Una relectura de la Parábola del Buen Samaritano (Lucas, 10, 29-37)

Bajaba una mujer, terminadas las fiestas y cayó en manos de violadores que, después de despojarla, aprovecharse de su estado de shock y violarla se fueron dejándola casi inconsciente.

Cuando la mujer sacó fuerzas para salir de aquel portal se quedó sentada en un banco, en posición fetal, llorando. La gente que pasaba la miraba indiferente sin reparar en su sufrimiento.

Casualmente bajaba por aquella calle un político y, al verla, dio un rodeo. De igual modo, un magistrado que pasaba por allí, la vio y pensó ¡qué juventud descarriada y viciosa!

relectura de la parábola del Buen Samaritano tras los hechos de La ManadaPero una pareja que iba de camino al encierro llegó junto a ella y le pregunto ¿qué te pasa? La socorrieron y acompañaron al hospital. Cuídela, dijeron antes de irse, pero también pensaron…. ¡tiene que haber justicia!

Y el caso se hizo público. Y más gente se fue sumando a aquella pareja de samaritanos para defender a la joven agredida, aún sin conocerla. Y muchas mujeres comenzaron a llamarla hermana, curaron sus heridas y la acompañaron sin cesar.

Pasó el tiempo, los violadores fueron juzgados. Así, cuando llegó el día de la sentencia y todas esas samaritanas y samaritanos pensaban que se haría justicia. Pero los políticos y los magistrados no lo veían con los mismos ojos. La sentencia negaba la violación, “sólo fue un abuso”, decían. “Es posible que ella llegara a disfrutar”, afirmaban incluso.

La joven volvió a sentir la violencia. Ahora no de los agresores, vino del sistema judicial. Volvió a sentirse otra vez sentada en posición fetal, como en aquel banco de Pamplona. Sin embargo no tardaron en llegar cientos, miles de samaritanas y samaritanos que salieron a la calle y comenzaron a gritar de nuevo:

¡No estás sola! ¡Es violación no abuso! ¡Hermana, esta es tu manada!