Cuando pensamos en la cárcel u oímos esa palabra, quizá nos vengan a la cabeza y al corazón sensaciones un tanto encontradas pero, sobre todo,  sentimientos primero como que en la cárcel están “los malos” y segundo que la cárcel tiene como misión la reinserción de las personas, que por diferentes motivos han tenido algún problema en su vida y es necesario que tengan una etapa “a la sombra”. Incluso si miramos a nuestra Constitución nos puede aparecer que la función de la cárcel es reinsertar a las personas para hacerles volver a la sociedad.

Sin embargo, es curioso que los que visitamos cada día las cárceles vamos descubriendo que no es así, que la cárcel no solo no reinserta, sino que la cárcel destruye y que su poder destructor es tan grande que abarca no solo a la propia persona, sino también a su entorno familiar de modo especial. Las personas que están en la cárcel -que, evidentemente, están allí porque han cometido algún “error” en su vida– no solo no llegan a reinsertarse sino que incluso al final de su “estancia” allí, pueden llegar a salir incluso peor.

La cárcel destruye lo que es más esencial al ser humano: su libertad. Y lo hace porque, en el fondo, lo que busca es que la persona cumpla un castigo por el mal que ha hecho; destruye sus posibilidades de volver a empezar y a su propia familia. Quizá solo se pueda entender esto desde dentro, cuando conoces a cada persona que está en prisión, cuando te encuentras sentado delante de él y te cuenta su vida, cuando sus lágrimas llenan una conversación y sientes que en cada abrazo está necesitado de algo más que de unas rejas que le impiden vivir su vida en libertad.

En la cárcel descubrimos cada día al “Dios crucificado” del que habla Moltman, porque ese Dios está también encerrado en cada uno de los chavales que allí viven.

La cárcerl, ¿reinserción o destrucción?

La cárcel destruye lo que es más esencial al ser humano. FOTO STÉPHANE M GRUESO

La cárcel rompe relaciones familiares porque impide expresar lo que cualquier ser humano expresaría: mi afectividad y deseos más profundos. Rompe las relaciones sociales, relaciones con mis amigos, con la gente con la que probablemente he estado y vivido siempre. No puedo disponer de mi tiempo, de mi vida, no puedo abrazar a mis seres queridos, contarles mis cosas, llorar y reír con ellos porque todo lo tengo controlado. Se me controlan llamadas telefónicas, cartas e, incluso, los propios sentimientos, porque solo puedo abrazar y expresar mi cariño cuando alguien me lo permite en los famosos “vis a vis” o en las comunicaciones, donde todo el mundo sabe a qué va mi mujer o que hago con mis seres queridos. ¿Esto es reinserción? Es necesario algo distinto, algo nuevo, es importante volver a confiar en el ser humano y descubrir que esto solo conduce a la propia destrucción de la persona.

Y con todos nuestros defectos es lo que intentamos desde la capellanía de la cárcel de Navalcarnero. Hacer un lugar más humano y habitable. Desde nuestra experiencia de Jesús resucitado creemos que el ser humano no está hecho para vivir entre rejas sino para vivir en libertad y que tienen derecho a una redención, primero porque todos nos equivocamos (es verdad que todas las equivocaciones no son iguales) y segundo, porque todos somos hijos de Dios y Dios nos acoge de manera misericordiosa.  No todo vale, es verdad y, por supuesto, que hay como dicen “delitos muy feos” pero esos delitos también necesitan una reinserción y un volver a empezar. Creemos en un Dios Padre Madre que nos posibilita cada día el cambiar y el ser diferentes, un Dios que cada día nos da la oportunidad de ser nuevos, de “nacer de nuevo”, como nos decía uno de los chavales que ha ido este año al camino de Santiago.

¿Quiere decir esto que todo vale? ¿Quiere decir que alguien que ha cometido un delito hay que dejarle estar sin más? Evidentemente que no, quiere decir que hay que reconvertir lo que vivimos y hacemos en las cárceles, y quiere decir que Dios, en Jesús de Nazaret, cuenta con nosotros para hacer una cárcel más al estilo del evangelio, donde podamos  intentar comenzar una nueva etapa de nuestra vida, en una palabra: “nacer de  nuevo”. Y desde ahí ser elementos sanadores de un sistema que a menudo está muy enfermo. Experimentar las palabras del Maestro: “El Espíritu del Señor está sobre mí y me ha enviado a sanar corazones afligidos y a liberar a los cautivos”.