Por Francisco Javier Sánchez

Para quien no conozca el mundo de la cárcel, hablar de prisiones es sin duda hablar de algo negativo: lugar donde están “los malos”. Palabras como “solidaridad y fraternidad” parecen ser la antítesis de ella. Sin embargo, los que vamos a diario comprobamos que las descubrimos cada día, incluso en ocasiones son mucho más auténticas que entre “los buenos”.

Esto lo que hemos vivido un año más participando en la quinta carrera solidaria a favor de Manos Unidas, el pasado 24 de febrero. Cada año intentamos que los chavales de la cárcel sientan que pueden hacer algo por los demás porque siempre habrá alguien peor a quien podamos echar una mano. La carrera la hacemos siempre en el horario de las misas de cada sábado y en las dos celebraciones, poniendo especial hincapié en que ese día no es que no haya eucaristías, sino que se trata de “hacer la praxis de la Eucaristía”, es decir, compartir con los hermanos y hermanas más pobres nuestro compromiso cristiano desde la eucaristía celebrada de modo distinto, no con el rito habitual.

Solidaridad y fraternidad en la pastoral penitenciariaComenzamos reuniéndonos en la sala donde tenemos habitualmente la misa en un rato de oración para motivar nuestra carrera y lo hacemos  con el canto Pequeñas aclaraciones, cayendo en la cuenta de lo que dice la canción: cada vez que hacemos un mundo mejor y más humano “va Dios mismo en nuestro mismo caminar”. Después explicamos cómo debería ser la educación en los diferentes países, ya que el proyecto diocesano de Manos Unidas de este año era la construcción de aulas. Leímos un texto de monseñor Romero que decía: “Reclamamos en los colegios una formación crítica. Queremos formar en nuestros colegios hombres y mujeres que sepan criticar lo injusto y discernir también lo justo”.

Seguimos la reflexión con el cuento “el puzle del mundo”, donde se nos habla de un niño pequeño capaz de reconstruir el puzle del mundo haciendo el rostro de una persona. Esto nos ayuda a reflexionar en torno a nuestro propio compromiso personal en ese cambio del mundo; la parábola de Reino de Mt 13 nos ayudó a descubrir que desde las cosas pequeñas podemos construir la grandeza del Reino. Terminamos cantando y rezamos el padrenuestro junto con una oración de Helder Cámara que hablaba de la necesidad de “salir de uno mismo”.

Tras la reflexión-oración salimos al campo de fútbol para la carrera; todos aportaban algo: unos corrían, otros caminaban a la vez que compartían con los compañeros, unos andaban más deprisa, otros más despacio, algunos con muletas… Pero todos uniendo esfuerzos. Teníamos seiscientos euros que nos habían dado como donativo para la campaña, pero hubo quien dijo que si también ellos podían aportar algo y, como siempre, nos dieron lecciones. A  la semana de terminar la carrera, uno de los muchachos enfermo de cáncer y sin apenas dinero echó una instancia para aportar diez euros para el proyecto: era sin duda como la viuda del evangelio: aquel muchacho compartía “lo que necesitaba para vivir”.

Cuando nos reunimos con algunas de las personas que habían ido por primera vez, una de ellas nos expresó que había descubierto en la cárcel “el rostro de Dios” cuando uno de los chicos ayudó a otro que apenas podía caminar, a incorporarse dándole la mano mientras rezábamos. Solidaridad y fraternidad la que vivimos un día más en ésta cárcel de Navalcarnero. Solidaridad hecha eucaristía y unida a la entrega de Jesús. Abrazo fraterno y compartido juntos, esfuerzo en común y, en el fondo, mucha vida y entrega. En cada rostro descubríamos “un rostro sonriente de Dios”, de un Dios “jovial y humano”, como dice Leonardo Boff.

Gracias, Padre, por tu rostro de ternura entrañable en cada uno de nuestros presos, gracias por todas las personas que hicieron posible ese día, voluntarios, presos, personas que sacrificaron la mañana para compartirla con los privados de libertad, los crucificados. Y, de nuevo, unimos las palabras de la voluntaria que fue ese día a las de San Romero de América: “El hombre es tanto más hijo de Dios cuanto más hermano se hace de los hombres y es menos hijo de Dios cuanto menos se hace de los hombres”. Y las palabras del evangelio de Mateo: “De la más pequeña de las semillas que juntos ponemos puede brotar la más grande de las hortalizas, que es el Reino de Dios”. Un Reino del que los crucificados, los sencillos, los presos… saben dar especialmente razón.