El evangelio del mes por Ignacio Dinnbier

Ilustración: Pepe Montalvá

 

Los Evangelios dejan constancia del grupo que se va creando alrededor de Jesús y en el que se dan pertenencias y vinculaciones de distinto tipo e intensidad. Y será el mismo Evangelio quien nos presente situaciones que se dan dentro y fuera de este grupo.

Una situación es la que sucede cuando los discípulos están con Jesús. Llegó un momento en que su entorno atravesó una profunda crisis durante su estancia en Galilea, antes de poner rumbo a Jerusalén. Fue entonces cuando Jesús expresó a las claras cuál era su intención y los pasos que estaba decidido a dar (Mc. 8,31) Fue un momento de pánico que hizo posicionarse a cada uno. Pedro no fue menos, arrancando de Jesús palabras durísimas (Mc.8,33)

Los vínculos de afecto creados con el Señor eran fuertes y les permitió permanecer a su lado y acompañarle, a su manera, en el camino que conduce a Jerusalén. El deseo de seguir a su lado no evitó que se enredaran en discusiones y broncas sobre quién era el primero y el más importante. Sus propias comprensiones al respecto chocan de frente con las de Jesús quien intentará ofrecer otro horizonte a sus aspiraciones: “El que quiera ser el primero, que se haga último y el servidor de todos” (Mc.9:35)

Solo desde este horizonte es posible que el grupo de Jesús abandone prácticas de sometimiento e imposición y pueda configurarse desde otro espíritu. El mismo Jesús habla claro cuando presenta el modo de proceder de aquellos que se creen los primeros y los importantes y nos pide que no sea así entre nosotros (Lc.22:25)

La segunda situación es la que sucede cuando el grupo de discípulos es enviado por Jesús “a predicar con poder de expulsar demonios” y así nos los presentan los Evangelios, recordándonos que una de aquellas ocasiones fue motivo, nuevamente, de discusión.

Entonces el conflicto no fue entre los discípulos sino con aquellos que, sin ser del grupo, también expulsaban demonios y aliviaban como hacía Jesús. La reacción de los discípulos no se hizo esperar, tratando de impedirlo a toda costa. La razón que les llevó a actuar de semejante manera les hizo sentirse justificados ante Jesús cuando se lo fueron a contar: no son de nuestro grupo (Mc.9:38)

Los discípulos experimentan la tentación de la autoafirmación marcando el territorio, dejando clara la identidad desde las diferencias, reforzando el sentido de pertenencia desde el rechazo a los distintos, proyectando prejuicios y estereotipos, encerrándose en el propio entorno por miedo a diluirse en el encuentro con el otro.

Pero también experimentan la tentación de monopolizar el nombre de Jesús como si fuera de su propiedad: la tentación y el engaño de llegar a identificar la forma propia de vivir el Evangelio como la forma de vivirlo, un engaño que conduce, una vez más, al rechazo de todos aquellos que no son de los nuestros. Sin embargo mientras los discípulos se sienten amenazados, Jesús reacciona con un sentido común sorprendente: “No se lo impidáis” (Mc.9,39)