Es muy sencillo de entender, pero no está de más dejar claro que, cuando hablo del sensus fidelium, no me estoy refiriendo a otra cosa que al hecho de tener en cuenta el sentido común de la gente llana y sencilla del pueblo. Un sentido común que no está mal de recordar que, como dice el vulgo, a veces es el menos común de los sentidos.

Por otro lado, al hablar de “signos de los tiempos” estoy trayendo a colación sencillamente una de las frases que más furor hicieron en el Concilio Vaticano II. Unos signos de los tiempos que no quieren decir otra cosa que prestar atención a las realidades que la gente vive en cada lugar y en cada instante concreto. Más o menos lo que en términos de sociedad en general referiríamos como la moda o lo que se estila en los momentos presentes, pero que no es, ni mucho menos, lo que en este caso quiere decir esta expresión.

El sentido común, dentro y fuera de la Iglesia

Teología. Foto: Mayra Pérez

Me gustaría decir algunas cosas sobre lo que pienso respecto a la Iglesia en relación con estas dos realidades que acabo de mencionar. Me temo que dicha Iglesia ha vivido con demasiada frecuencia de espaldas a la realidad que concernía a la gente. Aunque, a decir verdad, el papa Francisco ha insuflado una especie de aire fresco y renovado que a muchísima gente nos ha ensanchado los pulmones y, ¡vaya, de qué manera! Pero la Iglesia no es solo él, lo sabemos de sobra, mal que les pese a muchos en muchos momentos. Pues creo que a muchos y muchas nos gustaría que tuviera la posibilidad de decidir en asuntos que tanto nos ayudarían a demasiadas personas a vivir con más alegría la vida y la fe y a gozar de esa libertad que tanto anhelamos y necesitamos; pero la realidad, mal que nos pese, es otra bien diferente. No es ningún secreto decir que a su alrededor tiene influencias demasiado fuertes de las que no puede escabullirse y que le impiden actuar como fuera su deseo, sus convicciones personales y, en definitiva, su identificación con el Evangelio.

De siempre se nos ha dicho que la Iglesia católica, en este caso a diferencia de las comunidades protestantes, tiene dos pilares sobre los que se fundamenta, que no son otros que la Biblia y la tradición. No tengo nada que decir en contra de ello. No solo porque, como católico, lo tengo que aceptar, sino porque creo que para la persona creyente contienen una experiencia de vida muy grande. Por lo que a la Biblia respecta, nada que decir. Mientras que la tradición, en su caso, sería como una experiencia que despreciarla o minusvalorarla significaría dejar de lado o ignorar experiencias cargadas de vida que pueden ayudarnos en nuestro caminar diario. Me temo, sin embargo, que, por un lado, no hemos sido capaces muchas veces de interpretar la Tradición como creo que debiéramos haberlo hecho, Mientras, por otro, hemos dado a dicha tradición un peso excesivo; tanto, que en muchos momentos ha sobrepasado el peso superior que le corresponde a la Palabra de Dios.

Soy de la opinión de que, cosas esenciales por lo que a la fe respecta hay muy pocas; al menos si nos atenemos a lo que nos presenta la Biblia, de manera especial los evangelios y en segundo lugar los escritos apostólicos. Me preocupa que muchas veces hayamos dado más importancia a la interpretación que se ha hecho de la Biblia que a lo que podemos encontrar escrito en la misma. No cabe duda de que fue bueno y necesario que en su momento se interpretara la Biblia, a partir de lo cual se iniciara una vivencia de fe. Pero lo que ya no veo tan claro y con lo cual no estoy de acuerdo es con el hecho de que dicha interpretación y vivencia sean intocables por siempre jamás. Numerosos teólogos nos están recordando hoy día que hay maneras de vivir la fe y, sobre todo, normas y preceptos religiosos, que urge que sean eliminados unos, renovados y adaptados otros. Y no es que lo digan por su cuenta y riesgo, sino que lo hacen desde su convicción de saberse voz del sentir y del pensar de un número muy importante de fieles. Estaríamos ante esa reforma constante de la Iglesia que desde bien antiguo comenzó a plantearse. Pero no una reforma cualquiera, sino aquella que esté de verdad en consonancia con las circunstancias propias del momento, con los “Signos de los tiempos”.