Francisco Javier Sánchez es capellán de la cárcel de Navalcarnero

Según el artículo 25.2 de la Constitución española de 1978, el fin del sistema penitenciario español es “la reeducación y reinserción social de los presos”. Por tanto, parece que si ese es el objetivo no solo debe de llevarse a cabo sino que el propio Estado español cree que es posible.

Sin embargo, una vez más esta “teoría” choca con la práctica que tanto en ocasiones desde las propias cárceles, como desde los medios de comunicación y desde la propia población y políticos se manifiesta. En la práctica, los discursos que oímos una y otra vez transmiten que es necesario más “mano dura”… y yo me pregunto: para qué la cárcel, si no cumple con su función de reinserción tendríamos que preguntarnos si no es necesaria una remodelación. O, dicho incluso de manera más extremista, si no creemos que las personas pueden reinsertarse en nuestra sociedad, ¿cuál es la función de los centros penitenciarios?

La reinserción como objetivo del sistema penitenciario

FOTO. DIEGO LANGELLOTI

El médico cuando llega un paciente al hospital intenta que el enfermo pueda salir hacia delante y pone todos los medios para que así sea; igual tendría que suceder con la cárcel: que ponga todos los medios para que “el enfermo social” pueda llegar a curarse. Pero quizá sea necesario preguntarse si yo como cristiano primero pienso que la persona es “salvable” y creo en su poder de cambio por encima de todo y  si creo que Dios también sigue confiando por encima de todo en el ser humano. La palabra misericordia y conversión adquieren un signo muy especial dentro de la vida de la cárcel, de la pastoral penitenciaria y del trabajo de acompañamiento que hacemos.

Pienso en mí y descubro cuántas oportunidades me han dado y me dan en la vida y siento también la presencia de un Dios misericordioso y acogedor que día a día sigue creyendo y apostando por mí como ha apostado por tantas personas a lo largo de la historia. Pero todavía pienso más en muchos chavales a los que en estos doce años de visitas y trabajo en la cárcel de Navalcarnero que han conseguido no solo salir de la cárcel física que supone la prisión, sino de sus propias cárceles que les impedían ser personas y les oprimían y que ahora no solo llevan una vida normal sino que incluso están colaborando con otras personas para que puedan salir de su atolladero.

Es bonito cuando algunos de ellos, bastantes, después de tiempo en la calle me siguen llamando, seguimos compartiendo la vida y seguimos sintiendo que el paso por Navalcarnero fue algo que les marcó pero que ya es historia en sus vidas. Al escucharlos me vienen las palabras de Jesús a aquella mujer adúltera “nadie te ha condenado, vete y en adelante no peques más”. Pienso en Santi, que después de su asesinato se dedica a ayudar a los demás y ha rehecho su vida; en Iván, ecuatoriano, al que casé después de estar en prisión y que trabaja para mantener a su familia como cualquier persona; Michal que desde la República Checa continua pasando tiempos conmigo y pidiéndome consejo; Mijail, lituano, casado y con dos niñas, que me llama de vez en cuando para ver cómo estamos uno y otro; Miguel Ángel, enfermo de cáncer que cuando me llama no para de darme las gracias porque para él la cárcel forma parte del pasado… Serían muchos los nombres y muchas las alegrías y esperanzas que seguimos compartiendo.

Esta es nuestra apuesta como capellanía católica presente en Navalcarnero, y no porque seamos ilusos sino porque creemos que el Dios de la misericordia nos perdona a todos y porque pensamos que una cosa es la enfermedad y otra el delito, quizá el problema sea mezclar ambas cosas. Y no es que todo valga, pero sí es necesario poner diferentes soluciones para diferentes problemas.