Por Federico Gómez Costa

El próximo 6 de octubre se estrena Blade runner 2049, película que será sometida a una rigurosa crítica para ponerla en su lugar dentro del universo de los replicantes o andrillos. El guion de Blade runner, la original, no hizo ningún esfuerzo por mantenerse fiel a la trama que proponía ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Sin embargo, el espíritu de ambas obras es el mismo: la angustiosa búsqueda de sentido en un mundo en el que la muerte amenaza y ataca implacablemente. Cada artista ha puesto sus dones y sensibilidades al servicio de esta idea, por lo que la experiencia sensorial, siempre excelente en el trabajo de Ridley Scott, expresa estéticamente lo que el conocimiento y la reflexión teológica de Philip K. Dick relata textualmente, un autor converso al cristianismo y con gran interés por la teología y la experiencia religiosa. Podría decirse que son dos historias que describen la misma experiencia de los personajes, como si fueran dos universos paralelos que se distinguieron poco tiempo atrás. Está por ver si la ideosincrasia de Denis Villeneuve tiene algo que aportar a estas obras de culto.

Película y libro presentan una atmósfera decadente, oscura, polvorienta y moribunda. La banda sonora de Vangelis cruza continuamente las campanas celestiales, casi rituales, con notas de gravedad abisal que reverberan a un ritmo lento; lo alto y lo hondo unidos por los frenéticos bips de las máquinas y las incomprensibles lenguas de los extras. El estilo de los personajes y escenarios combina elementos antiguos -como gabardinas a lo Bogart, bastones y el género de novela negra con elementos futuristas -como pantallas, neones y coches aéreos. Estas fusiones logran crear una imagen al mismo tiempo realista, misteriosa y fantástica.

Una visión creyente para volver a ver Blade Runner

Fotograma de la película

La capa de polvo que cubre el cielo mantiene a la humanidad alejada de los cielos azules, de la eternidad ansiada y concretamente del paraíso marciano con el que la publicidad martillea a los terrícolas. El vuelo de los coches aéreos, lejos de dar sensación de libertad, aumenta la experiencia opresiva al encontrar el límite en unas nubes negras que agresivamente escupen su lluvia. Esta atmósfera azuza a una desesperada búsqueda de sentido en la oscuridad, el dolor y el silencio (según la novela) o el bullicio (según la cinta).

La muerte acecha desde las sombras y la vida se resiste contra todo pronóstico y racionalidad a su destino ineludible. El deseo de vivir es tan poderoso que rebosa al ser humano empapando todo lo que le rodea hasta el punto de crear nuevas formas de vida a su imagen y semejanza. Una vida que, por artificial que sea, comparte con la vida humana la fuerza con la que se aferra a sí misma y su deseo de trascender. De estos deseos de los andrillos brota la pregunta natural que se hace Rick: “¿Cree que los androides tienen alma?”.

Dado que los ojos son el reflejo del alma, Blade runner recurre a ellos continuamente: la primera escena de la película es un panorama de la ciudad que se refleja en el ojo de Rick, el test Voight-Kampff graba los movimientos del ojo, Roy y Leon encuentran el camino hacia su creador en Eye world -el lugar en el que se diseñan los ojos de los androides- y el doctor Tyrell esconde su alma detrás de unas gruesas y enormes gafas, en definitiva, detrás de la racionalidad.

Un recurso que se hace capaz de hablar de la hondura ontológica de los personajes: tanto la mirada de los replicantes como la del búho artificial en algún momento de la película muestran el reflejo de las luces exteriores: se les ven los ojos rojos. Esta luz está advirtiendo de que el alma de los replicantes no es de profundidad infinita como la de los humanos, no es genuina, sino una réplica del alma humana.

Roy Batty es un moderno Prometeo dispuesto a sufrir lo insufrible para alcanzar la vida de orden divino, intenta robar el fuego de Zeus cuando le exige al doctor Tyrell: “¡Yo quiero vivir más, padre!”. Pero el pecado de Roy no reside en su deseo de vivir más: desear la victoria sobre la muerte es humano. Su deshumanización emerge con el asesinato de su creador, convirtiéndose en un ángel caído y mostrando por primera vez el reflejo de los ojos.

El doctor Tyrell representa a una deidad cuyo poder es de carácter intelectual y económico, un patético creador que da vida sin interés por ni competencia para dar a su obra un significado último, solo una mera utilidad. Su auténtico objetivo es el entretenimiento personal, por ello deja pasar a Roy cuando encuentra en él un rival digno en el ajedrez. Tyrell vive en un templo inmaculado y similar a las pirámides mayas, su dormitorio es el Sancta Sanctorum, donde descansa revestido con sotana blanca, en la sala más luminosa de toda la película y rodeado de cirios llameantes. El doctor es incapaz de ofrecer una vida «en espíritu y en verdad» a Roy, así que la frustración del ciborg destruye a su mediocre creador hundiendo sus ojos hacia el abismo en el que no tiene ningún poder.

¿Acaso no somos nosotros también un reflejo artificial de la obra de otros humanos? Vivir según el mundo es alejarse de la vocación de un Dios auténtico, lo cual nos convierte en autómatas sin sentido vital. ¿Acaso no es también propio de lo humano exigir más a su creador, e incluso desear su muerte al estilo de Edipo? Vivimos esclavos del pecado y del miedo, tal como le espeta Roy a Rick al salvarle la vida en busca de un testigo para su muerte: “Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser un esclavo”.

Un temor justificado, ya lo dice Hannibal Sloat: «Mors certa, vita incerta». Gaff lo grita contextualizando en la trama: “Lástima que ella no pueda vivir, pero, ¿quién vive?”. El mismo mensaje que el del poético e histórico discurso de Roy: “Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”.

La muerte es un destino inevitable, especialmente en el mundo de Blade runner, en el que la lluvia pasa toda la película diluyendo lágrimas, devorando momentos, consumiendo la vida. La muerte y el pecado se imponen llanamente. La vida no es capaz de decidir, tal como lo dice el Rick de Philip K. Dick: “Hago lo que hacen las piedras, sin voluntad, sin que eso tenga el menor sentido”.

La humanidad se ve representada en este detective de mirada siempre confundida y forzado a seguir adelante, drama tras drama, arrastrado por los acontecimientos y sin libertad para detenerse.

Y sin embargo, hay lugar para la esperanza y la fe en un Dios capaz de dotar de trascendencia a su creación. La clave no está controlar la vida y la muerte, sino en el significado que se le otorga a la vida. Iran se da cuenta de ello y se permite sentir el dolor de un mundo que se muere diciéndole a su marido: “Comprendí qué poco sano era sentir la ausencia de vida, no solo en casa sino en todas partes, y no reaccionar…”.

Los androides no son capaces de entender el significado de la vida, por lo que se muestran indiferentes ante la muerte y el sufrimiento de los humanos. En la novela se evidencia cuando los andrillos mutilan a una araña y le dicen a un J. F. Sebastian debastado: «No ha perdido nada; le pagaremos [por la araña] lo que dice el catálogo».

Reconocerle significado a la vida de un replicante es mirar más allá del binomio utilidad-riesgo que los dos Ricks se plantean al principio de cada obra. Este binomio nos lleva a un utilitarismo materialista incapaz de responder a la experiencia trascendental del ser humano, incapaz de entender el significado humano de, por ejemplo, una empresa que no es rentable pero otorga sentido a la familia que la regenta o de una investigación filosófica que no es pragmática. En definitiva, es indiferente descubrir que el unicornio con el que Rick sueña procede de memorias artificiales; lo que da sentido, a pesar del dolor y de la muerte, es el significado que se le reconoce a esa misma vida, sea útil o inútil. Lo que da significado a la vida de Rick es su relación con Rachel la replicante (en la película) o con Iran la humana (en el libro). El cazador adquiere con estas mujeres un compromiso último, un compromiso de amor. Con una motivación de nivel trascendental se puede soportar un sufrimiento y una oscuridad como los de la obra. El “porqué” último, capaz de dar a la vida un sentido último, es el amor, el compromiso con el otro. ¿Dará Blade runner 2049 la misma propuesta de sentido vital?