Si en 2014 la venta de móviles inteligentes o smartphones sobrepasó los 1.200 millones de unidades, nos podemos hacer una idea de que, en la cultura actual del comprar-tirar-comprar, de la inmediatez y de la falsa necesidad de tener el último modelo de iPhone, en 2015 la cifra haya sido bastante superior. Y eso por no hablar de tabletas, ordenadores y demás aparatos electrónicos que, por haber dejado de funcionar o porque simplemente nos hemos cansado de ellos, hemos tirado a la basura. Sin embargo, ¿sabemos el destino de nuestros productos usados?

Uno de ellos es el cementerio electrónico de Agbogbloshie, situado a las afueras de Accra, la capital de Ghana, equivalente a unos once campos de fútbol. Desde finales de los 90, es allí a donde van a parar anualmente unos cinco millones de aparatos electrónicos usados y procedentes, en su mayoría, de Europa, Estados Unidos y China. Y es así como el consumo desmesurado de occidente ha convertido este antiguo manglar en un auténtico infierno, uno de los lugares más contaminados del planeta que, según la Green Cross Switzerland y el Blacksmith Institute, supera incluso a Chernobil. La concentración de plomo en el suelo de la zona es 50 veces superior al máximo recomendado, en los trabajadores del vertedero se han encontrado partículas de aluminio, cobre y hierro superiores a los valores establecidos y la quema de plásticos y materiales pesados ha provocado una densa nube de humo permanente y la consecuente desaparición de la flora y fauna del lugar.

El cementerio electrónico de Agbogbloshie, Accra, Ghana

Foto Kevin McElvaney

Se calcula que unas 40.000 personas viven en este suburbio, la mayoría provenientes del norte del país que, a causa de la pobreza o de los conflictos étnicos, no han tenido más remedio que huir. Muchos de ellos han encontrado su único sustento de vida en Agbogbloshie por ser, curiosamente, una importante fuente de ingresos. Según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el 28’59% de la población ghanesa vive por debajo del umbral de la pobreza, es decir, vive con menos de 1’25 dólares al día; trabajando en el vertedero puede llegar a ganar más del doble, aunque sea a costa de su salud. Así las cosas, por la recuperación de metales, los más de 3.000 trabajadores del vertedero de Agbogbloshie, como Johnson Amenume y su hijo Kingsley, pueden ganar tres dólares y medio al día, casi dos veces y medio el ingreso de un trabajador medio. “Hace cinco años perdí mi trabajo de vigilante”, cuenta Amenume a la revista National Geographic, “hurgar entre la basura es la única manera de alimentar a mi familia. Sabemos que podemos enfermar a causa del humo, pero si dejamos de trabajar aquí, no tendremos qué comer”. Tal y como él mismo cuenta, su trabajo consiste en rebuscar entre la basura cualquier cosa revendible, en su mayoría metales como el aluminio, el cobre, el hierro o el oro. Sin embargo, los métodos utilizados para ello son de todo menos saludables. Tras destruir los aparatos a base de golpes con piedras o con lo primero que pillan, queman los plásticos para eliminar, así, el recubrimiento de los cables. El médico de la zona, John Essel, en declaraciones al citado medio, reconocía que muchos de sus pacientes llegan a la consulta con erupciones cutáneas, dolor abdominal y de cabeza, insomnio, agotamiento e, incluso, distintos tipos de cáncer. Enfermedades convertidas en crónicas y todas ellas, relacionadas con los gases y humos que desprende el vertedero y en el que se encuentran partículas de mercurio, retardantes de llama bromados o cadmio que van directos a los pulmones de los trabajadores.

Aunque Ghana carece de leyes que prohíban la importación de basura electrónica hay que tener en cuenta, también, la astucia de los países desarrollados (y eso que desde 1989 -y según el Convenio de Basilea- la exportación de desechos peligrosos está prohibida). Éstos no dudan en etiquetar la chatarra electrónica como producto de segunda mano o declararla como donación con la excusa de reducir la brecha digital para deshacerse de todo lo que, en el norte, ya no nos sirve. Una vez que se descubre que esos aparatos no pueden volver a ser utilizados y son inservibles, ya están lo suficientemente lejos de nosotros. Las declaraciones de Kenneth Afriyie, trabajador del vertedero, para El Confidencial son bastante significativas: “Revender tecnología es mi vida. Vuestra mierda pasada es mi riqueza presente”.

El cementerio electrónico de Agbogbloshie, Accra, Ghana

Foto Kevin McElvaney

Tal y como denuncia el Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, países como Alemania, Holanda, Bélgica, España o Estados Unidos evitan así los elevados costes del reciclaje. Aunque en Europa todos estos productos tienen una tasa incluida en el precio final cuyo objetivo, precisamente, es el reciclaje responsable y sostenible y por la que se recaudan, al año, unos 4.000 millones de euros, se calcula que solo un tercio de los residuos llega a una planta de reciclaje por los cauces legales; el resto llena los 600 contenedores que, de media, llegan al puerto ghanés de Tema cada mes. En este sentido, el negocio de la basura electrónica en Ghana emplea indirectamente a unas 30.000 personas y aporta al año entre 105 y 268 millones de dólares al país, aunque la mayoría sea economía sumergida.

Sin embargo, ese inmenso terreno de basura y vida inerte es también un lugar de esperanza. Son varias las organizaciones que intentan hacer de Agbogbloshie un lugar más habitable. Agbogbloshie Makerspace Platform (AMP) es una de ellas. Esta entidad fundada por DK Osseo-Asare, un joven ghanés que estudió en Harvard con la idea de transformar uno de los mayores problemas que tiene su país, tiene como objetivo promover e impulsar un mercado ecológico y sostenible a partir de los deshechos del vertedero. Para ello, no dudan en impulsar -mano a mano con los trabajadores- nuevas herramientas y productos, entre los que se encuentra la construcción de una nave espacial, con la idea de dar una nueva utilidad a los materiales acumulados y buscar soluciones innovadoras que hagan el trabajo en el vertedero un poco más fácil y seguro. Este proyecto, más físico y manual, está acompañado de una plataforma digital en la que intercambian información sobre los proyectos con universidades y empresas alrededor del mundo entero.

@ire_guti