Una de las cualidades que atribuimos a Dios es la de su poder infinito o, lo que es lo mismo, su omnipotencia. De hecho, una de las verdades de fe católica es la que aparece al principio del Credo, cuando profesamos que “Creemos en Dios, padre todopoderoso”. No sé por qué pero, partiendo de lo que conozco, tengo la impresión de que todas o la inmensa mayoría de las religiones, en general, tienden precisamente a hacer prevalecer esta cualidad por encima de otras que también se podrían atribuir a la divinidad.

[quote_right]Una concepción divina todopoderosa ha desembocado en muchos momentos en un Dios que infunde miedo, o respeto en el mejor de los casos [/quote_right]

No es casual que, tornando de nuevo al Credo, la religión católica insista a continuación en que este Dios todopoderoso lo es precisamente porque, entre otras cosas, ha hecho lo que nadie puede llegar a hacer, como es el hecho de ser el “Creador del cielo y de la tierra”. Sobre el Dios omnipotente se ha escrito mucho desde bien antiguo. Incluso ha dado lugar a todo tipo de diatribas, controversias, discusiones, etc., sobre si el hecho de dicha omnipotencia tenía o no algún tipo de límite; en ciertos casos rayando el absurdo y la contradicción que, en todo caso, algunas personas preferían no mencionar porque les parecía que socavaban esta omnipotencia divina. Por ejemplo, los ya tan famosos y conocidos axiomas respecto a si Dios podía hacer un círculo cuadrado o convertir un todo en tres mitades.

padre-compasivo-misericordiosoY “como de aquellos polvos, vienen estos lodos”, no es de extrañar que semejante concepción divina haya desembocado fundamentalmente en el caso de muchos en una actitud que, como mínimo, es muy poco -por no decir nada- evangélica. Me refiero concretamente al Dios que infunde miedo o respeto en el mejor de los casos. Vaya, semejante a aquel Dios del Antiguo Testamento al que los israelitas pedían que no mostrase su rostro por el peligro de poder morir que conllevaba para quienes se atreviesen a mirarlo. Resumiendo, podríamos decir que Dios es, ante todo, omnipotente y que manifestaría dicha omnipotencia, especialmente a través de su poder y de su fuerza sin ningún tipo de límites.

[quote_right]Un Dios que es grande porque se hace pequeño, que es fuerte porque experimenta la debilidad, que no es juez ni castigador, sino perdonador, compasivo y misericordioso[/quote_right]

Mira por donde, un día descubrí en la oración colecta (la que se dice antes de las lecturas) del domingo 26º durante el año que esta omnipotencia se fundamentaba precisamente en unos parámetros totalmente contrarios; concretamente dicha oración dice así: “Oh Dios, nunca manifestáis tanto vuestra omnipotencia como cuando perdonáis y os compadecéis” (cito textualmente). Si nos atenemos a esto, estaríamos delante de un Dios que es grande porque se hace pequeño, que es fuerte porque experimenta la debilidad y ello le hace estar más cerca de los débiles, que no es juez ni castigador, sino todo lo contrario, perdonador, compasivo y misericordioso. Ahora me resulta más fácil entender que en Jesús se ha manifestado Dios de manera más especialísima, puesto que Él estuvo en todo momento del lado de los pequeños, de los necesitados y de los despreciados por parte de los poderosos. Si se me permite, diría también que un Dios grande revelado de manera pequeña, en Jesús concretamente, es capaz de presentar un proyecto de vida, las Bienaventuranzas, que hablan de todo lo contrario, hablan menos de poder, de triunfo y de fuerza. Lógicamente, un proyecto que solamente entienden los pequeños y los humildes y escandaliza a quienes ostentan la autoridad y el poder.

Solo con la mente no seremos nunca capaces de entender esto; es urgente una transformación profunda y radical del corazón.