Por Santi Vedrí, O.P.

El 19 de enero, el papa Francisco tuvo un encuentro histórico con los pueblos indígenas del Amazonas. En su primera visita a la Amazonía, Francisco hizo una clara defensa de la naturaleza y de las personas que habitan la selva, denunciando la opresión que sufren por parte de grandes poderes económicos.

Francisco se encontró en Perú con los indigenas de la amazonia

Encuentro del papa Francisco con las comunidades indígenas del Amazonas en Puerto Maldonado, Perú Foto Santi Vedri

Francisco comenzó su visita apostólica de tres días a Perú por la capital del departamento Madre de Dios, Puerto Maldonado. No fue casualidad. Quiso destacar este encuentro con los pueblos originarios, que sufren y son marginados: “He deseado mucho este encuentro, quise empezar por aquí la visita a Perú”. Jorge Mario Bergoglio hacía así honor a su nombre elegido como papa: Francisco de Asís, el hombre de la pobreza y el hombre que ama y custodia la creación.

A primera hora de la mañana el papa aterrizaba en el aeropuerto Padre Aldámiz. Fue recibido por monseñor David Martínez de Aguirre Guinea -obispo dominico del vicariato apostólico de Puerto Maldonado- y por cien niños de la organización Infancia Misionera.

La primera parada en Puerto Maldonado -y la más significativa- fue para reunirse con los pueblos de la Amazonía, en el coliseo Madre de Dios. Más de 3.500 indígenas llenaban de color todo el aforo del recinto con sus pinturas, plumas y vestimentas tradicionales. La mayoría habían llegado desde zonas de la selva peruana, boliviana y brasileña.

Tanto la distribución del espacio como los diferentes momentos estuvieron pensados para resaltar que se trataba de un encuentro del papa con los pueblos indígenas. Políticos, cardenales, obispos y otros invitados ilustres quedaron en la parte posterior de la pista del coliseo. Tras unas breves palabras de monseñor David Martínez de Aguirre, en las que agradeció a Francisco su presencia y haber convocado el Sínodo de los obispos para la Amazonía, los pueblos originarios obsequiaron al Santo Padre con danzas tradicionales y regalos artesanales.

Como representantes de todos los pueblos indígenas, Jessica Patiachi y Luis Miguel Pariori -del pueblo harakbut- y María Luzmila Bermeo -del pueblo awajún- dirigieron unas palabras al papa Francisco. En sus discursos denunciaron muchas de las injusticias que sufren y reclamaron al papa su ayuda y denuncia ante organismos nacionales e internacionales.

Jessica Patiachi comenzó recordando al Apaktone (que significa papá anciano-sabio), nombre por el que se conoce al mítico misionero dominico José Álvarez, gracias al cual algunas de las etnias sobrevivieron a las matanzas de la época de los caucheros: “Cuando nosotros padecíamos atropellos similares Apagntonë vino por nosotros, por eso ahora aún seguimos resistiendo. Aunque somos pocos tenemos fuerza”.

Entre los discursos resaltaron varias denuncias: la brutal explotación de los recursos naturales, que va acabando con toda la naturaleza y con sus vidas; un sistema educativo que olvida a sus pueblos: “No queremos que la escuela borre nuestras tradiciones, nuestra lengua. No queremos olvidarnos de nuestra sabiduría ancestral”; y la persecución que sufren por parte del Estado y de grandes empresas que “nos quieren debilitar, quieren vernos divididos y nos quieren hacer desaparecer”.

Después llegó el turno del discurso de Francisco. Aunque solo con su presencia ya había conseguido que las comunidades nativas del Amazonas se sintieran apoyadas y esperanzadas, pronunció unas contundentes y duras palabras que se centraron en la defensa de la vida, la tierra y las culturas.

El papa reconoció que los pueblos amazónicos originarios nunca han estado tan amenazados en sus territorios como lo están ahora y que la Amazonía es una tierra disputada por diversos intereses económicos: “Hemos de romper con el paradigma histórico que considera la Amazonía como una despensa inagotable de los estados, sin tener en cuenta a sus habitantes”.

El papa de la Laudato si’ dijo a los pueblos indígenas que son memoria viva de la misión que Dios nos ha encomendado a todos: cuidar la Casa Común. Explicó que la minería ilegal y la contaminación ambiental acarrean en muchos casos otro tipo de injusticias, como la mano de obra esclava o el abuso sexual.

Bergoglio animó a realizar esfuerzos para generar espacios institucionales de respeto, reconocimiento y diálogo con los pueblos nativos “asumiendo y rescatando la cultura, lengua, tradiciones, derechos y espiritualidad que les son propias”.

Por último, Francisco pidió a los pueblos indígenas que ayuden a obispos, misioneros y misioneras, para que, entre todos, puedan plasmar una Iglesia con rostro amazónico e indígena. Y dejó una promesa: “La Iglesia nunca dejará de clamar por los descartados y por los que sufren”.

Tras el encuentro en el Coliseo, el papamóvil se dirigió a la gran explanada del instituto Jorge Basadre, para que Francisco se reuniera con la población de Puerto Maldonado. Allí criticó duramente la cultura del descarte, a través de la que “hasta las personas son usadas hasta el cansancio y luego son descartadas como inservibles”. Habló de las diferentes esclavitudes de hoy en día y del machismo que “pisotea a las mujeres en su dignidad”.

A mediodía, Francisco entraba en la escuela hogar El Principito. 270 niños, niñas y adolescentes tuvieron un entrañable espacio de encuentro con un papa visiblemente emocionado, al que cantaron, bailaron y abrazaron.

Para terminar la visita apostólica a Puerto Maldonado, el papa Francisco tuvo un almuerzo privado con el obispo del vicariato y con nueve representantes de los pueblos de la Amazonía en el Centro Pastoral Apaktone. Los indígenas solicitaron a Francisco que la Iglesia siga presente en sus comunidades, que los misioneros no les abandonen y que les preste su apoyo para conseguir una educación bilingüe y multicultural.

La visita del papa a la selva amazónica ha sido realmente significativa. Por un lado ha permitido hacer visibles al mundo las injusticias que las comunidades indígenas están sufriendo y por otro es una fuerte inyección de moral a estos pueblos, que ahora sienten que tienen un gran aliado para seguir luchando por sus derechos y sus tierras.