23 autores privados de libertad escriben los relatos de este libro que ve la luz gracias al trabajo de Solidarios y de Fundación Secretariado Gitano. De su trabajo en las cárceles surgió un concurso de relatos que hoy se ha convertido en libro y que la editorial Demipage ha mimado para que llegue a las librerías con todo el rigor que tienen los sueños y la literatura de verdad.La publicación cuenta con prólogo del escritor José Ovejero.

Código de barras, el libro de relatos escrito detrás de los barrotesHan participado internos de diferentes cárceles de todo el país, pero finalmente la selección de los mejores cuenta con relatos de presos de Navalcarnero y Soto del Real, ambos centros penitenciarios en la provincia de Madrid. El libro nace del empeño de muchos internos por contar sus historias, no su historia, sino las muchas historias que pasan por su mente en su tiempo de encierro. De un libro escrito en la cárcel uno parece esperar historias delictivas, marginales, etc. Código de Barras es un compendio de relatos llenos de vida y de preocupaciones cotidianas.

El prólogo ha sido escrito por José Ovejero, quien colabora habitualmente con las Aulas de Cultura de Solidarios, y conoce varios centros penitenciarios donde ha impartido charlas y conferencias sobre sus libros, sobre la creación literaria, etc. José Ovejero en el prólogo destaca precisamente esto: qué expectativas y prejuicios nos llevan a acercarnos a un libro escrito en la cárcel y cómo sorprenderá al lector no encontrarse con los bajos fondos, la violencia, la droga, etc. Estos textos tratan de temas universales como el otro, el dolor de la separación, la ternura, la generosidad… Son relatos de calidad donde tiene cabida la ficción que permite a los protagonistas sentir emoción, romper la rutina, dar sentido a la vida.

Cultura como herramienta de reinserción

Para Solidarios y Fundación Secretariado Gitano, esta publicación es un espacio más donde poder mostrar que la cultura tiene un gran poder de resocialización y reinserción. Ambas organizaciones trabajan en las cárceles españolas desde hace años y apuestan por acompañar a los internos en los centros penitenciarios ofreciéndoles espacios culturales que les permitan mantener el contacto con la sociedad exterior y con la actualidad. El voluntariado penitenciario cumple la misión de hacer de puente entre ambos lados de los muros para no perderse.

Este libro es una ocasión para dar valor a la cultura como herramienta de reinserción social y de lazo de unión con una sociedad que rechaza al que ha tenido algo que ver con la prisión, como si haber cometido un delito te otorgara la condición perenne de delincuente y no te permitiera evolución alguna, siendo definido para siempre por un solo acto que te llevó a la cárcel.

Los cuentos de estos 23 autores que recoge Código de Barras están en la calle, en los escaparates, en centros comerciales, en las librerías, etc. aunque sus autores permanezcan en prisión la libertad ya se cuela en sus vidas con esta publicación. Lo que tienen en común es que todos los autores escriben desde la celda de una cárcel pero narran cosas muy distintas y nos llevan a espacios muy variados y al mismo tiempo tan comunes que podrían ser propios de cualquiera.

Abandonados

“Llevaba cerca de dos años durmiendo en aquel rincón de piedra que formaba la trasera del bloque de pisos con la fachada del restaurante. Al resguardo del frío en invierno y a la sombra en verano, esa se había convertido en su casa tras haber deambulado por la ciudad en los tres años anteriores como lo que era: un perro sin amo.

Nunca fue capaz de desprenderse de la tristeza de su mirada, y, pese a poseer la buena planta de todo un pastor alemán como pedigrí, su recelo hacia los humanos le restaba ese punto de sociabilidad que denota buena educación canina. Aún así, la relación con los vecinos podemos decir que estaba dentro de unos parámetros de “cordialidad” interracial.” Del relato Abandonados de Emilio Fernández Benítez

Empatía

“De pronto…, silencio y sus ojos solo se dirigían a una parte del mantel de la mesa y a mis manos, como si no pudiese llegar a los míos. Provoqué un silencio aún más grande para estudiar su lenguaje corporal, de por sí muy pobre. Pasados unos minutos, acercó sus manos a las mías y, siempre con la vista fija en ellas, me contó una historia conmovedora:

– Yo tuve una hija que hace unos años salió del pueblo para labrarse un destino, el cuál encontró, aunque no era el soñado. Poco sé de ella. Al principio recibía cartas y hasta varias veces recibí unos giros de dinero. Mi esposo aún vivía, y luego pasaron meses y años sin saber nada de ella. Mis cartas eran devueltas con un rótulo que decía: “Destinatario: desconocido”. Para el resto del pueblo solo se me ocurría contar lo bien que le iban las cosas, que había formado una familia bien constituida, y me inventaba nombre de mis supuestos nietos (hasta tengo fotos de ellos).

Sus ojos se llenaron de lágrimas. Ella había encontrado en mí a su nieto.” Del relato Empatía de Saúl Jorge Hubel Kenigsdein.