Continuamos en las Sextas Moradas. Desde nuestra entrega libre y consciente, ahora es tiempo de decidir de nuevo. De reinterpretar nuestros pasos, nuestras decisiones, nuestros sueños. Nuestra nueva forma de ver el mundo nos hace replantearnos nuestro destino. Ya no vemos las cosas como antes. Nuestra perspectiva ha cambiado. Nuestro entorno y vías de conocimiento también. Buscamos el encuentro con nuestro yo más auténtico, porque allí está esa esencia que nos completa.

Adonde el alma ya queda herida del amor y procura más lugar para estar sola y quitar todo lo que puede… que la puede estorbar de esta soledad” (VI M1, 1).

Esta unión con nuestro verdadero sentido quizá se nos vuelva en contra, porque trae consigo trabajos, soledad, desamparo. Nuestra perspectiva de las cosas, de las personas, de las situaciones, ha cambiado, se ha ampliado. Es como si nuestra intuición se hubiera desarrollado hasta el extremo. Hay realidades que antes formaban parte de nosotros y que ahora no soportamos. Son lastres que nos arrastran hacia el abismo que no nos permiten crecer, elevarnos. Además, es posible que recibamos incomprensión, persecución, rechazo, crítica…y hemos de contar con eso.

¡Oh válgame Dios y qué son los trabajos interiores y exteriores que padece hasta que entra en la Séptima Morada!” (VI M1, 1). “Son apretamientos y penas espirituales que no se saben poner nombre. Hay que esperar en la misericordia de Dios, que nunca falta a los que en Él esperan” (VI M 1,13).

No es tiempo de actuar, ni de planificar desde la razón. Es tiempo de esperar, de contemplar, de escuchar, de experimentar su misericordia en nosotros. Somos parte de ese algo grande que nos identifica y que nos muestra el camino. Todo el tiempo nos está indicando la dirección. Aunque no hayamos tenido conciencia de verlo con claridad.

Ahora, de nuevo, solo nos vuelve a preguntar por última vez si tenemos seguridad en la respuesta que vamos a darle. Hace mucho tiempo que ya no hay vuelta atrás. Hace mucho que nuestra alma decidió marchar con la suya y, tras habernos dejado seducir, nos convertimos en personas diferentes. Es en esta morada donde nos vuelve a preguntar: ¿Estás seguro?, ¿estás segura?

Mira, alma, desde aquí seguirás a solas conmigo. A partir de esta parte del camino, no hay nada más aparte de ti en mí”. Nos lo reafirma la santa en su poemario: “Alma buscarte has en mí y a mi buscarme has en ti”.
Se nos dice que sigamos esperando en el amor que nos consume y, al mismo tiempo, nos engrandece. “Siente ser herida sabrosísimamente, mas no atina cómo ni quién la hirió; más bien conoce ser cosa preciosa y jamás querría ser sana de aquella herida”. (VI M 2, 2).

Cuesta entender este sentimiento profundo en este mundo de hoy caracterizado por la huida del dolor o del sufrimiento a cualquier precio. Pero ya hemos advertido que el alma está dejando de ser humana para experimentar la transformación de lo divino en sí misma.