo porque dice lo que piensa de su madre Iglesia: que no es fiel a Jesús sino al poder y al dinero; es misógina y trata con la punta del pie a los laicos y a mujeres y no es la representante exclusiva de Cristo en la Tierra.

Delgado, de voz suave y maneras corteses, es un imán de la polémica: autoridades municipales lo quisieron quemar con gasolina a él y al albergue; se ha visto repetidamente amenazado de muerte y ha pedido perdón a los Zetas, a quienes considera víctimas de una sociedad violenta. Jugándose la vida, arroja luz y denuncia sobre el holocausto que padecen los centroamericanos indocumentados en México, que a nadie le importan. En Centroamérica se ha convertido en una leyenda al punto de ser conocido como “el Romero mexicano”, en alusión a Óscar Arnulfo Romero, el arzobispo de San Salvador asesinado por la dictadura de ese país.