Preguntar dónde se sitúa Bután es como intentar ubicar un pequeño pueblo en el mapa de España. Casi nadie logra situar este país asiático que está localizado en el sur de Asia en la cordillera del Himalaya. Para encontrarlo rápidamente podemos decir que está en la parte superior derecha de India, entre Nepal y Blangladesh.

Su nombre significa “tierra del dragón de la tormenta”, pues estos fenómenos meteorológicos que se generan en las laderas del Himalaya provocan grandes corrimientos de tierra.

La Felicidad de los niños de bután

. FOTO LARM RMAH ON UNSPLASH

Bután es uno de países más pequeños y con menos población del planeta. Vive buscando un equilibrio entre la apertura exterior y la conservación de las tradiciones. Su  economía se basa en la agricultura y la ganadería, pero son los sectores industrial y de servicios los que tienen más peso en la economía.

Como curiosidades cabe destacar que hasta los años 60 no llegaron a este reino ni el teléfono ni la moneda propia. En 1999 hicieron su aparición internet y la televisión. La democracia se ha instaurado recientemente. No pueden utilizar bolsas de plástico ni enjaular animales. Su sociedad es matriarcal y algunas mujeres practican la poligamia. Este país abrupto y montañoso no deja indiferente a nadie que se cuestione cómo mantener de forma estable la balanza entre tradición y modernidad.

De este país me llama la atención que absorba más CO2 que el que produce. Algo muy significativo en esta etapa de la historia donde la mayoría de los países generamos grandes cantidades de este gas que provoca el calentamiento global. Sin embargo, los butaneses han optado por preservar los bosques en lugar de anteponer el crecimiento económico. La vida es cuestión de prioridades. Unos prefieren respirar aire puro y otros tener un teléfono móvil de última generación. Las consecuencias a corto y medio plazo ya se están dejando ver.

Para medir la calidad de vida, han creado un término nuevo: FIB (Felicidad Interior Bruta), que sirve de baremo para comprobar la satisfacción personal. Parte de la filosofía budista, que busca el bienestar humano, pero no como consecución de bienes materiales.

Admiro de sus mandatarios que tan solo destinen el 1% el PIB  a las fuerzas armadas y las milicias, hoy en día que quien más y quien menos no escatima en gastos militares aunque haya que recortar de la sanidad o la educación. Como dato destacado, hay que decir que no ha participado en ninguna operación militar durante el siglo XX. Si el resto del mundo hubiéramos hecho lo mismo, sin duda ahora viviríamos más en paz y no seríamos tan violentos.

Con estos referentes, me cuestiono cuál es la forma de vida que más se identifica con los planes humanos y creadores de Dios. No soy partidario de que ningún país quede aislado y encerrado, eso lleva a la asfixia y pérdida de perspectivas pero, tal y como se está desarrollando esto que llaman globalización, estamos caminando hacia una pérdida de identidad y de valores propios de cada región o país. A estas alturas, en poco se diferencian los jóvenes japoneses de los de Dinamarca, salvo en los rasgos físicos; por ello, admiro a los pueblos con identidad que no pierden sus raíces a pesar de las invasiones sutiles de otras corrientes, con aires de modernidad, que no hacen sino despersonalizarnos. Una de las claves para mantener el planeta como regalo de Dios es la sencillez de vida, el uso de los recursos de forma respetuosa y una convivencia pacífica.

 Hay voces críticas que dicen que el precio que han tenido que pagar los butaneses ha sido el aislamiento y la falta de información de lo que realmente ocurre dentro de sus fronteras, así como el número de exiliados o la política represiva con las minorías. Nada justifica esto, pero el coste que estamos pagando en occidente por ser hipermodernos no es menor, aunque sea distinto.