Si no recuerdo mal, la Congregación para el Culto Divino introdujo no hace mucho una novedad en cuanto a la celebración de la Eucaristía; concretamente una cuestión referida al cambio en las palabras de la Consagración del vino, en este caso. Lo leí en su momento, pero no le di más importancia porque lo consideré baladí, inoportuno y fuera de lugar y porque, además, por lo que a mi persona se refiere, tenía muy claro que en ningún momento pensaba llevarlo a la práctica. Se trataba del cambio de la palabra “todos” por “muchos”. Las palabras que pronuncia el sacerdote cuando consagra el vino son exactamente estas: “Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre derramada por vosotros y por ´todos` los hombres en remisión de los pecados”. Lo que decía la Sagrada Congregación era que había que sustituir “todos” por “muchos”.

La controversia por el cambio litúrgico en el misal español

“No puedes pasar”. FOTO/ RACHEL HANES.

Sobre esta, una vez más, desacertada y fuera de lugar decisión, de una de las Congregaciones vaticanas se podrían decir numerosas y variadas cosas, pero no quiero extenderme porque, además, creo que no vale la pena. Por ello expondré brevemente lo que pienso sobre semejante decisión.

En primer lugar, tengo la intuición -y creo no equivocarme- de que lo que subyace debajo de todo esto es la concepción expiatoria de la muerte de Jesús en la cruz. Jesús muere porque así lo exige el Padre para reparar el pecado cometido por el primer hombre y transmitido a todas y todos desde el nacimiento (pecado original, sobre lo cual considero mejor no decir nada, porque también habría para largo). Me parece que no hace falta decir que un Dios que exige la muerte de alguien como condición para que algo sea reparado es un Dios sanguinario. Por ello, creo que lo mejor es callar y dejar de lado semejante aberración. Ya va siendo hora de decir e insistir en el hecho de que Jesús muere simple y llanamente por coherencia. La vida que llevó, tanto a nivel de enseñanza como de comportamiento, chocó radicalmente en todo momento con lo que predicaban y también con la forma que tenían de vivir la mayoría de veces los dirigentes políticos de su tiempo, pero especialmente los dirigentes religiosos. Está claro que no podía acabar de otra manera. Realidad, por otra parte, que continúa dándose hoy también en quienes se proponen vivir denunciando la injusticia y proclamando la verdad. Aunque en muchos casos no siempre mueran físicamente, pues sabemos de sobra que hay muchas maneras de eliminar o matar a quien molesta o mantiene una actitud denunciante.

Cuando la Sagrada Congregación ordena que sea introducido este cambio -vuelvo a insistir, desde su concepción expiatoria- está pensando en que no todas las personas dejarán que los méritos que supuso la muerte de Jesús transformen sus vidas. Aunque, más bien, la expresión correcta sería decir “no dejarán que borren sus pecados”. De ahí que no tenga cabida la palabra “todos”, sino la palabra “muchos”. Que, por otra parte, si lo pensamos detenidamente, no sé de dónde se sacan el hecho de que sean “muchos” en vez de “pocos”. Yo supongo que debe venir de la traducción hecha a partir de los textos originales.

¡Lástima!, porque pienso que se ha perdido una gran ocasión para introducir otras novedades más en consonancia con la actualidad de los tiempos en lugar de volver al reduccionismo y a la restricción por lo que a la Salvación se refiere. Y, cuando hablo de oportunidad, me refiero, entre otras cosas, al hecho de haber añadido al concepto “hombre” el de “mujer” (“derramada por todos los hombres y mujeres”). Ya sé que, si nos atenemos al original griego, el concepto “hombre” incluye a los dos sexos. Pero, en muchos casos y momentos, creo que no es suficiente con suponerlo, sino que conviene y se hace necesario hacerlo visible y patente con las palabras concretas. Sigamos manteniendo que la muerte de Jesús fue por coherencia y que sus frutos son extensibles sin ningún tipo de excepción ni diferencia a todos los hombres y mujeres.