Cuando hablamos de personas sin hogar viene a nuestra mente la imagen de una persona sentada en la calle, en la puerta de un cajero, con sus pertenencias en varios bultos cercanos, con descuidada higiene… La situación de calle es sin duda el peor estadio del sinhogarismo, deberíamos conocer otros muchos previos donde la persona va entrando en fases de exclusión cada vez más severa. Lo que es inequívoco es que nunca pensamos en una mujer.

Entre las muchas caras del sinhogarismo la más visible es la calle y esa es mayoritariamente masculina. Los recuentos que nos dan un dato aproximado de las personas sin hogar que hay en nuestro país contabilizan el número de personas que están en situación de calle o en los albergues de la red de atención social de las ciudades y estos son en la mayoría de los casos hombres. Los datos hablan de 40.000 personas sin hogar en toda España, de las que se supone que un 20% son mujeres. En Madrid en el último recuento del Ayuntamiento en 2016, de 2.029 personas sin hogar se detectó que un 11% eran mujeres.

El sinhogarismo en la mujer una exclusión mayor

El sinhogarismo de las mujeres es una de las mayores realidades de exclusión

La feminización de la pobreza es un hecho. Por tanto, no debe extrañarnos que el número de mujeres sin hogar esté creciendo en nuestro país. Con los datos de la reciente Campaña del Frío en Madrid se puede ver cómo el número de mujeres atendidas ha crecido con respecto al año anterior. Hasta el momento se han atendido un total a 1455 personas, de las que solo 170 son mujeres, mientras que el año anterior se registraron 124 mujeres durante la campaña.

“La situación de las mujeres sin hogar es esencialmente desconocida. La generalidad de los recursos sociales para atender este problema no está adaptada para atender la situación específica de las mujeres. Las herramientas que empleamos para conocer y analizar la situación de las personas sin hogar no permite detectar la especificidad de la situación de las mujeres, que en muchos casos, pese a estar sin hogar, no llegan a encontrarse en estricta situación de calle, por lo que en muchas ocasiones, ni siquiera llegamos a detectarlas. Esta puede ser una de las razones del desequilibrio de los datos sobre personas sin hogar, con más del 80% de varones, cuando todos los demás indicadores reflejan una feminización de la pobreza”, explica Jesús Sandín, responsable del Programa de Personas sin Hogar de Solidarios para el desarrollo.

Sin techo, sin hogar, sin protección

Para las mujeres la situación de sin hogar no necesariamente pasa por vivir en la calle, antes de llegar a esta realidad, las mujeres agotan todos los recursos posibles para acceder a un techo, incluso en perjuicio de su propia salud. Muchas mujeres mantienen relaciones de pareja insatisfactorias o incluso violentas que no denuncian por lo terminar en la calle. En otros casos se pueden emparejar en busca de protección o alojamiento, incluso se prostituyen. En el mejor de los casos, transitan por soluciones habitacionales inseguras que les ofrecen la posibilidad de sortear la calle.

La sociedad en la que vivimos, con su estructura patriarcal, hace que sobre las mujeres caigan determinadas tareas que hacen aún más difícil los momentos de exclusión. Tradicionalmente las mujeres son las encargadas de mantener la unidad familiar, el hogar, si has perdido eso y encima estás sin recursos económicos en la calle, tu estigma es doble: “mujer sin hogar”, es casi una contradicción para algunos. La Asociación Moradas presentó un estudio en el mes de diciembre, Mujeres sin hogar en España: un análisis sociográfico desde una perspectiva feminista, donde expone algunas de estas realidades y muestra cómo la dependencia económica, la brecha salarial, la precarización del trabajo femenino, etc. son factores claros que hacen vulnerables a las mujeres y las exponen a situaciones de exclusión.

Invisibles

“Las mujeres sin hogar queremos ser visibles” es el nombre de una campaña de la Asociación Realidades para conseguir que se considere como medida urgente incorporar la perspectiva de género en la intervención social y en el estudio del sinhogarismo. Justamente porque el sinhogarismo femenino se manifiesta de otras formas que no son la calle, la mayoría de las mujeres se ven excluidas de los recursos y no se tiene en cuenta su realidad.

Es necesario que los recursos se adapten a la presencia de las mujeres y que no se sientan los albergues o comedores como espacios “violentos y machistas”. Cosas tan sencillas como tener acceso a útiles de higiene puede resultar imposible en algunos recursos de la red de servicios sociales para personas sin hogar. Pensados para los hombres y con mayoría aplastante de usuarios varones, existen espacios y útiles para afeitarse mientras no es tan fácil conseguir compresas, tampones, etc. o depilarse con el producto adecuado.

Menos pero en peor situación

Las mujeres sin hogar son menos que los hombres, pero cualitativamente se encuentran en un grado de deterioro mayor, física y socialmente son más vulnerables. Esta sería una de las conclusiones a destacar de la investigación sobre la Situación, necesidades y procesos de cambio de las mujeres en situación sin hogar. Un estudio longitudinal, realizada por Sonia Panadero, de la Universidad Complutense de Madrid y José Juan Vázquez, de la Universidad de Alcalá.

El estudio destaca que la media de edad de las mujeres sin hogar es de 35 años. En comparación con los hombres tienen un mayor nivel de estudios, un 17% cuenta con estudios universitarios. Han entrado y salido de esta situación de sinhogarismo en varias ocasiones en su vida, son usuarias de recursos sociales cuando agotan las redes afectivas, antes de dormir en la calle, aunque la mayoría mantiene contacto familiar periódicamente.

Una característica importante es que el deterioro físico de las mujeres sin hogar es mayor que en caso de los hombres: un 35% reflejan alguna discapacidad y el 50% tiene una enfermedad grave o crónica. Además se reflejan más problemas de salud mental grave.

La violencia es una de las constantes entre las mujeres sin hogar. Desde abusos sexuales en la infancia a malos tratos en la pareja, pasando por agresiones sexuales y acoso en su situación de calle o en algunos recursos. Un 21 % asegura haber ejercido la prostitución.