Perú tiene una extensión que equivale a dos veces y media la de España. Su población es, eminentemente, urbana y está en la costa. En Lima vive casi una tercera parte de sus 30 millones de habitantes. Hace veinte años viví en este país, en los Andes. Hace dos décadas Perú era más violento, más pobre, más religioso. Hoy todo se me hace distinto. Hasta en Lima, la horrible, luce un sol tímido y desvaído.

 Fecha: Jueves, 12 de mayo. Séptima semana de Pascua. Aunque estamos en Perú, yo recuerdo que es el día de “Santo Domingo de la Calzada, donde cantó la gallina después de asada”.

Lugar: Capilla lateral del santuario de Santa Rosa. Jirón Chancay, 223. En el centro de Lima, Perú. Comunidad de dominicos. Centro de operaciones para sus misiones en la selva suroriental del Perú.

Celebración: Misa conventual con laudes. Abierta al pueblo. 08:00 horas.

El templo y el monasterio fueron edificados entre los siglos XVII y XVIII junto a la casa en que nació, vivió y murió Isabel Flores de Oliva, la primera santa americana: Santa Rosa, patrona de Lima, América y Filipinas. En 1912 los dominicos asumieron de nuevo este lugar y construyeron el santuario actual en torno al año 1923.

Me acogen en su convento. El superior es César Luis, un ovetense y carballón muy hospitalario y atento. Me trae un breviario con las cintas colocadas para que pueda rezar laudes con ellos en misa.

pag10_alegriaevangelio_lima_breviario_webEntro por la sacristía y la basílica me parece enorme de tan vacía. Y muy ruidosa. Los dos portones principales están abiertos a una calle con un tráfico infernal. El sonido de sirenas, motores, cláxones y hasta un silbato de algún guardia rebotan en la nave vacía como en la caja de un altavoz. Veo en la capilla lateral a tres monjas dominicas sentadas en el mismo banco leyendo distintos libros de igual tamaño. Parecía que iba a ser el único laico y que se iba a cumplir el pronóstico del superior asturiano: “Sí, la misa es abierta al pueblo, pero no viene casi nadie”. Pero no. Antes de que saliesen con su hábito blanco y sus estolas pascuales los nueve dominicos concelebrantes, ya éramos nueve los laicos. Las tres hermanas rompían el empate dando la mayoría a la vida consagrada.

Los dominicos ocupaban los bancos de delante, las dominicas uno un poco más atrás y yo el último del lado contrario. El resto, igual de desperdigados. Los nueve dominicos, las tres dominicas y este laico rezamos los salmos a dos coros. Los ocho laicos restantes, nos escucharon.

[quote_right]Miro a mi alrededor y doy gracias por encontrarme bien[/quote_right]

La religiosa más joven lee la lectura. El padre Samuel, peruano de la provincia española, preside y proclama el Evangelio de Juan. No hay predicación en la misa diaria de la orden de predicadores. Se rezan las preces del breviario y aquí, por primera vez, se dice algo que no está escrito en ningún libro ritual. Se pide por el aumento de vocaciones a la vida religiosa y por aquellas personas que lo están pasando mal, para que encuentren el consuelo y la fortaleza de la fe. Miro a mi alrededor y doy gracias por encontrarme bien y porque en esta celebración hay más frailes y monjas que seglares. Me arrepiento enseguida del pensamiento sarcástico coincidiendo con que todos estamos de rodillas durante la consagración. Cantamos juntos “por Cristo, con Él y en Él” y comulgamos sin excepción, sin prisa y sin pausa. Antes de la bendición final Samuel vuelve a salirse del guión: “Fortalecidos con el pan y la Palabra, pueden ir en paz” y, mientras los frailes regresan a la sacristía a dejar la estola, los nueve laicos y las tres monjas nos quedamos en la capilla cantando “Hoy Señor te damos gracias por la luna, la tierra y el sol”. La misa con laudes ha durado 32 minutos de reloj.

@santiriesco