Buscando el título para una campaña sobre derechos humanos con unas amigas su propuesta era I have a dream. No sé si, quizá por eso o porque estoy releyendo la siempre apasionante biografía de Rosa Parks, la costurera negra que con el gesto de negarse a levantarse de su asiento en un autobús para que se sentara un blanco en un contexto de apartheid y segregación, abrió la historia a cambios impensables en la lucha por los derechos civiles de las afroamericanas y afroamericanos. El caso es que, en las vísperas del 8 de marzo, yo también he tenido un sueño y lo he compartido hace unos meses en http://entreparentesis.org.

Soñé que estaba en una mezquita y que, cuando iba a acceder al espacio separado que se nos designa a las mujeres en ella, una mujer mayor con hijab, nos animaba a levantarnos y a colocarnos en la parte central, mientras los hombres nos abrían amablemente el paso. Otra mujer, joven, negra y con la cabeza descubierta cogía el micrófono y animaba a hombres y mujeres a no consentir ningún tipo de discriminación ni violencia contra mujeres y niñas y lo hacía en nombre de Allah y Muhammad, su profeta quien, por su trato y relación con las mujeres, había siempre reivindicado su dignidad e integridad. Su discurso continuaba argumentando que un buen musulmán o una buena musulmana no podían ser indiferentes ni naturalizar -y mucho menos provocar- el sufrimiento y la violencia contra mujeres y niñas, ni en el interior de los hogares y las instituciones religiosas, ni en los espacios sociales o públicos. Pero mi sueño no terminó aquí, sino que fue poblándose de nuevas imágenes que me iban impregnando de una sensación de alegría y perplejidad.

Seguimos soñando el día de la mujer.

ilustración Dani Farrás

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El segundo escenario era una iglesia de mi barrio en la que los sacerdotes aparecían sentados entre las gentes, sin más distinción que una estela morada con unas letras escritas en blanco en las que se podía leer: “En nombre de Jesús ni una muerta más”. En el templo reinaba un gran silencio, que se rompió cuando desde el púlpito unas voces de mujeres, con distintos acentos, empezaron a proclamar la homilía comentando los textos del crimen de Guibea (Ju 19, 1-29), el Evangelio de la hija de Jairo y la hemorroisa (Mt 9, 18-29), conectando las lecturas con las más de 900 mujeres asesinadas en España en la última década, el feminicidio de Ciudad Juárez, las violaciones de mujeres en la India, la violencia de Boko Haram con las niñas y el negocio multimillonario de la trata de mujeres en el mundo.

Las mujeres predicaban con convicción y fuerza pero lo que más me llamaba la atención en mi sueño no eran ellas, sino la escucha interesada y convencida de la mayoría de los hombres, que asentían con entusiasmo a sus palabras. La homilía terminaba urgiendo a los poderes públicos, a las iglesias y a todas las autoridades religiosas a no consentir prácticas ni lenguajes violentos ni discriminatorios hacia las mujeres y a implantar en los proyectos pastorales de todos los centros religiosos un programa específico para erradicar la violencia de género y la discriminación.
El tercer y último escenario de mi sueño era la plaza de la catedral de Madrid, donde el papa Francisco, en visita sorpresa, rompiendo todo protocolo, había convocado a una “rabina”, una imán, una mujer sacerdote, una monja budista y una líder feminista para hacer un declaración conjunta universal de todas las religiones contra la violencia machista, la discriminación y los feminicidios. Cuando la líder feminista iba a coger el micrófono el despertador me hizo volver a la realidad.

Los sueños son eso… sueños, pero tienen también el valor de anticipar deseos e imaginarlos y hacer de brújulas para el camino. Quizá esto sea lo que esté en el trasfondo de mi sueño de anoche: iniciativas como la que aconteció en febrero del 2013 en Norteamérica, en la que 35 imanes y otros miembros del Consejo Supremo Islámico de Canadá emitieron una fatwa recordando a los musulmanes que los crímenes de honor, la violencia familiar y la aversión contra las mujeres son “actos no musulmanes” y que son considerados por el islam como crímenes o la Declaración pública de los obispos estadounidenses When I Call for Help: A Pastoral Response to Domestic Violencia Against Women, condenando la violencia de género y el uso de la religión y la Biblia como forma de legitimación.

En el contexto de la celebración de este 8 de marzo las mujeres cristianas tenemos sueños inaplazables que exigimos que se incluyan en la agenda de la impostergable renovación eclesial que el papa Francisco está queriendo llevar a cabo. Del mismo modo que muchas mujeres del mundo hoy estamos convencidas de que el cambio del sistema será feminista o no será, los cambios en la Iglesia han de incluir los sueños impostergables de las mujeres para ser creíbles, las eternas ignoradas e instrumentalizadas por los intereses patriarcales de la institución, que olvida que “la gloria de Dios es que las mujeres vivamos y lo hagamos con plenitud y en abundancia”. Hace unos años un grupo de mujeres feministas cristianas formulábamos algunos de nuestros sueños que hoy siguen teniendo, si cabe aún más urgencia y actualidad.

Soñamos y reclamamos una Iglesia en la que las mujeres seamos miembros de pleno derecho. Resulta incomprensible y anacrónico que sigamos estando discriminadas en los principales órganos consultivos, de discernimiento y de decisión de la Iglesia. Soñamos con una Iglesia que nos reconozca la plena “ministerialidad”. Es decir, que no nos niegue ni el don, ni la gracia, ni la vocación, ni el derecho, en virtud de nuestra consagración como bautizadas y en la que desaparezca todo tipo de discriminación por razón de sexo.

Soñamos y reclamamos una Iglesia en la que la teología y la interpretación bíblica feminista pongan de manifiesto que el Evangelio no puede ser proclamado si no se tiene en cuenta el discipulado de las mujeres. Una Iglesia que conozca y se nutra también de la teología feminista, para hacer una lectura crítica y una reflexión de la propia experiencia y del Evangelio. Una Iglesia que se abra al diálogo y la cultura de los feminismos y los movimientos de liberación de las mujeres subrayando que la igualdad que buscamos no consiste en repetir el modelo masculino ni su comportamiento, sino la igualdad de derechos en una sociedad y en una Iglesia con palabra también de mujer y fundada en relaciones de justicia.

Soñamos y reclamamos una Iglesia que elimine el lenguaje patriarcal y sexista de homilías, textos y documentos y se atreva a interpretarlos, no sólo para leer la Biblia y vivir el Evangelio de otro modo, sino para que sean liberadores para la humanidad entera.

Soñamos y reclamamos una Iglesia que respete la libertad y la adultez de mujeres y hombres, que no imponga una doble moral sexual y que establezca un diálogo sincero con la ciencia y la cultura.

Con nuestros sueños reivindicamos a aquel que pone en nosotras el deseo de seguirle desde la comunidad de iguales. A aquel que no sintió amenazada su masculinidad por las existencia de la mujeres reales con quienes se fue encontrado en las periferias. Aquel que, la mañana de Pascua, reveló a Magdalena el secreto de la vida plena y su presencia para siempre en el corazón del mundo y la reconoció y otorgó autoridad para proclamar su palabra como apóstol de los apóstoles.

En su memoria seguimos soñando y reivindicando que los sueños de las mujeres ocupen el lugar que le corresponden en la agenda política de la Iglesia. La reforma de la Iglesia será feminista o no será.

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