Conocemos muchas y muchos de nosotros que del 18 al 25 de enero se celebra la semana de oración por la unidad de las Iglesias cristianas. No es una cuestión, esta de la unidad de las diferentes Iglesias, que me preocupe demasiado, lo cual no quita, sin embargo, para que considere que siempre es bienvenida cualquier ocasión para orar y, ¿por qué no por la unidad?, como es este caso. Pero no solo de las Iglesias, que también, sino por todo lo que está dividido, truncado, partido y destrozado, en definitiva.

Del 18 al 25 de enero se celebra la semana de oración por la unidad de las iglesias cristianasMe parece que es demasiado reduccionista rezar solamente por las Iglesias cristianas, separadas y divididas como es bien sabido, cuando existen otras religiones, confesiones religiosas y también tantas y tantas realidades de la vida que con su rompimiento no hacen sino provocar un profundo dolor a muchas personas. Por ello, creo que sería muy oportuno aprovechar la ocasión no solo para orar, sino también y de manera especial para hablar, dialogar, debatir, etc. sobre todo aquello que rompe y desgarra, dejando tantas realidades, no solamente las cristianas y las religiosas, abandonadas a su suerte.

Y ya que estos ocho días están dedicados de manera específica a la oración por la unidad del cristianismo, ¡hagámoslo!, pues no en vano el mismo Jesús dijo de manera muy clara que la unidad sería un signo de credibilidad para la gente. Pero insisto una vez más: recemos para que todo lo que desune, fruto precisamente de egoísmos, envidias y particularismos, quede superado por el amor que “todo lo disculpa y perdona”.

Quisiera hacer una pregunta, antes de decir algo sobre ciertos aspectos concretos: mirado nuestro mundo de hoy de manera global, un mundo que es por encima de todo y principalmente pluricultural y plurirreligioso, ¿creéis que interesa a alguien, incluso a una gran mayoría de los cristianos, eso de la unidad entre las diferentes confesiones cristianas? Me temo que no y menos en la línea en que tengo la intuición que se había pretendido hacer hasta ahora y que consistía en rezar para conseguir la unicidad que, por cierto, bien poco o nada tiene que ver con la unidad evangélica.

Precisamente para ello, es decir, para hacer todo lo posible de cara a conseguir que sea el amor lo que nos una de verdad a todos los hombres y mujeres, oremos quienes creemos en la fuerza de la oración, pero a la vez unamos fuerzas con quienes tienen otras creencias o, quizá ninguna según dicen ellos mismos, con el fin de conseguir un proyecto de humanidad donde no existan hendiduras que produzcan dolores innecesarios ni alturas o bajuras que conviertan el camino de la vida en una realidad tortuosa y difícil de afrontar.

Unamos esfuerzos, cuantos más mejor y todos los posibles, para tirar por tierra todas esas fronteras, reales unas, virtuales otras, que convierten este mundo, que debiera ser de todos, en una feria y en un mercado donde solamente los fuertes, poderosos y ricos tienen opción de vivir y disfrutar a sus anchas, a costa siempre de que una gran mayoría tenga que malvivir y sufrir duras estrecheces.

Trabajemos todo lo posible de cara a conseguir que el color de la piel, la cultura, la posición geográfica, el credo, etc., no sean factores que nos enfrenten los unos contra los otros, sino elementos de riqueza que nos ayuden a crecer juntos y a hacer el mismo camino cogidos de la mano, intentando que nunca el más débil quede rezagado, debido a que cada uno mira exclusivamente por su bien propio, sino que empujemos con todas nuestras fuerzas, porque nos hemos convencido de que el bien común es la gran meta a conseguir.

Hagamos todo lo posible para que dejemos de degradar nuestro planeta al ritmo que lo estamos haciendo, intentando más bien lo contrario, es decir, no solo respetarlo, sino también mimarlo con el máximo cariño para que abandone la degradación en la que le hemos introducido, dejando de ser un estercolero para volver a ser casa y jardín para toda criatura.

Pensarán muchas y muchos que es demasiado laica la oración por la unidad, tal y como yo en este escrito la planteo. Pues bien, si así fuere, ya me doy plenamente por satisfecho, pues he conseguido el fin que pretendía que no era otro que hacer de lo humano el motivo más profundo de religiosidad.