Hasta que no tengan conciencia de su fuerza, no se rebelarán, y hasta después de haberse revelado, no serán conscientes.  

George Orwell 1984

Empezó como un juego y ahora se ha convertido casi en una necesidad. Desde finales de julio, en mi familia, hemos restringido el pago de las cosas que hacíamos con tarjetas y ahora pagamos casi todo en efectivo.

Empezó en verano, gastándonos el dinero que vamos ahorrando durante el año para las vacaciones: echamos en una hucha todas las monedas de 2€ que caen en nuestras manos desde el 1 de septiembre y al llegar julio tenemos ahorrada una interesante cantidad que nos permite, si no pagar las vacaciones, sí una parte sustancial de las mismas. Empezó casi como una apuesta familiar a ver cuánto tiempo nos duraban, cuánto podíamos resistir con los ahorros sin usar otro tipo de fuente financiera.

Romper el gasto de las tarjetas como desobediencia financiera para cegar al gran hermanoY cuando se acabaron –a las pocas semanas, todo hay que decirlo-, decidimos seguir pagando en efectivo y sin usar la tarjeta para costear campings, restaurantes e, incluso, la gasolina del coche. Fuimos al banco, sacamos una importante cantidad de dinero y fuimos usándola allá donde nos encontrábamos. Era el juego del escondite. Si no usamos la tarjeta –ni siquiera para sacar dinero del cajero- el Gran Hermano no sabe dónde estamos, no puede perseguirnos ni seguir nuestro patrón de gastos. Le escondemos hábitos de compra y gasto y se encuentra a ciegas, desorientado. Ya no puede usar sus algoritmos para ofrecernos más y más. El Gran Hermano no sabe dónde hemos pasado las vacaciones, cual ha sido nuestro consumo medio diario en comidas fuera del hogar, cada cuánto tiempo hemos tenido que rellenar el depósito del coche ni con qué tipo de combustible, ni si hemos hecho algún gasto de esos por impulso en la cola de la gasolinera, ni cuál ha sido nuestra estancia media en cada alojamiento.

Volvimos a casa. Inicio de la rutina y del curso. Y decidimos seguir con el apagón financiero. Periódicamente nos acercamos al banco, sacamos fondos y vamos haciendo uso de ellos. Así que, conscientes de nuestra fuerza y desobedientemente, nos hemos ido rebelando contra un sistema que controla cada uno de nuestros pasos. Poco a poco vamos haciendo cada vez más opaca para ese monstruo nuestra vida económica familiar. Ya no sabe si vamos a las rebajas o no, si hemos tenido que comprar mucha o poca ropa para empezar el año ni si era deportiva o más de vestir. Ya no puede seguir nuestra cesta de la compra ni saber si nuestro consumo de productos cárnicos envasados es superior o inferior al de la media de las personas estadísticamente similares a nosotros. No alimentamos al Big Data, versión en el siglo XXI del Big Brother de Orwell en 1984 y nos sentimos bien, conscientes de que nuestra rebelión es apenas una gota en el océano pero convencidos de que vamos por el buen camino.

Y hemos hecho alguna cosa más. Fácil, casi se podría decir que llena de ingenuidad, pero  tenemos desactivados todos (¿todos?) los sistemas de los teléfonos, ordenadores y demás cachivaches electrónicos que nos geolocalizan y nos encuentran en un mapa. Tampoco tenemos activada la doble comprobación (los famosos ticks azulitos) del WhatsApp.

Los teléfonos se vuelven pesados recordándonos –es tan cierto como literal- que si no activamos los servicios de ubicación y los “sensores corporales” no van a funcionar correctamente; a veces en las tiendas no nos aceptan el pago en efectivo, nos ponen mala cara o no tienen suficiente cambio.

No, no es fácil. Pero la rebelión no es gratis: Como Winston y Julia, los protagonistas de 1984, hemos decidido desobedecer al Ministerio de la Verdad y ser opacos, desaparecer paulatinamente de sus hojas de cálculo y sus ficheros e impedirles hacer su trabajo. ¿Os apuntáis?