taize1.jpgHace ya varios años inicié esta columna, por casualidad, sin saber muy bien si era un espacio para la opinión o para la música y la cultura. Más bien el objetivo siempre fue utilizar esas expresiones culturales como medio para la reflexión. Letras de canciones para suscitar un pensamiento, una emoción, un posicionamiento ante la vida.

En este espacio me he desnudado también un poco. He ido contando mi evolución de joven a adulta, de forma clara o velada, pero siempre a través de las canciones que me hacían sentir. Muchas veces he hablado de canción de autor, “se me ha visto el plumero” de que ese género es el que me engancha y me mueve. Pero también, en ocasiones, ha sido pop, rock o incluso cine y documentales. Productos culturales que están en el mercado, desafiando a la propia dinámica mercantil de lo que más vende.

Ahora llega el momento de acabar esta etapa para iniciar otra y, no sin pena, cedo este espacio. Doy el relevo a partir de enero a otra columnista –bien conocida de alandar–, que se alternará con Araceli Caballero en esta ventana al mundo.

Para concluir esta serie, no puede faltar una melodía: la de los cantos de Taizé. Este verano he tenido oportunidad de volver, después de casi diez años, a vivir la experiencia de comunidad ecuménica en este monasterio francés y llenarme, sobre todo, de su música. Cada verano, allí estrenan cantos nuevos, que van probando a ver cómo funcionan en la oración y con la gente. “Let all who are thirsty come”, reza uno de los de este año: que vengan todos los que tengan sed, que vengan aquellos que desean recibir el agua de vida, gratis. Esa agua de vida que llena y da fuerzas para emprender las nuevas tareas, para comenzar nuevas etapas.

Con ese canto en el alma sigo, y espero que dure. Las melodías de Taizé –cantos meditativos que se repiten en las oraciones, en distintos idiomas– se quedan ancladas en el alma, que las repite en su interior, cuando uno vuelve a casa. No es un simple tarareo, no es una canción que viene a la cabeza como si fuese el hit del verano. Es oración cotidiana, a veces incluso inconsciente.
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Para alimentarlo, algunos viernes por la noche también tengo la suerte de participar en las oraciones que organiza el grupo de Acogida de Taizé en Madrid. Uno de mis momentos preferidos siempre es al final cuando, durante el último canto, el equipo empieza a recoger el templo, aún con la oración “en marcha”. Se canta y se recogen los ladrillos, se apagan las velas y se sigue cantando, se guardan los iconos y la melodía continúa. Un día me lo explicaron muy sencillamente: “es que la oración de Taizé no termina”. No hay un punto y final, no hay un ite missa est, ni un “podéis ir en paz”. La idea es que, más allá del viernes por la noche, el canto siga sonando en el interior del corazón como una oración que no cesa.

Así, acabo también estas columnas de Cultura de mercado, consciente de que la música seguirá sonando y seguirá suscitando oraciones y reflexiones, continuará haciéndome crecer y aprender, como hasta ahora. Seguimos “alandando” en el camino.