Con motivo de este Marzo feminista recomiendo dos poetisas cuya síntesis entre   activismo e interioridad me resulta enormemente evocadora, para nutrirnos de belleza y resiliencia en estos tiempos convulsos. La primera es una autora joven, aunque de gran recorrido intelectual y la segunda una autora madura, que ha atravesado ya la barrera de los 50 y que mantiene una frescura utópica y revolucionaria propia de quien se estrena, como si fuera su primer día, en la escuela del asombro y la rebeldía. Me refiero respectivamente a Laura Casielles y su libro de poemas Los idiomas comunes  y a Patricia Olascoaga, autora de Tenemos la candela. 

Laura Casielles es asturiana de nacimiento pero con una rica experiencia de vida en el Magreb, donde ha trabajado como corresponsal de la Agencia Efe y como asesora de prensa de Instituto Cervantes en Rabat. Es experta en literatura y memoria de la  descolonización. Su libro de poemas Los idiomas comunes, publicado por Hiperion,   recibió el XIII Premio poesía joven Antonio Carvajal. Todo él es un canto a la libertad y al amor, entendidos como bienes comunes; al diálogo y al cruce de culturas como único futuro posible para la humanidad, desde el esfuerzo constante y el disfrute de     encontrar las palabras elementales. La poesía de Laura es transparente y cotidiana a la vez que política y trasgresora.

Rompe con estereotipos de géneros y coloniales e invita a la descentralización permanente. Escribe contra las demarcaciones fijadas y las fronteras, las visibles y las invisibles, reclamando, como hace en el poema titulado Vindicatio Originis  “que no se puede enlazar la sangre con la tierra, ni poner la palabra mi, delante de ella…/ porque la sangre, la carne, el cuerpo en suma, se parecen mucho más a los ríos…/ ¿No ves que la gente se enamora sin distinción de aldeas… y que hay que buscar la comida lejos?”.

Cuestiona también la “Geografía política”, a la que ella misma se refiere en un  poema  con ese mismo nombre: “Los doctores llevan siglos equivocándose / el corazón se sitúa más bien a la derecha, / tiende siempre a posturas conservadoras./ No sé por qué, (…) /lleva a la gente a decir casa, mío, patria. /El corazón no tiene sitio fijo pero tiende/ ya digo a la  derecha (…)/ No importa  lo que pienses/. Él cree en la propiedad y llora por celos, / busca estabilidad,/ lo olvida todo por una certeza de falso calor/ (…) Y ahí nosotros siempre en lucha/ por demostrar que sigue estando,/ como afirman sus latidos, a la izquierda”.

Patricia Olascoaga es uruguaya de nacimiento, hija del exilio y afincada en Valencia   desde hace casi cuarenta años. Es psicóloga clínica, experta en violencia sexual y de género. Forma parte del colectivo de poetas y poetisas Voces del extremo. Incluida en la Antología de Poetas críticos disidentes (1990-2014) es también iniciadora de la corriente Poètica-Polìtica, que busca generar debate social a partir de la lectura de poemas. Tenemos la candela, publicado por la  editorial Neopatria, es un libro lleno de frescura y de amor la vida, desde la precariedad y el límite. Poemas-gritos, poemas  que denuncian la injusticia y se declaran en rebeldía frente al patriarcado y al capitalismo y su valores, que colonizan conciencias en el acá y en el allá. Versos que son palabras como puñales, como el título de uno de sus poemas. Pero poemas, también, que alientan brotes, con sabor de utopías posibles que se dejan acariciar fugazmente en la cotidianidad de la vida, pero no poseer ni domesticar, porque es necesario dejarlas crecer hasta que estallen como una reventona primavera de liberación sobre la tierra.

El libro se inicia con un poema  dedicado al 15M  y una denuncia del patriarcado: “Qué largo se me está haciendo el patriarcado/ en la vida de mi madre, en mi  abuela bajo la sombra del abuelo,/ los cacharros, la pila, el fogón,/ En el dedo que señala el lugar al que debes pertenecer;/ fuera de la calle, de la escuela,/de la tertulia con café y copa/ del puro ni hablemos, / bajo la capa rosa de la princesa con zapatos de cristal./ Dentro de la faja, / dentro de la culpa/ dentro del silencio,/ limpiando mocos mientras ellos/ ensucian el mundo con sus guerras/ jugando a saladitos/ con corazón de plomo” .

El humor y la ironía son otra constante que atraviesa la poesía de Patricia Olascoaga y que se hacen indispensables para mascar el  sufrimiento que se nos narra. El poema San Ibuprofeno es un buen ejemplo de ello: “San Ibuprofeno/ rey de los medicamentos / santificados sean tus principios activos/ vengan a mí todos tus efectos/ que me permiten cada día cumplir con mi empleo/ sin dolores paralizantes./  (…)  Perdona mi mala boca de improperios al sistema/ que te creó para estos fines/ que me obliga a ir más allá de mi cuerpo por seiscientos euros al mes / porque yo no perdono al capitalismo que me condene a vivir para comer, / y nos condene sin miramientos a la precariedad”.

Sus poemas nacen de las crónicas cotidianas o están inspiradas en noticias o imágenes de prensa, como el titulado Aylan, o Más de una año la herida y el olvido, cuyo tema es   el secuestro de 200 niñas por parte de  Boko Haram, o  Vienen  con lo puesto, sobre las personas refugiadas, o Para seguir viviendo, sobre los desahucios. En la autora lo personal se hace político en cada verso y ella misma se nos revela como “un patchwork multicolor,/ hecho de trocitos de linos, sedas,/ viscosas ( …) retales de existencias/ que se ovillaron en el telar de la vida/ sin más ambiciones que ir  tejiendo (…) un desorden asimétrico/ (….) muy presentable para salir de paseo”.

En definitiva se trata de un libro de poesía rebelde e insumisa, cargada de esperanza  desde el convencimiento profundo de la autora de que “Tenemos la canela/ (…) Los labios  con los que besamos las mil formas de amor que nos habita”.