Hace unos días, a media tarde, saltaba en las redes sociales la noticia. Prince, “el artista, antes conocido como Prince”, el símbolo o cualquiera de los nombre con los que fue conocido el polifacético músico de Minnesota, había muerto. De su muerte poco se sabe de momento y, la verdad, no es el tema que nos interesa. Su música, su recuerdo y su forma de ser y hacer nos han dejado mucha más huella.

La música como vía camino hacia la gloria

Sus padres ya tocaban en un grupo, del nombre del grupo de su padre viene su nombre, antes de que Prince naciera. Y bien marcado le quedó. En su primer disco ya grabó todos los instrumentos de la grabación. Se le resistían los de viento, pero cualquier otro era dominado a la perfección. Miles de premios, entre ellos un oscar a la mejor banda sonora por Purple Rain, película con el mismo título que uno de sus mayores éxitos. A lo largo de su carrera, más de 40 discos, millones de discos vendidos.

El faro de la independencia

Una de las razones de sus múltiples cambios de nombre fue el huir de las discográficas. Se sintió un esclavo y con esa palabra pintada en la cara apareció en fotografías. Firmaba contratos multimillonarios con alguna discográfica, que imaginaba que el músico permanecería junto a ellos, mientras en Europa regalaba, junto a periódicos dominicales, el disco que ellos había editado.

También estableció nuevas formas de monetarizar su música. Dejó de permitir que alguna empresa gestionase sus conciertos y él mismo contrataba la sala y ponía a la venta las entradas, que le reportaban un beneficio mayor, libre de intermediarios.

La forma de vestir, marcada por la androginia siempre ha sido uno de las muestras más claras de independencia. Se sintió libre para llevar bikini, llevar zapatos con altos tacones o provocar de cualquiera manera. No era esta la manera en la que quería ser juzgado y a juzgar por las reacciones a su muerte, consiguió que la música superase a cualquier otro aspecto de su vida.

Encontrando la fe

Fue Larry Graham, bajista del grupo de funk Sly and the Family Stone, quien durante una gira le abrió las puertas de la fe. Se convirtió en testigo de Jehová. Corría el año 2001. Desde entonces su manera de afrontar su música se transformó. Colaboraba con su comunidad en la transmisión de su fe, en la que esperemos que ahora descanse.