El evangelio nos pone en jaque, según Ignacio Dinnbier

Ilustración: Pepe Montalvá

Al inicio del Año de la Misericordia, el papa Francisco nos recordaba que la misericordia es “la viga maestra de la Iglesia”. Aquel año fue la ocasión para redescubrir la trama misericordiosa y compasiva de la Buena Noticia de Jesús.

Sin embargo, no todo fueron alegrías porque pudimos reconocer que, al mismo tiempo, huimos como nunca de todo aquello que pueda provocar dolor y sufrimiento en nuestra vida de seguimiento. El amor cristiano es un “amor crucificado” y, como este amor duele, la continua tentación es desactivarlo viviendo la ensoñación de una compasión sin sufrimiento y de un amor sin dolor. Y es que cabe la posibilidad del rechazo ante la invitación de Jesús.

Así lo contemplaremos en la secuencia de los evangelios en los tres primeros domingos de octubre en los que leeremos tres relatos de rechazo. Las tres parábolas de Mt 21,28 – 22,14 muestran que el primer evangelio acentúa mucho más que los otros sinópticos el rechazo de Israel. Es la parábola de los dos hijos que dicen sí y no (Mt 21,28-32), la de los viñadores homicidas que acaban por apropiarse de la viña que se les había encomendado (Mt 21,33-43) y la de los invitados al banquete de la boda del hijo de un rey (Mt 22,1-14).

En todas estas narraciones el común denominador es el rechazo frontal y el ataque abierto. Juntas, las tres parábolas contienen una respuesta negativa: la del hijo al padre, la de algunos campesinos al dueño de la viña, la de ciertos invitados al rey que celebra las bodas de su hijo. Las tres parábolas intentan mostrar un único punto: se trata de aquellos que, como no han acogido la predicación y el bautismo de Juan, ahora están de acuerdo unánimemente en rechazar el último enviado de Dios, la persona de Jesús.

Los destinatarios de estos relatos de Mateo son siempre los mismos: los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo en confrontación abierta y sin cuartel contra Jesús. Y es que Jesús está alterando el orden establecido y sus defensores a ultranza están al acecho. La situación es meridianamente clara y no deja lugar a dudar: la Buena Noticia de Jesús es una amenaza y hay que desactivarla.

El anuncio de un Dios abajado, implicado con todos y ofrecido a todos es peligroso, pone en jaque al clan y no hay discurso religioso que lo soporte. Jesús saca definitivamente lo de Dios de los planteamientos abstractos, de las formulas estereotipadas, de los ritos vacíos y lo traslada al terreno de la vida de las gentes en sus situaciones concretas.

Es el Dios de Israel que vuelve a caminar con su Pueblo. Los sacerdotes del Templo están espantados ante algo así. No comprenden la alegría que ha vuelto a la Casa de Israel y se negarán a entrar en la fiesta como el hijo mayor de la parábola. Su resentimiento acabará siendo homicida pero el velo del Templo se rasgará definitivamente y Jesús será la piedra angular sobre la que se edificará el nuevo y definitivo Pueblo de Dios.

Estas tres parábolas de rechazo es un buen aviso para navegantes sobre el modo en como podemos desactivar, también hoy, el Evangelio.