Amigo/a de alandar: permíteme que en esta ocasión sea mi corazón quien hable y que, en vez de “teología”, sean sentimientos los que de él afloren. Además, si uno lo piensa despacio, una teología sin sentimientos, ¿para qué sirve? Por ello, quiero hacerte partícipe, de la “teología sentimental” que mi corazón me ha dictado.

Querida madre, hermana, compañera, amiga o mujer a quien quiero por distintos motivos y razones, entre ellas la más importante, como es el hecho de participar de la misma humanidad que la mía como hombre que soy. Para ti quiero en este 8 de marzo tener un recuerdo especial. Sí, digo “especial”, porque de ti me acuerdo siempre, igual que de los hombres, ¿por qué negarlo? Pues, al fin y al cabo, vosotras y nosotros somos miembros integrantes de un mismo y único mundo. ¡Perdón! ya que acabo de caer en la cuenta de que no es así, en el sentido de que para ser más exactos tendría que haber dicho que “debiéramos” formar un mismo y único mundo.

foto denis bocquet

Me duele que el maldito maniqueísmo del que, por cierto, las religiones tienen tanta culpa, haya diseñado un mundo marcado por muchas diferencias, pero respecto al caso que nos atañe, un mundo partido en dos mitades, cuyo criterio se fundamenta en algo tan irracional como es el sexo y cuestiones puramente biológicas. Me inquieta profundamente el hecho de que teniendo la misma capacidad intelectual que el hombre, la posibilidad de los mismos valores, las mismas ganas de servir a las demás personas, etc., a vosotras se os continúe negando el pan y la sal de los mismos derechos y de idénticas posibilidades que al hombre. Claro, que para que dicha división no apareciera con tintes discriminatorios, algún hombre, en tiempos en que la fuerza física era el criterio distintivo de preeminencia, se inventó un día que vosotras “erais el sexo débil”. No solo una calumnia, sino una injusticia flagrante, como diría en su momento Gandhi. Pero es igual, ahí sigue estando.

Y, amparándose precisamente en ello, en esta supuesta debilidad, se os niega la igualdad en el mundo del trabajo. No solo en cuanto a la posibilidad de acceder al mismo, sino en lo que se refiere a la remuneración por lo trabajado. Además, como sois vosotras las que parís, siempre estaréis bajo la sospecha de ser una “carga” que, si se puede evitar, mejor que sea un varón quien ocupe el posible posible puesto de trabajo.

[quote_right]Para un buen número de hombres solamente servís para ser utilizadas para todo lo que el utilitarismo encierra en sí mismo[/quote_right]

No se os reconoce vuestro papel en la familia. Ya sé que vivimos momentos en que se habla mucho del trabajo familiar compartido, pero no sé por qué razón o motivo siempre estáis al quite de cualquier imprevisto o situación embarazosa que pudiera aparecer en dicho entorno familiar, mientras el hombre se escabulle, aunque no sea siempre con mala intención.

Me duele que continuéis apareciendo, parafraseando la película de Buñuel, como “oscuro objeto del deseo”. Sí, es triste decirlo, pero para muchos hombres sois precisamente eso, un “objeto” con todo lo que dicho vocablo encierra. A veces, por lo que veo y tanteo, para un buen número de hombres solamente servís para ser utilizadas para todo lo que el utilitarismo encierra en sí mismo. Para los más retorcidos, que son muchos más de los que nos pensamos, sois el objeto sexual más apetecible. Ciertamente duro, pero tan real como la vida misma.

Me indigna que prácticamente todas las religiones os releguen a puestos secundarios y os nieguen responsabilidades que consideran exclusivas del varón sin ningún tipo de razón o argumentando nada más que aquel en que se fundamenta que es así, porque así lo decidió precisamente Dios. En el caso de la religión católica, porque así lo decidió Jesús. Como podéis ver, si en otros campos lo tenéis difícil, en este lo tenéis realmente crudo. Si queréis que os sea sincero, a mí me produce rabia y mucha pena.

Quiero acabar no precisamente con palabras mías, sino con las que en su día dijo alguien tan cualificado como el exsecretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, respecto a una realidad muy urgente y necesaria, pero que, de la falta de la misma, la mayoría de las veces los culpables somos los varones: “En sociedades destrozadas por la guerra, frecuentemente son las mujeres las que mantienen a la sociedad en marcha. Usualmente son las principales defensoras de la paz”.