Por Francisco Javier Sánchez, capellán de la cárcel de Navalcarnero

Carmen fue de las primeras madres que conocí cuando llegué a la cárcel siendo lo que llamaríamos una “madre coraje y luchadora”. Luchadora sobre todo por su hijo, Jorge, enganchado a la droga desde hace más de veinte años, entrando en prisión varias veces y sin futuro alguno. La conocí porque Jorge me pidió que la llamara para hablar con ella. En cuanto lo hice, apareció en la parroquia, donde tenemos reuniones periódicas con los familiares de los presos. Lo hizo con su marido. Comenzó a hablar de lo que ha sido su mayor sufrimiento en los últimos años: su hijo. Entre sollozos me pidió que le ayudara todo lo que pudiera y que estuviera cerca de él. Su problema eran las drogas desde hacía muchos años. Me decía que no sabía estar en la calle y que cuando salía no tenía más remedio que llamar a la policía, porque iba a casa y les pegaba. Intenté tranquilizarla diciéndole que haría todo lo posible por estar con él. Su fuerte fe en Dios, ha sido su bastón en medio de tanto sufrimiento.

Desde la Cárcel de Navalcarnero despiden a Carmen, una madre coraje

FOTO LUIS GALVEZ / UNSPLASH

Desde ese primer encuentro, hace como diez años, han sido muchos los compartidos, muchos los sufrimientos escuchados y muchas las lágrimas derramadas. Hasta que el 13 de septiembre, en el que Carmen, nuestra madre coraje, se apagó para siempre; y lo hizo como había sido toda su vida: en silencio, sin protestar; ya no llorará más, porque ahora el Padre Dios de quien siempre se fio, la abrazó definitivamente.

Cuando le di la Unción de los enfermos, le pedía a Dios entre lágrimas que la abrazara y sintiera su amor. Ojalá que sus lágrimas fueran enjugadas definitivamente por Aquel que la cuidó en todo momento a pesar de tanto sufrimiento. Carmen había dejado de luchar, su aliento se había apagado; pero seguro que su llanto, que fue redentor durante toda su vida, también lo habrá sido delante del Padre que siempre estuvo a su lado.

En estos años en los que hemos podido compartir, siempre estuvo centrada en dos cosas: su familia, sobre todo su hijo Jorge, y Dios, en quien tenía puesta toda su confianza.

Cuando llegaba a casa se encontraba con su otro gran problema familiar: su marido. Alcohólico y maltratador a todos los niveles. Carmen llegaba a la reunión de familias, nos lo contaba, se desahogaba y lloraba… demasiadas lágrimas redentoras derramadas por esta madre, como las de María al pie de la cruz de su hijo Jesús, que sin duda ahora serán enjugadas definitivamente por el Padre Dios. Carmen se creyó profundamente las palabras de San Romero: “Dios está siempre en medio de nosotros y por eso ningún cristiano debe sentirse solo.

Entre sollozos de emoción y tristeza hemos celebrado la Eucaristía de acción de gracias por ella. Su generosidad le llevó a donar sus corneas, lo único que le quedaba… “si el grano de trigo no cae en tierra no puede dar fruto”, la vida de Carmen lo había dado mientras estaba con nosotros y ahora lo seguía dando con esa donación…. Gracias por tanta generosidad hasta el final.

Carmen, ya no llorarás más, el Padre ahora te ha preparado la mejor de las fiestas.

Hasta siempre, hermana, amiga, madre… te tendremos siempre presente en nuestro corazón y sentiremos que tu lucha sigue siendo la nuestra; que tu cariño sigue presente con nosotros y que allí donde estés, al lado de tu Dios, al que siempre te encomendaste, vas a ser plenamente feliz porque tu sufrimiento nunca ha sido estéril. Te prometemos que nosotros vamos a velar ahora por Jorge en todo lo que podamos, con tu intercesión, con la ayuda de Dios y con nuestro compromiso. Y de una cosa estoy seguro: Ya no llorarás más, reirás para siempre en los brazos del que te soñó, te creó y te acompañó. Gracias.